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LA ATRACCIÓN DEL ABISMO

El crimen os
sienta tan bien

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA. 15/03/2014 La delincuencia ha formado parte del imaginario rock. De Sonic Youth a The Smiths y finalizando en Nick Cave, repasamos algunos momentos de una historia pródiga en detalles sórdidos

VALENCIA.¿Puede haber algo en común entre Sonic Youth y The Smiths? ¿Es posible trazar una conexión histórica significativamente estética entre las dos bandas independientes (hablamos de actitud, claro) por antonomasia a ambos lados del océano, la norteamericana y la británica?

A la mayoría de ustedes les sonará la portada de Goo (Geffen, 1990), la icónica cubierta de Sonic Youth decenas de veces imitada en todo el planeta, incluso también por bandas de nuestro país como Els Surfin Sirles. En ella se muestra a una joven pareja supuestamente dándose a la fuga, tras haber cometido un asesinato, tal y como había diseñado Raymond Pettibon para su tira cómica, bocadillo explicativo incluido. Lo que no mucha gente sabe es que los protagonistas reales de esa imagen son Maureen Hindley y David Smith, joven matrimonio británico que en realidad acudía a prestar declaración, sentado en el asiento trasero de un coche policial, en calidad de testigos de un horrendo crimen que sacudió a la sociedad británica de los años 60: el cometido por Myra Hindley (hermana mayor de aquella) y su marido Ian Brady, quienes asesinaron y abusaron de cinco menores entre 1963 y 1965, en el tristemente célebre "crimen de los páramos de Manchester".

Myra Hindley e Ian Brady fueron sentenciados a cadena perpetua, pero sobre el jovencísimo David Smith (18 años cuando se casó con Maureen, de solo 19), testigo involuntario de la muerte de uno de aquellos niños a hachazos y responsable de dar el chivatazo a la policía, recayó siempre la sospecha de la culpa, azuzada por las insidias de la que hasta entonces había sido su cuñada, en un caso que aún coleó hasta los años 80. Un calvario que acompañó al joven inspirador de la portada de Sonic Youth (porque ella, su ya ex mujer, murió en 1980) hasta el fin de sus días, hace menos de dos años, como recogía la prensa del país.

El infausto crimen de los páramos fue también el espinoso leit motiv lírico de 'Suffer Little Children', uno de los temas de The Smiths (Rough Trade, 1984), el debut homónimo de la banda de Morrissey y Johnny Marr. Lo abordaron sin el menor atisbo de ironía ni frivolidad, pero los de Manchester tuvieron que enfrentarse a los previsibles ataques de la prensa amarillista de su país y demás lecturas puntillistas, lo que obligó a Morrissey a mantener por aquel entonces algún encuentro privado con los padres de una de las víctimas para templar ánimos.

Poco extraño, dado un gesto tan inusualmente temerario en una banda novel en el imperio del tabloide. Tendrían que pasar siete años para que Morrissey se atreviera a repetir incursión en un texto sobre el mundo criminal, en aquel 'The Last Of The Famous International Playboys' que, ahora sí, ironizaba acerca de los hermanos Kray, pareja de gangsters de referencia en el East End londinense de los 60.

Tampoco cabe deducir ánimo de banalización en el gesto de Thurston Moore y compañía, quienes simplemente se valieron de un cómic transgresor como uno de sus característicos símbolos desafiantes en la jungla de las multinacionales, en la que ya se hallaban inmersos. Quién sabe hasta qué punto sabían o desconocían la historia real que se ocultaba tras esa pareja inmortalizada por Raymond Pettibon, omnipresente emblema del rock alternativo de las últimas décadas.

El caso es que, partiendo de lo particular a lo general, sirva esta insospechada conexión como botón de muestra para recalcar la omnipresencia de la temática criminal desde hace muchas décadas en la mitología rock, marcada en muchas ocasiones por el influjo de las historias de asesinos en serie. Presencia obvia en todo arte que pretenda radiografiar los claroscuros de su tiempo (como el cine, sin ir más lejos), pero que en su caso adquiere unas connotaciones singulares.

Por lo que atañe a Sonic Youth, resulta palpable en más de una ocasión. "En su caso, creo que la portada de Goo simplemente les atrajo por su iconografía casi punk, y por tensar los límites de Geffen, la multinacional con la que acababan de firmar contrato", nos cuenta al respecto Ignacio Julià (Barcelona, 1956), referente durante décadas de la prensa musical estatal, desde publicaciones venerables como Rock Espezial, Vibraciones o Ruta 66, y autor del reciente Estragos de una Juventud Sónica (Alternia), libro en el que repasa la historia de la banda neoyorquina a través de sus numerosos encuentros personales en las últimas décadas.

Lógicamente, esa conexión no es ni la única ni la más significativa. Títulos como Death Valley ‘69', en referencia a la matanza perpetrada por el clan de los Manson, desvelan el interés de una banda "por una época concreta, el año 1969, y el choque entre dos corrientes de pensamiento que habían moldeado la segunda mitad de los años sesenta. Por un lado Vietnam y por el otro el pacifismo, las revueltas juveniles y raciales y la brutal represión policial de las mismas, Woodstock contra Altamont, Manson contra Beach Boys, etc...", comenta Julià, quien defiende la condición de los padrinos del noise rock como meros observadores, ya que "no hacen de Manson un antihéroe o un ícono".

