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diciembre de 1414

La madre de todas las fiestas: Las entradas reales que conmocionaron Valencia

CARLOS AIMEUR. 10/12/2014 La Universitat publica los libros de contabilidad de estos grandes eventos medievales; se celebran los seis siglos de la entrada de Fernando de Antequera

VALENCIA. Vistas hoy, bien se podría decir que las entradas de los reyes medievales en las ciudades fueron el precedente más destacado de los grandes eventos deportivos. "Era un gesto de bienvenida al nuevo rey, en el cual la ciudad mostraba su poderío; por eso cuanto más hacían, más impresionaban", explica el historiador valenciano Eduard Mira. "Había de todo, carros triunfales, arcos triunfales...".

Se trataba pues de un acto que tenía mucho de publicidad, de venta de la ciudad, pero, sobre todo, las entradas reales se organizaban con el fin encandilar a los poderes fácticos, al rey y su corte. Se pensaba no sin motivo que cuánto más rica pareciera la ciudad, cuánto más populosa y esplendorosa simulase ser, más condiciones ventajosas obtendría en el comercio ulterior. Una buena entrada era la mejor tarjeta de presentación de una urbe.

La ciudad de Valencia fue especialmente ducha en ellas. Según describe el profesor Rafael Narbona de la Universitat de València en su artículo 'Las fiestas reales en Valencia entre la Edad Media y la Edad Moderna', entre la primera entrada soberana documentada, protagonizada por Pedro IV en 1336, y la última que siguió los cánones tradicionales, efectuada en 1632 con motivo de la recepción de Felipe IV, Valencia ofreció 23 entradas, a razón de una cada 13 años, aproximadamente.

Algunas son recordadas por las especiales circunstancias en las que tuvieron lugar. Así, la de Martín el Humano (1356-1410), que se celebró a mediados de 1401, se vio condicionada por la peste que asoló la ciudad, lo cual obligó al monarca a esperar con su esposa un tiempo hasta que Valencia quedó libre de la epidemia. Entonces, como si no hubiera sucedido nada, la ciudad se aprestó a recibirle con luminarias, cánticos y todo tipo de ornamentaciones.

También fueron destacados determinados eventos reales, como la boda de Felipe III que durante tres meses convirtió a Valencia en capital del imperio. El enlace con la archiduquesa Margarita de Austria fue oficiado por el arzobispo Juan de Ribera en la Catedral el 18 de abril de 1599. Los gastos de estos noventa días de fiesta ascendieron a 950.000 ducados, que fueron pagados íntegramente por los valencianos, algo así como la visita del Papa pero sin pasar por la Gürtel.

Durante todo ese tiempo los ciudadanos mantuvieron, en el sentido estricto del término, al monarca y a su corte, que se dedicaron a disfrutar del buen clima valenciano y de la hospitalidad local como distinguidos parásitos. Para el anecdotario quedan los destrozos que se produjeron en la Lonja de Valencia tras tres días de farra, con un banquete pantagruélico en el que se probaron más de ciento cincuenta platos.

Cuadro que representa la boda de Felipe III en Valencia.

Entre los invitados a este enlace se encontraba el Fénix de los ingenios, Lope de Vega, quien llegó a la ciudad en la que había estado desterrado una década antes. El madrileño, que tan buen recuerdo guardaba de Valencia donde trabó buenas amistades, arribaba esta vez como parte del séquito de su señor, el marqués de Sarriá. Y no lo hizo sólo como testigo. Tal y como describe Alonso Zamora Vicente en su artículo ‘Lope de Vega: su vida y su obra', "intervino muy directamente" en los "numerosos y brillantes festejos populares".

Así constata que se representó el auto alegórico Las bodas del alma con el amor divino, del propio Lope, y "Lope en persona intervino en un juego que escenificaba el duelo entre el Carnaval y la Cuaresma". "Ante las parejas reales se recitó algún poema de Lope, donde el rey expone su poder desmoronándose ante la muerte, y una comedia profana más, Argel fingido y renegado de amor".

