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LA PANTALLA GLOBAL

Alberto Morais retrata de nuevo Valencia en su película ‘La madre'

EDUARDO GUILLOT. 10/07/2015

VALENCIA. En el año 2000, un joven aspirante a director de cine viajó al Norte de Portugal y se plantó en casa de Aki Kaurismäki. El realizador finlandés podía haberle dado con la puerta en las narices, pero no lo hizo. Aquel muchacho era Alberto Morais. "Queríamos que nos diera dinero Robert Bresson, pero se había muerto poco antes, así que fuimos a por Kaurismäki", recuerda. "Le enseñamos el guión, charlamos con él, se emborrachó mucho y terminó coproduciendo con nosotros un corto titulado Las huellas. Incluso rodamos con su cámara Arri BL 4 de 35 milímetros. Queríamos usar la BL 2 de Ingmar Bergman, que tiene en propiedad, pero esa no nos la dejó".

Quince años después, Morais ultima los detalles antes de empezar a rodar La madre, su cuarto largometraje, que define como "una película sobre el abandono", y que tiene su origen en la suma de diversas circunstancias. "Es algo que vengo trabajando desde Las olas (2011), mi primera ficción. En aquel caso hablaba del abandono de un hombre mayor en un sistema y un país al que parecía no pertenecer, porque había perdido la guerra y esas cicatrices no se habían cerrado. Después incidí en el tema del abandono en Los chicos del puerto (2013), que se desarrolla en una sociedad española inmersa en una crisis que, en mi opinión, se inicia en 1936, y que ahora se ceba con la infancia. También, en 2013, paseando por Moscú, recordé historias sobre niños que vivían en el metro tras la caída del muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética. Se unieron varias cosas que fueron creando la semilla de la película", explica.

INFANCIA Y EXCLUSIÓN

La madre cuenta la historia de un chico de catorce años que vive con su progenitora y se encarga de todas las tareas de la casa, ya que ella es incapaz de llevar una vida normal. Ha pasado por un centro de menores, al que no quiere volver, así que la madre decide que se vaya a otro pueblo, para vivir con un antiguo amante rumano, un trabajador también afectado por la crisis. Allí debe compartir el espacio con un padre que no es su padre y con un hermano que no es su hermano.

"El niño busca una normalidad que la madre no le puede dar, pero tiene la obsesión constante de volver con ella", apunta Morais, que vuelve a poner la mirada sobre la infancia. "Hasta ahora, me han interesado siempre personajes que la sociedad excluye. El capitalismo deja fuera a los niños y a los viejos, porque no son seres productivos, y me interesan esas franjas más que la gente de mi edad, porque están más desprotegidos".

A diferencia de Hitchcock, reacio a trabajar con niños, Morais se lleva muy bien con ellos. "En Los chicos del puerto, el menor de los problemas fueron los niños. Tuve complicaciones porque dispuse de muy poco dinero y escasas semanas de rodaje, cuestiones de producción. Pero los chavales eran mis compañeros. Yo los trato como adultos desde el primer momento, desde que estamos cerrando el casting y les digo que en la película su trabajo es como el del ayudante de producción o el foquista. Se genera una relación de trabajo y respeto, de proximidad y horizontalidad. En Los chicos del puerto me ayudaron mucho. En ese aspecto no he tenido problemas".

Otra cosa es tratar de levantar una película en la actual situación de la industria española. Aunque con La madre ha tenido suerte, ya que cuenta con el apoyo del ICAA (Ministerio de Cultura) y del IVAC (Generalitat Valenciana), fue uno de los quince proyectos seleccionados en la pasada edición de L'Atelier de la Cinéfondation del Festival de Cannes (donde cerró la distribución internacional del film con el productor Paulo Branco) y recientemente recibió una ayuda de 180.000 euros del fondo Eurimages. "Son ayudas importantes, porque las televisiones no tienen sensibilidad hacia cierto tipo de cine. Yo no creo en el concepto de cine low budget. Es mentira. Otra cosa es que la gente capitalice su fuerza de trabajo y la ponga en una película. Como una cooperativa, para sacar el negocio adelante. Pero todo cine es caro. Lo que pasa es que si la gente no cobra, las cosas cuestan menos dinero. Y eso no es bueno para el sistema productivo, porque penaliza a unas películas frente a otras, penaliza a los autores, los técnicos... No creo que haya una democratización del cine a través de la tecnología, porque los gastos de una película no dependen del uso de digital o 35mm, sino de los sueldos, los actores..."

Una de las localizaciones de la nueva película de Alberto Morais.

La madre es una copoducción con Rumanía y estará protagonizada por Laia Marull y Nieve de Medina. Esta previsto que el rodaje comience en agosto y se prolongue durante seis semanas. "Nací en Valladolid, pero me crié en Valencia", afirma Morais. "La ciudad forma parte de mi geografía personal, me pasé la adolescencia poniendo copas en bares del barrio del Carmen. Vamos a rodar en La Punta y en Puerto de Sagunto, porque es muy importante que en la película se muestre el derrumbe de la industria en España. Es algo tiene que aparecer por fuerza. El espacio del protagonista es un paisaje entre los selvático y lo postindustrial, un no lugar como aquellos de los que hablaba Pasolini, por donde transita la gente que no tiene posibilidad de habitar los espacios confeccionados a la medida de los más pudientes".