En la línea argumental seguida por la banda a través de su carrera es fácil detectar los estragos de "un punto de inflexión para Estados Unidos que resquebrajó el sueño americano apoyado, en los años cincuenta, por la bonanza económica de posguerra", algo que explicaría muy bien, en connivencia con los rigores del reaganismo en los 80, títulos de álbumes como Daydream Nation (Enigma, 1988), algo así como "nación sonámbula". El sueño americano hecho trizas.

Llegados a este punto, es de ley detenernos en la masacre perpetrada por Charles Manson y sus secuaces como el primer brote serio de sordidez criminal en la historia del rock, cuyo idealismo hippy, a finales de los 60, apenas se veía alterado por la marginalidad pregonada por bandas como The Velvet Underground.

Ignacio Julià cree que "los crímenes de la Familia Manson quiebran para siempre la utopía del jipismo y su idealizada forma de vida alternativa, porque Manson había estado pululando por la escena musical de Los Ángeles, llegando a congeniar con Dennis Wilson de los Beach Boys". De hecho, algunas de las canciones de los Beatles fueron amoldadas por el particular esquema mental de un hombre que en el futuro inspiraría cientos de canciones (de Neil Young, White Zombie, System of a Down o The Flaming Lips, entre muchos otros) e incluso serviría para bautizar a provocadores estéticos-que no sonoros-como Marylin Manson.

Julià asume el tono crepuscular de unos sucesos que, "como el desencanto del concierto de los Stones en Altamont, aceleran el final de aquel sueño buenista, ya que 1969 no solo pone punto final a la década prodigiosa, sino que nos abre los ojos ante una realidad incómoda". La era de Acuario devolvía así un reflejo agrio y resquebrajado, ya que "no todo eran buenas vibraciones entre los niños de las flores, y conviene mencionar la canción homónima de Stooges, '1969', que sería otra pieza fundamental para entender el momento, pues ya refleja el hastío de una juventud sin futuro en los esquemas de un capitalismo imperioso".

El listado de serial killers o puntuales asesinos célebres cuyas fechorías han sido glosadas en el mundo del rock se amplía a Mark David Chapman, el asesino de Lennon (And You Will Know Us By The Trail of Dead, The Cranberries), John Wayne Gacy "el payaso asesino" (Sufjan Stevens, Deertick), Jim Jones (Brian Jonestown Massacre, Manowar, Concrete Blonde), David Berkovitz "el hijo de Sam" (Dead Boys, Elliott Smith) y un largo ectétera cuyo detalle sería imposible de abarcar aquí. Hay incluso listas de canciones en medios especializados que seleccionan los temas más populares, aquellas canciones, de entre las relacionadas con la temática criminal, más destacadas entre los melómanos de pro. La edición norteamericana de Rolling Stone publicó en septiembre pasado el Top 15 de sus lectores, en cuyos primeros puestos figuran el 'Folsom Prison Blues' de Johnny Cash, 'I Shot The Sheriff' de Bob Marley o 'Hey Joe' de Jimmy Hendrix.

Entre los nombres recurrentes en estas lides, como así ocurre también en la lista de Rolling Stone (aparece en el número 9), figuran personajes como el legendario Stagger Lee. O como Jack el Destripador, a quien en su momento cantaron The Horrors, LL Cool J o (sí, otra vez) el propio Morrissey.

Aunque quien logró un sesgo más afilado en las evocaciones de esos personajes fue Nick Cave, el músico de dominio público que seguramente detente una mayor galería de criminales en su discografía. De hecho, nadie ha sacado más partido que él a la actualización de las Murder Ballads (Baladas de la muerte), un subgénero de la música folk anglosajona cuyas raíces datan nada menos que del siglo XVIII, solidificando un legado del que beberían los folk singers de los años 50 y 60, como Dylan, Joan Baez, Dave Van Ronk o The Carter Family. Algunas de ellas abordaban el crimen desde la óptica del asesino.

"Todas esas historias de maleantes y asesinos han nutrido a la música popular desde siempre, y en el contexto rock, la fuente principal fue la Anthology of American Folk Music (1952) de Harry Smith, virtual punto de partida del revival folk", nos cuenta Ignacio Julià, quien además traza sin pestañear una línea sucesoria que enlaza "con el rock sangriento de Alice Cooper y el feísmo del punk, en los 70, prosiguiendo con ese discurso tan atractivo para los adolescentes de clase media, que eran quienes compraban discos de rock y buscaban una alternativa escabrosa a la vida convencional de sus padres".

La fórmula fue ejemplarmente sublimada por Nick Cave en el álbum Murder Ballads (Mute, 1996), disco repleto de colaboraciones de postín (Kylie Minogue, PJ Harvey, Shane McGowan) y temas como 'Henry Lee', 'Crow Jane', 'O'Malley's Bar' o 'Where The Wild Roses Grow', curiosamente preñados de una serenidad y aliento poético más raros de encontrar en los inicios de su carrera, también marcada por "clásicos como 'Wanted Man' de Dylan & Cash o 'The Mercy Seat', que es la historia de un hombre a punto de ser ajusticiado en la silla eléctrica", como bien apunta Julià.

En general, y continuando con una tradición que tiene mucho más de americana (por su tradicional idiosincrasia) que de británica o europea, son músicos yanquis de sonido cavernoso y referencias atávicas quienes con más frecuencia han escarbado en los últimos tiempos en las miserias humanas del crimen, como pueda ser el caso de Afghan Whigs, Queens Of The Stone Age, Mark Lanegan, The Brian Jonestown Massacre y muchos otros integrantes de una lista inagotable, aunque algunos estén incluso conectados entre sí por colaboraciones varias. Ellos han redactado los últimos capítulos de una relación con muchos renglones por aún por escribir.

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