Fruto de este viaje por la tierra que le había dado refugio durante su destierro son Las Fiestas de Denia, poema que narra las diversiones que tuvieron lugar en esta ciudad bajo el patronato del duque de Lerma, en honor del joven rey. El fin del poema era contárselas a doña Catalina de Zúñiga, condesa de Lemos, que se encontraba en el virreinato de Nápoles y no pudo presenciarlas. Algo así como encargar una crónica.

LA GRAN FIESTA DE FERNANDO DE ANTEQUERA

Pero de todas las fiestas quizá la más sonada sea la entrada de Fernando I de Aragón (1380- 1416), que tuvo lugar el 23 de diciembre de 1414, es decir, hace ahora seiscientos años. Si hoy podemos hacernos una idea exacta de cómo fue el evento es gracias a un libro de cuentas que recoge los nombres de todos los artesanos y artistas que participaron, sus encargos, qué obras realizaron, hasta los materiales que emplearon.

El original, conservado en el Archivo Municipal de Valencia, es una mina de datos y referencias porque está dedicado íntegramente a los asuntos de esta recepción del rey y de su familia. Recientemente la Universitat de València ha publicado una copia de dicho libro en su colección Documents de la pintura valenciana medieval i moderna. El volumen ha salido a la luz con una edición a cargo de María Milagros Cárcel Ortí y Juan Vicente García Marsilla.

En el estudio introductorio ambos historiadores constatan que la entrada de Fernando I fue concebida como "una recepción que no dejaría dudas sobre la fidelidad de la urbe a la nueva dinastía". Con su nombramiento como monarca de la Corona de Aragón se daba por concluido el convulso periodo sin rey que sucedió a la muerte de Martín el Humano sin descendencia legítima.

Acta original del Compromiso de Caspe.

El acuerdo no fue precisamente fácil. La elección, que supuso el inicio de la dinastía de los Trastámara en Aragón, se concretó en el compromiso de Caspe, un pacto en el que fue fundamental la participación de un valenciano ilustre, San Vicente Ferrer, quien consiguió vencer los recelos de algunos nobles al origen castellano, por parte de padre, del nuevo rey.

La entrada del rey Fernando I no iba a ser pues cualquier cosa. Tenía un especial significado para los valencianos y más especial si cabe para el monarca. Los jurados de la ciudad decidieron que debía ser la más apoteósica que se recordase, la más espectacular, comenta el historiador valenciano Fernando Javier López. De ahí que se cuidase con especial mimo y ya a finales de 1412, dos años antes, se tomaron las primeras decisiones y se formalizaron los primeros contratos. Hubo hasta una crida, el 22 de abril de 1413, con amenaza de multas de doscientos florines, una barbaridad, a todo aquel no quisiera participar en las "alegrías" por la entrada del monarca.

Convertido en el gran propagandista de Fernando de Antequera, San Vicente Ferrer se enfadó por el aparente desinterés que percibió en su Valencia natal hacia el rey que promocionaba. Este hecho provocó que saliera de la ciudad y, según tradiciones posteriores, lo hiciera diciendo que nunca más volvería a ella. "Ingrata patria, no tendrás mi cuerpo", dicen que afirmó mientras se espolsaba sus zapatos para no llevarse ni el polvo de la ciudad.

Pero la fiesta continuaba, el espectáculo debía seguir, y los responsables de la Ciudad continuaron adoptando medidas. Entre otras, mediado 1413 se acordó dedicar exclusivamente la atarazana que se encontraba en el interior de la ciudad, ubicada más o menos donde hoy se encuentra el jardín del Parterre, para la construcción de los decorados de los entremeses que se iban a representar durante la fiesta.

Observando el libro de cuentas se sigue escrupulosamente el día a día de los gastos, ya sea por los salarios de los artesanos que trabajaban en los decorados, en los carros triunfales, en las rocas sobre las que se representaban escenas vivientes, o en el vestuario, por los recibos del dinero donado o por las menciones a las aportaciones de clavarios y autoridades. En este sentido el profesor de la Universitat de València Fernando I de Aragón.Amadeo Serra destaca la importancia de este documento, escrito en valenciano y latín, como "catálogo de los artistas de la época" ya que nos permite seguir sus devenires profesionales.

