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LOS LIBROS DE @CORAZONRURAL

‘Fabiografía': El ‘Por favor mátame' de McNamara y La Movida

ÁLVARO GONZÁLEZ. 15/08/2014 La biografía de Fabio McNamara recuerda el Madrid más salvaje y autodestructivo

"Chocho define todo porque es el que manda en el mundo y en esa época era la palabra cumbre de nuestro vocabulario. Además, por el chocho sale todo, sale la civilización, la humanidad, sale desde Franco hasta Hitler. Por eso el chocho tenía que ser la palabra clave de nuestro movimiento, el chochonismo, que era el ismo como, por ejemplo, el fascismo, pero más exagerado"
Fabio McNamara, artista polifacético.

MADRID. Gillian McCain y Legs MacNeil escribieron en los años noventa la historia del movimiento punk de Nueva York y parte del extranjero. Un recorrido que iba de la Velvet a los Clash narrado por sus propios protagonistas. Un relato de heroína, travestis, prostitución, violencia y, en los ratos libres que dejaban estas ocupaciones, arte. El trabajo se llamó ‘Por favor mátame' y se le conoce entre los aficionados como "la biblia".

En España ha habido varios libros de memorias sobre estos años turbulentos, los setenta y principios de los ochenta, que reproducían el mismo tipo de historias sobre sexo y drogas básicamente, aunque a escala local. Quizá el más famoso fue ‘Corre, rocker', de Sabino Méndez, guitarrista de Loquillo. Presentaba las mismas historias de ‘Por favor mátame' y las arquetípicas de todo rockero: inicios, éxito, cénit, descenso a los infiernos y -tal vez- regreso triunfal. ¿Qué aporta ‘Fabiografía', las memorias de Fabio McNamara, a esta ecuación? Pues solamente eleva al cubo los excesos y algo muy importante, el cachondeo. No está mal.

El protagonista vino al mundo en Ciudad Pegaso. En Madrid. Conforme se puso el baby para ir a la guardería, ya empezó a pintarse las uñas de rojo y en casa se paseaba con los tacones de su madre. Cinco años tenía. Sus padres eran de Burgos y Soria, devotos católicos, pero... ya se sabe.

A esta personalidad innata hubo que sumarle después, en la adolescencia, el rock. Sólo con las primeras influencias que cita, McNamara demuestra tener más cultura musical de base que muchos de los que critican el pop español de los 80 desde el purismo de los paladares exquisitos: Byrds, King Crimson, Cactus, Mountain, New York Dolls, Jefferson Airplane, Eddie and the Hot Rods y las dos maravillas españolas de aquel tiempo, los sevillanos Smash y los catalanes Máquina!

En el Rastro, como se repite una y otra vez cuando se habla de La Movida, se gestaron las relaciones y la estética. McNamara cuenta que compraba ropa a las vedetes de los años veinte y treinta que vendían ahí sus trapos. Los muebles, por su puesto, de la basura. Y recuerda también que miraban las esquelas del ABC para ir a recoger los trastos del muerto del contenedor al día siguiente. Eran unos tiempos en los que en Madrid se podía sobrevivir con muy poco dinero. Algunos jóvenes, más que ahora al menos, se iban de casa de sus padres a los 18 años y podían vivir la vida como una aventura a poco audaces que fueran.

Fabio recuerda estos años con ternura y también con una visión contradictoria de lo que fue el franquismo. Dice que no era como ahora, que unos "rumanos" pueden darte una paliza y robarte si vas con muchas pintas. Pero pocas páginas después relata como unos macarras le secuestraron, ni más ni menos, en la época precisamente por travestirse. No obstante, insiste en que con el general "se podía hacer de todo" y una prueba de ello eran los Drugstores, unos locales abiertos toda la noche con "chulos y maricones de aquí para allá" a los que no molestaba, según él, la policía. "Que no digan que en la época de Franco se comían a los maricones crudos porque eso es mentira", sentencia.

A quien sí que recuerda con cierto desagrado es a Mercedes Milá. Les llevó en su día a su programa de la Cadena Ser a entrevistarlos por sus pintas y fama en la calle, a Fabio y su pandilla, y les preguntó -él recuerda que haciéndose la lista y la interesante: "¿vosotros sois artistas o qué sois?". Terminaron insultándola, llamándola "ordinaria", y se fueron a mitad de directo. 

Los nombres más importantes de la época van desfilando en las páginas del libro. Tino Casal, las Costus, los Pegamoides... de estos últimos destaca la muerte de Eduardo Benavente cuando ya estaba inmerso en Parálisis Permanente, uno de los mejores grupos de aquel tiempo. "En el rock and roll no hay nada peor que creértelo. Es para tomárselo a risa, a broma, para sacar de ahí pelas, pero no para creértelo. Fue una pena que alguien tan joven muriera tan pronto", opina. Aunque falleció por un desgraciado accidente de circulación, McNamara apunta que ya llevaba tiempo "viviendo deprisa". 

