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Los juegos del hambre y de Ender
Niños, alistaos

MANUEL DE LA FUENTE. 30/11/2013



VALENCIA. De entre todas las cosas maravillosas que nos dejaron los años ochenta, una de las más bonitas es el sentido castrense de la existencia. En Estados Unidos dijeron, en esa década, basta: ya estaba bien de tanta tontería progre y de tantos derechos sociales, civiles y demás, de tanta educación en valores, de respeto al prójimo, de ayudar a las ancianitas desvalidas a pagarse la sanidad y a los niños pobres a salir del analfabetismo.

Lo que había que hacer era hablar de derechos militares, de instaurar una ley tan antigua como la historia humana: sólo los más fuertes tienen derecho a sobrevivir. Eso sí, si se ayuda a los fuertes un poquito con subvenciones públicas obtenidas de los impuestos de los pobres, pues mejor. Lo único que hay que hacer es decir que eso es ser "emprendedor", que se trata de salvar el sistema empresarial y financiero, y nada, a consolarse viendo qué hace el equipo de fútbol el próximo fin de semana. 

Se ha venido generando, desde hace treinta años, una retórica violenta que ha ido suprimiendo los grandes consensos para construir el Estado del bienestar tras la Segunda Guerra Mundial. Así, cerrar fábricas o televisiones autonómicas y enviar a la calle a miles de personas no es ya un fracaso político sino todo lo contrario: todo un triunfo y una muestra de firmeza. Escena de 'Los juegos del hambre'

Hay que ser muy bravo para tomar "decisiones difíciles" y soportar esa terrible presión mediática que puede durar semanas (bueno, en España, dos días a lo sumo). Lo mismo se aplica a la política exterior: pactar es de nenazas y lo que de verdad muestra a los buenos gobernantes es bombardear, como proclamó la doctrina Reagan. Si eres un gobierno sin dinero para grandes bombas, puedes mostrar tu firmeza poniendo vallas con cuchillas para que no traspasen los moros tus fronteras. 

Esta dialéctica que relaciona firmeza con violencia responde a un interés económico que beneficia a la industria armamentística. "Ya estamos con las teorías conspiranoicas de gobiernos en la sombra", pensará el lector bienintencionado y que no quiere sobresaltos. No se trata, con todo, de una soflama propia de sindicatos de barbudos independentistas anclados en los años 70, y basta con ver cómo los fabricantes de armas han ido ocupando ministerios en los gobiernos occidentales. La idea que hay que vender es como aquel chiste de vascos, en que uno le dice a otro: "Oye, Patxi, ¿qué hacemos discutiendo si podemos arreglarlo a hostias?"

El problema es que hay que disimular y ya no se puede, por ejemplo, seguir con esas etiquetas como "Ministerio de la Guerra". Ahora hay que decir "Defensa" para dar la sensación de que estamos en continuo peligro. Lo mismo sucede con las principales maquinarias de inoculación de ideología como es el cine de Hollywood: ya no funciona eso de hacer películas con tíos musculosos matando a vietnamitas, sino que hay que revestirlo todo con mensajes pacifistas o, rizando el rizo, de supuesta revolución social. La prueba más evidente la tenemos en dos peliculitas de apariencia inocente, que se encuentran actualmente en cartel, y dirigidas al público infantil y juvenil: El juego de Ender y Los juegos del hambre.

La primera se basa en una celebérrima novela de Orson Scott Card y la adaptación llevaba años circulando como proyecto. Es la historia de un gobierno (mundial o estadounidense, que para el caso es lo mismo) que decide enviar a la guerra a los niños preadolescentes porque ellos tienen mejores reflejos y un sentido de la estrategia más libre, desprejuiciado y puro.

Escena de la película 'El juego de Ender'

La guerra es contra los insectores, una raza de extraterrestres que quieren colonizar la tierra. Los niños reciben un férreo entrenamiento militar que consiste en llevar a cabo simulaciones de batalla con juegos y videojuegos. Ender es el nombre del criajo al que los altos cargos del Ejército eligen como líder, ya que tiene una mente muy calculadora y es sensato y despiadado.

Para que cuele el asqueroso mensaje militarista, al final nos sueltan un discursito pacifista, y aquí viene la trampa de la película. Ender descubre, después de cargarse a toda la raza de insectores, que es un genocida y se despide, en la novela y en la película, con un rollito de paz y amor, sobre lo malo que es eso de ir matando por ahí.

