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CRÓNICAS DE ÁFRICA

Camino de Wiyoni Beach

ANA MANSERGAS / FOTOS: ANTONIO S. CHAMORRO. 08/02/2015

CRÓNICAS DE ÁFRICA

Ana Mansergas

Periodista
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LAMU, KENIA. Los rezos de las mezquitas musulmanas de Lamu me despiertan religiosamente cada día a las 5 de la mañana. A las 5:20 vuelven a repetirse y así sucesivamente hasta que me vuelvo a dormir. Ese es mi despertar cada día. Cada día desde que he llegado. Es parte del encanto de vivir en una comunidad musulmana, en Lamu. Los rezos, y los burros que empiezan a rebuznar de repente y sin avisar. No les pasa nada. No son víctimas de nada aunque lo parezca, sólo rebuznan. Sin más. Pero se contagian los unos a los otros y en cuestión de segundos podemos pasar del silencio sepulcral de la noche lamunia a un auténtico festival orquestado entre rebuznos y rezos. Os recuerdo que son las 5 de la mañana cuando esta sesión musical comienza. A veces ni me entero, y otras me sobresalto.

Cuando me sacan de quicio, pienso en la frase de Herbert, el dueño de la casa donde me alojo ubicada justo frente a una de las mezquitas, "tanto las mezquitas como los burros, con todo lo que ello conlleva, forman parte de la estampa de Lamu. Si no te gusta ni su olor, ni sus heces por la calle, ni sus rebuznos... No vengas a Lamu". Y tiene razón. Desde que lo veo desde esa perspectiva, el olor del burro y sus rebuznos tienen un encanto especial. De hecho, aunque ahora se me olvida, a veces fue lo que más me llamó la atención de esta isla, sus burros y sus mezquitas. Así vuelvo a conciliar el sueño y puedo seguir durmiendo hasta las 7 de la mañana.

Aquí, como en toda África, la vida empieza pronto, con la salida del sol, y acaba con su puesta. Es lo que tiene vivir en un continente donde la luz eléctrica no está al alcance de todos. Se vive con la luz natural. Mi día empieza con una caminata de un kilómetro y medio cada día para llegar a la casa de acogida donde colaboro, Anidan, en Wiyoni Beach, popularmente conocida como Coconut Beach porque hace años había un cocotero, así de sencillo. Una caminata diaria bajo un sol de justicia y sobre arena blanca que hace el recorrido tan agradable como costoso, y es que el asfalto no existe más allá de las calles centrales del pueblo.

Caminar cada día me gusta, es un tiempo para mi, me sirve para pensar y para disfrutar de fotografías cotidianas de mi día a día en África. Mujeres que van y vienen cargadas en busca de agua, con cualquier tipo de objeto posado sobre sus cabezas, niños que no han ido al colegio, suciedad por todos los lados, palmeras, mar, dhows, casas en construcción, pescadores, etc... Contemplando estas fotografías no puedo evitar las comparaciones, me traslado a Valencia, y me acuerdo de cada mañana cuando voy a la radio y atravieso la Estación del Norte, la Plaza del Ayuntamiento y la Calle Correos para llegar a Don Juan de Austria. Sin comentarios.

El caso es que esta semana cuando comienzo a andar no paro de pensar en el artículo de la semana pasada. Sigo dándole vueltas ¿Cómo contar las historias que vivo cada día? ¿Cómo conseguir empezar a trabajar una comunicación diferente con las oenegés? ¿Con entidades que no cuentan con un presupuesto específico para ello? ¿Entidades modestas que necesitan invertir sus esfuerzos en cubrir necesidades básicas pero que al mismo tiempo una buena comunicación, diferente, humana y directa les sacaría de muchos apuros?

Como decía la semana pasada, soy consciente del rechazo, la pereza y el aburrimiento "no reconocido" que provoca en general este mundo de la cooperación, oenegés, solidaridad... La saturación de llamamientos, la mala gestión de la comunicación, la poca creatividad de las propias organizaciones, su nula inversión en estrategias de comunicación y la crisis que nos acompaña... Soy consciente, pero me niego a resignarme y aceptarlo sin más. Ya bastante hacemos con aceptar las reglas de un juego que consiste en captar fondos del mundo desarrollado para pagar las necesidades básicas del menos desarrollado mientras sigue sin cambiar lo más importante, la conciencia social y las políticas económicas que impiden que los países pobres salgan adelante y sin perder la perspectiva de si la cooperación al final es un parche para lavar las conciencias de estas políticas que los países desarrollados siguen imponiendo. Pero hoy no voy a pisar ese charco.

Sigo caminando bajo el sol y sigo admirando los paisajes que atravieso para ir a mi 'lugar de trabajo'. Tomo fotografías, hablo con la gente local y saludo a Jaira, que cada mañana está en la puerta de su casa con sus hijos y los animales que le dan de comer, lavando ropa y limpiando esa entrada donde todo tiene cabida. Dentro de casa no puede estar. El calor es asfixiante y la poca luz que entra por las ventanas hace más llevadero su día en la calle. Motivo por el que en este tipo de ciudades se vive más en la calle, las casas no están acondicionadas para aguantar sus propias condiciones climatológicas, sobre todo las casas de los pobres, esa gran mayoría.

Me quedo un rato intentando hablar con Jaira. Al final nos entendemos. Entre nosotras funciona mejor la comunicación no verbal. Jaira me dice muy contenta ella, con gestos y en swajili, que su hija Aisha está en la guardería de Anidan. Es su cuarta hija, tiene cinco, y ella 30 años. Su hijo mayor tiene ya 13 años. Ahí lo dejo. Sigo andando y vuelvo a pensar.