Uno de los nombres propios que sobresale en el Llibre de l'entrada de Fernan d'Antequera es el de "la gran figura artística del momento", Gonçal Peris Sarrià quien ya había participado de manera destacada en la entrada de Martín el Humano doce años antes. Desaparecidos los maestros extranjeros y muerto Pere Nicolau, Gonçal Peris Sarrià tuvo un papel predominante dentro del grupo de "los del pincel", con un salario de ocho sueldos diarios, "más que ninguno, de ningún oficio, en todas las cuentas", constatan Cárcel Ortí y García Marsilla. Pero además de los pintores aparecen carpinteros, entalladores que participaron adornando con joyas los decorados, herreros, sastres, maestros floristas..

El grueso del ceremonial fue financiado y coordinado por el municipio, cuyas autoridades incluso ocultaron al monarca una parte de los actos que habían organizado para que no se perdiera el efecto sorpresa. Hubo incluso una roca dedicada a San Vicente Ferrer, en un intento de recuperar el afecto perdido del religioso. La fiesta duró ocho días, según el dietario del capellán de Alfons el Magnànim, Melcior Miralles, y entre los invitados especiales estuvo Benedicto XIII, el famoso Papa Luna.

Finalmente fue como se esperaba, una entrada espectacular, apoteósica, posiblemente la fiesta más celebrada y grande que jamás ha tenido lugar en Valencia, más incluso que la posterior boda de Felipe III. Toda la ciudad participó. Todos los artesanos y artistas se volcaron en ella. Cada día, a cada hora, había algo y todos los ciudadanos estaban implicados. Fue un no parar.

Para comprender estas fiestas desmedidas, excesivas y efímeras cual monumento fallero, hay que tener también en cuenta el contexto, como apunta Eduard Mira. "La ciudad era más divertida, de usos múltiples, se trabajaba mucho menos que ahora, menos de 200 días al año, y en la calle pasaba de todo", enumera el profesor valenciano. En ese contexto las entradas reales eran como grandes distracciones populares, con un claro contenido político, algo así como el reverso lúdico de las ejecuciones. Y la de Fernando de Antequera fue lo más. 

Y después, nada. O casi.

Quedaron algunas huellas, débiles, difusas, como imágenes religiosas, y otras urbanísticas, como la ampliación y mejora de algunas calles para que pudieran pasar los carros ornamentados. Y, eso sí, el texto elogioso de Miralles, quien alabó la belleza de la entrada. La tradición de los eventos continuó y se fue metamorfoseando hasta extremos sorprendentes, con el cambio de relación entre los reyes y los estamentos sociales. "La progresiva transformación de una monarquía feudal de talante pactista (...) en otra autoritaria de tendencia absolutista, que inauguraba las formas del Estado Moderno, modificó sustancialmente la relación política entre el rey y las ciudades", escribe Narbona. Y eso se trasladó a sus actos públicos.

Con todo no se perdió la costumbre de organizar grandes actos efímeros de afirmación de las ciudades. E incluso se podría decir que fueron el antecedente más claro de manifestaciones posteriores, como por ejemplo las famosas Exposiciones Internacionales del XIX o los eventos deportivos que se han sucedido en el siglo XX y continúan celebrándose en el XXI. Con todo, "ni de lejos", dice Mira, son como las que se hacían en el siglo XV. Nunca nada superará a aquellas recepciones, y en Valencia nada se puede comparar a la de Fernando de Antequera, la madre de todas las entradas.

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4 comentarios

David escribió
12/12/2014 11:13

Enhorabuena, Carlos. Un artículo mitad científico mitad divulgación extraordinario. Sigue así, estoy ansioso por leerte de nuevo

Felipe Tamayo escribió
10/12/2014 22:09

Excelente señor Aimeur. Soberbio articulo

Antonio escribió
10/12/2014 21:48

"Y después, nada.....".....y así estamos...

Juanlu escribió
10/12/2014 10:08

Interessantísim article. Som com som des de fa més que pensàvem. Ara bé, allò de què només es treballava 200 dies a l'any... que m'ho expliquen, per favor...

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