A mediados de los ochenta llegó la etapa de los nuevos románticos. Sólo con una descripción de un amigo, Rafa ‘La Gallega', McNamara retrata la época: "Solo bailar, gilipollear y no hacer nada de nada; además, no tenía ingresos y había que mantenerla. No era un genio, no pintaba, lo único que tenía era un pelo muy divino; la cresta más grande siempre era de ella. Sólo valía para ir de fiestas".

Su encuentro con Warhol también fue muy interesante: "En esa época él estaba haciendo cuadros con la orina de personas y creo que me dijo algo como si me gustaría mear en uno de sus cuadros". 

Llevaba una forma de vida de estrella de Hollywood, siempre drogada o colocada con lo que fuera, de forma deliberada. Era lo que siempre deseó desde que tuvo uso de razón. Y lo logró. 

En sus colaboraciones con Almodóvar dice que el manchego le dejaba hacer, improvisar, sólo lo situaba enfrente de la cámara. Aunque deja caer, por otro lado, que las ideas de las primeras películas del director son bastante deudoras de sus relatos y ocurrencias. Luego explica que acabó con él tras el rodaje de ‘Qué he hecho yo para merecer esto', donde Almodóvar empezaba a ser muy meticuloso y repetir demasiado los planos y Fabio iba al plató demasiado ciego de anfetas desde por la mañana. Además, al director no le gustó que Fabio se inventase en una entrevista para Diario 16 que se habían conocido en una sauna y Almodóvar estaba "muy bien dotado"

Sus colaboraciones musicales, que alcanzaron gran fama en su día, fueron fruto de la casualidad, no algo premeditado. Rimas, tonterías que decían en los bares, terminaron musicadas y de ahí a un show espectacular para las salas de entonces y las ganas que había de pasarlo bien. Al final, todo se hundió porque McNamara estaba más por "su libertad", es decir, la jarana continua, que por pruebas de sonido y otras obligaciones. Y Almodóvar otro tanto con su carrera y con su éxito.

Por esta época, mediados de los ochenta, Fabio se introdujo en sus años más oscuros. Completamente alcoholizado y cada vez más atado en corto por la heroína. Eso sí, es memorable la anécdota del estúpido viaje de la Movida a Vigo que montó Leguina. Para soportar el mono de caballo, Fabio bebió hasta perder el control. Y en la comida de hermanamiento de las dos ciudades, completamente ebrio, fue a brindar, la copa salió disparada, se rompió en el techo y los cristales le cayeron a una concejala, que terminó en el hospital sangrando por la cabeza. Fabio insiste en estas páginas en que la anécdota no es para reír, que le dio mucha pena. El lector no opinará lo mismo.

Y en los años de mayor decadencia, delirios y hasta alucinaciones, McNamara montó junto a otro genio, Luis Miguélez, ‘Fanny y los +'. Por mucho que diga la historia oficial, que se fija en discos más tópicos y manidos, esta media docena de canciones son auténtica genialidad. De lo mejor hecho en la piel de toro en los ochenta. Hasta en Ruta 66, lo más purista, recibieron una crítica amable.

A finales de los 90 y principios del nuevo siglo, el momento de tocar fondo, con entradas y salidas de hospitales, Alejandro Sanz le pasó a Miguel Bosé las maquetas que Fabio y Luis nunca dejaron de grabar y el entonces presentador de Séptimo de Caballería creó un sello, Tacones Altos, para lanzar el material. El disco se llamó ‘Rockstation' y fue un éxito importante, además de uno de los mejores discos de la historia de nuestro pop, con la famosa ‘Mi correo Electronic oh!' y una gema imperecedera como ‘Gritando amor'.

Iban directos al triunfo, al estrellato que siempre se les había negado, cuando de repente para Fabio eso del rock and roll way of life, las giras y los bolos le empezaron a parecer más rutinarios que ir a la oficina. Rompió el grupo y puso el punto y final a sus años locos antes de que se lo pusieran las leyes naturales. Es ahí donde surge la nueva versión de Fabio McNamara, el pintor católico, que tanta ilusión le hizo entrevistar a Intereconomía. Servidor preguntó en la galería de arte donde expone cuanto costaban sus cuadros y andaban entre 5.000 y 8.000 euros. ¿Cuántos discos hay que vender hoy en día para sacar una suma equivalente? Pues eso. Tonto no es.

Es lo que demuestra ‘Fabiografía', pese al desgaste físico y los delirios religiosos. Eso sí, para disfrutar de la locura que supone la recopilación de todos estos recuerdos, de esta biografía, es imprescindible hacer como el protagonista y no tomarse demasiado en serio ni el rock ni el pop ni nada parecido. En caso contrario, todo serán pegas. 

FABIOGRAFÍA

Autores: Fabio McNamara y Mario Vaquerizo

Editorial: Espasa

Número de páginas: 257

Fecha de publicación: Abril de 2014

Precio: 18 euros

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