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LA PANTALLA GLOBAL

'P'tit Quinquin':
Los crímenes de la
costa del ópalo

EDUARDO GUILLOT. 12/06/2015 La excelente miniserie escrita y dirigida por Bruno Dumont para el canal Arte llega a las pantallas comerciales españolas

VALENCIA. En 2014, la prestigiosa revista francesa Cahiers du Cinéma, después de 64 años de historia, colocó por primera vez una serie de televisión en el número uno de su lista de las mejores películas del año. La habían descubierto en mayo, en la Quincena de los Realizadores de Cannes, aunque su estreno oficial en la pequeña pantalla no se produjo hasta septiembre. Ahora llega a los cines españoles. Se titula P'tit Quinquin, y es el último trabajo del francés Bruno Dumont, uno de los más respetados cineastas contemporáneos, un habitual en el circuito de festivales, que en 1997 llegó a ganar la Palmera de Oro de la fenecida Mostra de Valencia con su opera prima, La vie de Jésus, pero que si hacemos caso a los datos de la web del Ministerio de Cultura, solo ha estrenado una película comercialmente en España: Camille Claudel 1915 (2013).

Así que hay que celebrar por todo lo alto que P'tit Quinquin llegue a nuestro país. Y no solo porque Dumont es un director al que los distribuidores deberían prestar más atención, sino porque esta miniserie de cuatro capítulos, con una duración total de 200 minutos, es una pequeña maravilla. Producto de un encargo del canal Arte, que dio carta blanca al realizador francés, supone su regreso a los espacios donde se localizaban sus primeras películas, la ya citada La vie de Jésus y L'humanité (premiada en Cannes en 1999), una región del norte de Francia conocida como Costa del Ópalo, situada frente a los acantilados del sureste de Inglaterra. Allí se encuentra una pequeña aldea cuya aparente tranquilidad se verá sacudida por la misteriosa aparición de una vaca muerta, que alberga en su interior el cuerpo descuartizado de una mujer.

LA PAREJA CHIFLADA

En su primer trabajo para televisión, el cineasta capaz de filmar películas tan profundamente nihilistas como Twentynine Palms (2003) desarrolla una inesperada vis cómica que convierte la investigación en una sucesión de situaciones delirantes. Bernard Pruvost (el comandante Van der Weyden), una mezcla entre Chaplin, Peter Sellers y Groucho Marx, y su compañero Philippe Jore (el teniente Carpentier), componen una extravagante pareja de policías, un dúo que se diría sacado de alguna novela de Fred Vargas, y que deambula por el pueblo sin lograr avances sustanciales en sus erráticas pesquisas, mientras el espectador va conociendo mejor a los peculiares lugareños, su entorno y sus usos y costumbres, ridiculizados sin piedad por un Dumont que ironiza sobre los ritos religiosos o la fiesta nacional francesa mientras la cuenta de cadáveres va creciendo sin que nadie sea capaz de encontrar una explicación a los asesinatos.

La intromisión del elemento criminal en el microcosmos cerrado de la aldea y el tono absurdo de muchas de las situaciones conectan inevitablemente P'tit Quinquin con el universo de David Lynch, y en concreto con Terciopelo azul (1986) y Twin Peaks (1990), pero Dumont opta por ser fiel a sí mismo, sin traicionar su depurado estilo, y apuesta por un naturalismo (no hay música extradiegética) que somete a distorsión y por la utilización de actores no profesionales (la mayoría, aunque cueste creerlo, se ponían por primera vez ante la cámara).

Una apuesta radical para un medio tradicionalmente conservador, que obtuvo una recepción discreta entre los televidentes franceses: Solo un 5.9% de audiencia y menos de un millón y medio de espectadores. Entre ellos, algunos que se quejaron de la imagen que la serie daba de los habitantes de la zona. Cifras muy lejos, por ejemplo, del 22,5% de cuota de pantalla que tiene en España Águila roja (cuatro millones de espectadores).

Son los riesgos de la televisión de autor, pero para eso existen los canales culturales alternativos, cuya política debe regirse por la creación de obras duraderas y no por el aumento de los índices de share. En ese sentido, P'tit Quinquin está destinada a perdurar como una obra mayor de la televisión de la presente década. En una temporada en que los medios coronaban True Detective, la especialista Eulàlia Iglesias ya la consideraba "la mejor serie del año" en la revista Rockdelux. En una reciente entrevista aparecida en la misma publicación, la directora Mar Coll aseguraba que "el mejor cine sigue haciéndose... en el cine", en contraposición con la extendida idea de que la televisión le ha ganado la partida, pero lo cierto es que las incursiones en la pequeña pantalla de algunos cineastas de carácter singular (recordemos Riget, de Lars von Trier, o Carlos, de Olivier Assayas) se han saldado con un rotundo éxito.

MÁS ALLÁ DEL NATURALISMO

Como en las mejores historias policiacas, en P'tit Quinquin no importa tanto conocer al responsable de los crímenes como las cuestiones colaterales relativas el viaje interior y la evolución moral de los protagonistas. En este caso, Dumont se acoge al modelo del police procedural, que ya había utilizado en L'humanité y Hors Satan (2011), pero pronto amplía su radio de acción y fija también la atención en personajes como el que da título a la serie, un niño curioso y travieso que descubrirá de manera paulatina los secretos y el mal que anidan en la comunidad donde vive.

Su propia actitud, impregnada de esa crueldad que caracteriza la inocencia infantil, forma parte de un entorno normal solo en apariencia, enrarecido hasta el punto de que no siempre es posible reconocer la fina línea que separa a los hombres de las bestias.

Dumont nunca abandona el tono humorístico, que se hace progresivamente más sombrío a medida que avanza la acción, en un proceso que afecta a cualquier otra convención de género utilizada por el director, quien asegura que su trabajo "siempre trata sobre la transfiguración y se enmarca dentro de un mundo totalmente poético y surrealista". Y añade: "El cine es un arte naturalista por definición, ya que muestra personas y paisajes, pero todo eso pasa por un proceso de montaje, lo que significa que se rompe y se convierte en otra cosa".

Él maneja las piezas con exquisita habilidad en P'tit Quinquin para componer un rompecabezas en el que todo el mundo es culpable de algo, llegando a la misma frustrante conclusión que se puede desprender de su filmografía anterior. Un pesimista congénito que reflexiona sobre la condición humana mediante imágenes con un extraordinario poder de sugestión. No se pierdan (y menos en pantalla grande) una de las mejores series de los últimos años, aunque no esté rodada en inglés ni para un canal estadounidense.

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