Y empiezo a recordar las organizaciones que he conocido en mis diez años de viajera por países pobres. El trabajo que hacen, cómo lo hacen y si se conoce en mi entorno en España. Y corroboro ese vacío comunicacional existente entre lo que se hace en el terreno y lo que llega a España, a Valencia, a mi gente. Es decir, poco o nada. He conocido organizaciones de todo tipo en el terreno. Algunas realizan trabajos formidables, trabajos que obtienen resultados palpables y que serían suficiente para que se convirtieran en el motor o llamamiento para conseguir más colaboraciones; se creará así una cadena o una red social entre los países implicados, el que da y el que recibe.

Este trabajo lo realizan muy bien entidades fuertes que disponen de gabinetes de comunicación tremendos como la Fundación Vicente Ferrer que visité en Anantapur con presupuesto y profesionales para ello; pero mi quebradero de cabeza viene con las entidades pequeñas y modestas que no pueden pensar ni en comunicación ni en sus estrategias y, entonces, me traslado a Perú. Estuve varios meses viviendo allí, y colaboré con el Centro Loyola de Ayacucho, a los que precisamente les diseñé un plan de comunicación que cambió sus estrategias y les ayudó a alcanzar algunos objetivos, era mi Practicum del Master de Cooperación Internacional que hice en el Universitat de València y en cuya tesina desarrollé "El fracaso de la comunicación en el Tercer Sector". Ahí empece a ser consciente de todo esto.

Sigo caminando y me paro a comprar un par de plátanos en una de las tiendas de Wiyoni. Hace ya un rato que desayuné la mandasi, bollería dulce que acompaña al chai te swajili. Aquí degustan mucha bollería y muchos dulces que causa importantes problemas de salud relacionados con la diabetes. El dulce es excesivo y parte de su comida típica que se sustenta en el maíz, el arroz y las legumbres como cualquier ciudad pobre que se precie. Lo bueno es que al estar en una isla, el pescado es exquisito y ofrece una variedad gastronómica importante a sus habitantes.

Estar en terreno, el contacto real, me da fuerzas para empezar a poner granitos de arena, de la arena blanca que piso cada día, en todo este desierto comunicacional. Porque al final el problema que provoca este vacío es la ausencia de ayuda. El problema real es que al final del mes, Aisha no pueda ir a la escuela porque no se han conseguido un padrino que pague unos 30 euros al mes su escolarización. Seguro que sin pensar mucho, alguien de nuestro entorno podría pagar los estudios de Aisha y no echaría en falta esos euros a final de mes.

En este caso el problema no es la escasez de recursos, es la falta de conciencia y responsabilidad social junto a la poca confianza que hay en el sector. Y parte de la responsabilidad está en la comunicación. Una cadena que comienza cuando rechazamos, consiente o inconscientemente, este tipo de informaciones que no nos despierta esa sensibilidad necesaria para comprometernos en paliar una situación alejada de nuestro entorno, y terminamos sin colaborar. Así que si las empresas privadas, los partidos políticos, y las instituciones públicas trabajan sus estrategias de comunicación con el fin de alcanzar sus objetivos, ¿por qué no lo van a hacer las ONG?

El problema es que la imagen de las organizaciones que trabajan la cooperación está muy estereotipada y erróneamente definida. La ONG es una entidad privada que necesita sus socios y su financiación para seguir trabajando... aunque su "producto" sea luchar por lo derechos humanos. Estas organizaciones trabajan mecanismos de funcionamiento, no bajo los preceptos de la caridad, eso es otra cosa.

Por eso no le doy dinero directamente a Jaira, porque así no le ayudo aunque lave mi conciencia y me haga sentir mejor. Ocurriría justo lo contrario de lo que quiero conseguir. Jaira esperaría cada mañana que yo pasara para darle algo de comida o dinero. Se seguiría alimentando esas relaciones de dependencia donde el cliché está claro: "el blanco salva al negro", que una buena cooperación evita.

Yo quiero ayudarla a que consiga trabajo ella misma, que monte sus propio negocio y que sus hijos estudien, se formen y tengan un futuro con posibilidades. Que sean ellos solos los que salgan adelante, con sus esfuerzo y su trabajo, no darles el trabajo hecho. Así ganan autoestima, se sientan independientes y sobradamente preparados para salir adelante. Porque el problema radica en las oportunidades. Si tuvieran las mismas posibilidades que cualquiera en cualquier lugar del mundo, posiblemente estaríamos hablando de otra cosa.

Para trabajar bajo estos preceptos de la cooperación acudo a organizaciones que trabajan con una responsabilidad y una gestión exquisita, impecable y transparente para que un proyecto sea autosostenible en el tiempo, se identifique bien con las necesidades de su entorno y consiga ganarse la confianza de sus socios. Confío en estas organizaciones y en sus profesionales, no voluntarios, con salarios, que se han preparado para ello y confío en que hacen un buen trabajo igual que confío en el notario, abogado o médico cuando acudo a él.

Llego a Wiyoni Beach pensando en Jaira. En cómo será su tarde, en qué comerá, en cómo dormirán en esa habitación con todos sus hijos, cómo será su marido... y en que mañana la volveré a ver en el mismo sitio y a la misma hora. O eso espero.

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Ana Mansergas

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1 comentario

Pilar escribió
10/02/2015 19:39

Brillante como siempre, Ana. No se puede hablar más claro y directo. Cuídate mucho por favor. Besos de tu familia, desde tu terreta.

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