CINE SOCIAL, CINE REALISTA

Se diría que La madre será un drama social, pero el cineasta huye de la etiqueta. "Desde un punto de vista lingüístico, el cine social utiliza un lenguaje muy academicista y moralista", argumenta. En la misma línea se ha manifestado recientemente la argentina Lucrecia Martel: "El cine está en manos de una sola clase social. En todo el mundo, está en manos de la clase media alta. Y eso deviene en una homogeneidad evidente. Tenemos muy buenos sentimientos y una sensibilidad muy grande. Esa mezcla nos lleva a preocuparnos por conflictos sociales que no conocemos realmente, como si fueran objetos a los que es fácil acercarse. Y se producen una serie de males que se repiten en guiones y películas".

Una situación en la que el paternalismo y la condescendencia de la crítica de izquierdas también tiene su parte de culpa, y que Morais concreta poniendo ejemplos. "Para mí, Alemania, año cero (Germania anno zero, Roberto Rossellini, 1948) no es cine social. Ni ¿Dónde está la casa de amigo? (Khane-ye doust kodjast?, Abbas Kiarostami, 1987). Es cine, y punto. O todo cine es social. Incluso The fast and the furious: A todo gas (The Fast and the Furious, Rob Cohen, 2009). No me gusta la visión del cine social que habla de los pobres desde una atalaya intelectual. Yo provengo de una familia trabajadora, mi padre era médico de atención primaria en la sanidad pública, vivió en Nazaret y colaboraba allí con los servicios sociales. No puedo hacer una película desde una atalaya intelectual. O mira Rosetta (Jean-Pierre y Luc Dardenne, 1999), que es una traidora y delata a quien quiere ser su amigo. Los Dardenne hacen cine realista, o postneorrealista, si quieres. Me siento muy vinculado con el neorrealismo, porque veo que está hecho desde la carne, como el cine de Pasolini, que no miraba desde las alturas, sino que se manchaba las manos, bajaba a la mina, se ensuciaba."

Morais, que ganó el premio a Mejor Película, Mejor Actor y FIPRESCI de la Crítica Internacional con Las olas en Moscú y estrenó Los chicos del puerto en la Sección Oficial del Toronto International Film Festival, tampoco separa los conceptos de cine comercial y de autor. "Todas las películas son comerciales, porque buscan el mayor público posible. Pero el nivel educativo general está afectado por un lenguaje invasivo, homologado en todo el mundo occidental y convertido en hegemónico. Si le enseñas a la gente que solo puede comer cierto tipo de cosas, al final serán las dominantes. Pero hay alternativas. En la época de François Miterrand, a finales de los ochenta, el ministro socialista de cultura, Jack Lang, puso reproductores de video en todos los colegios de primaria y secundaria. Veían cine francés y europeo de todo tipo. Podían ir de Jacques Tati a Víctor Erice. Esos niños se han hecho mayores y se ha creado un público que ve cualquier tipo de cine, desde Bienvenidos al Norte (Bienvenue chez les Ch'tis, Danny Boon, 2008) hasta Bruno Dumont. Por eso funciona el cine en Francia. El ámbito educativo es esencial para formar a los ciudadanos".

GENERACIÓN ESPONTÁNEA

Recientemente, la sede valenciana de la SGAE proyectó Un lugar en el cine (2008), primer largometraje documental de Morais, dentro del ciclo Nuevo/Otro cine español, dedicado a "una nueva generación de cineastas, nacidos en tiempos de crisis, que han solventado la escasez de medios a base de imaginación y talento", según los responsables de la selección, que también incluye a Sergio Caballero, Jonás Trueba, Juan Cavestany, Mercedes Álvarez o Isaki Lacuesta. "No me paro a pensar mucho en eso. Conozco a algunos de ellos, pero creo que son etiquetas que ponen los demás. Uno no hace cine para eso, aunque hay momentos en los que eclosionan cosas. Aquí, por cuestiones históricas, no hubo modernidad, sino francotiradores, como Carlos Saura, Iván Zulueta, Paco Regueiro, Antonio Drove o Erice, pero nunca existió una modernidad como en Italia, con el grande cinema italiano o como en Francia, Inglaterra o Alemania, con la generación de Fassbinder, así que la gente que hemos nacido a finales de los sesenta y en los setenta no tenemos las cargas de generaciones anteriores, y eso nos ha dado alas y libertad para hacer otro tipo de cine, acertando y equivocándonos".

En su caso, a punto de enfrentarse a su tercera ficción, se puede hablar incluso de rasgos de estilo. Un determinado tratamiento del tiempo, un peculiar uso de los silencios, una forma de contar de manera elíptica... "Un amigo guionista dice que, aunque tratemos de evitarlo, siempre acabamos buscando nuestro lugar de confort lingüístico. Creo que esta película va a romper con las anteriores en ese sentido, porque estoy buscando otra cosa, y para eso necesito cambiar el lenguaje que estaba usando hasta ahora. También he cambiado yo como persona, no soy el mismo que hizo Los chicos del puerto o Las olas. Voy a modificar elementos de la puesta en escena, de los personajes... Pero creo que hay rasgos distintivos que son como huellas dactilares. Uno siempre hace el cine que puede, no el que quiere".

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