En la novela, publicada en 1985, aún la cosa tenía cierta gracia porque Orson Scott Card pensaba que en el futuro existiría el Pacto de Varsovia que actuaría como contrapoder de esta bravuconerías occidentales. La película no refleja ninguna tensión entre la comunidad occidental y el mensaje final es que sí, que Ender ha matado a toda una especie, pero que tampoco pasa gran cosa porque, ¿qué otro remedio había? Esta exculpación final no deja de ser un acto de hipocresía para que no se note tanto el tufo ultrafascistoide que nos acaban de colar con vaselina.

Pero aún más clamoroso es la segunda parte de Los juegos del hambre, que en su anterior entrega ya apuntaba maneras. Aquí seguimos las andanzas de unos adolescentes que se convierten en iconos de la disidencia en un sistema dictatorial, y todo gracias a que habían ganado un concurso-reality consistente en matar al resto de concursantes.

Toda la supuesta crítica social es tan obvia que resulta irrisoria. Los juegos del hambre trataría sobre lo malas que son las dictaduras y sobre el poder de los medios de comunicación pero lo que hace es presentar los procesos revolucionarios como un reportaje del Super Pop, como una cosa que está ahí y que puede surgirte por dentro muy fuerte como algo que te sube como si nada osea.

Ver a los chavalitos poniendo su mejor perfil y sus ojitos azules "made in Crepúsculo" mientras sueltan frases como "nuestras vidas no se miden en años sino en las personas de las que nos rodeamos" hace que nos den ganas de aplaudir a los guionistas. Es la cuadratura del círculo: haz unas películas y libros que hablen de la revolución para vender precisamente lo contrario y que todos vean lo chulo que es ir matando por ahí.

Antes, cuando los gobiernos querían reclutar a los jóvenes para la guerra, bastaba con hacer vídeos propagandísticos. Ahora se hacen películas para adolescentes, disfrazadas de pacifismo y revolución pero que vienen a decir que la educación correcta consiste en llevar una disciplina militar. Empaquetado, cómo no, en un juego para adolescentes: matar no es más que un jueguecito y es magadivertido. Así todo se mantiene en orden y se intenta crear esa ilusión de que hay que obedecer a los mayores y máxime si éstos llevan galones o si tienen un mensaje súperprofundo que decirte. Da igual que se banalicen los movimientos pacifistas y revolucionarios. Bueno, no da igual, porque de eso se trata precisamente.

 Fichas técnicas

Los juegos del hambre: En llamas (The Hunger Games: Catching Fire)

EE.UU., 2013, 146'

Director: Francis Lawrence

Intérpretes: Jennifer Lawrence, Liam Hemsworth, Woody Harrelson, Donald Sutherland, Philip Seymour Hoffman, Lenny Kravitz, Stanley Tucci

Los ganadores de los 74 Juegos del Hambre son aclamados como héroes y se vislumbra la revolución contra el gobierno de Snow. Para zanjar el problema, se organiza una edición especial para ver si los concursantes se matan entre sí. Es ciencia ficción porque, en la película, los EREs ideológicos han quedado como soluciones del pasado y ya desfasadas

Basada en la novela de la católica e hija de militar Suzanne Collins

 El juego de Ender (Ender's Game)

EE.UU., 2013, 114'

Director: Gavin Hood

Intérpretes: Asa Butterfield, Harrison Ford, Ben Kingsley, Aramis Knight

Ender, un criajo insoportable y más tonto que un asesor municipal español, es elegido como jefe del ejército que atacará a los insectores. Después de acabar con toda la raza de alienígenas, se ponen a llorar por ser unos lamentables genocidas. Seguro que en la siguiente película se ponen a repartir folletos ecologistas en la puerta de la Fnac

Basada en la novela del mormón Orson Scott Card

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5 comentarios

A escribió
03/12/2013 07:30

Se cierran las televisiones publicas precisamente para poder preservar el estado del bienestar.

JoJo escribió
30/11/2013 20:33

Y además de todo eso que has dicho, la historia de alistar niños no es nueva. Los hermanos Grimm escribieron "El flautista de Hamelin" inspirándose en la Cruzada de los Niños de 1212. Capitolios, reality-shows y marcianos son detalles añadidos para llamar la atención pero que no cambian la esencia del cuento.

Joan escribió
30/11/2013 17:12

Te has dejado un mensaje ideológico: "Ellas tambien pueden ser John Rambo, como Rosa Diez o Pilar Rahola, però cañon."

Heraclit escribió
30/11/2013 14:01

Absolutamente brillante reflexión

Santi escribió
30/11/2013 11:12

Bien visto: la guerra es la paz. Pues no: más bien la paz ésta es una guerra no declarada. Las sinopsis de tus 'fichas técnicas' son cojonudas, por cierto.

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