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historia y vida

Forajidos de leyenda: La extraordinaria historia escrita a sangre de los Seguí

CARLOS AIMEUR. 21/04/2015 Manel Arcos agota la segunda edición de su ensayo sobre los hermanos bandoleros de Gaianes que atracaron el banco de España en 1871

VALENCIA. ¿Se puede considerar a los bandoleros del XIX valencianos hermanos de los forajidos del Far West? Manel Arcos (Oliva, 1965) no duda. "Por supuesto que sí", asegura. Desde su experiencia y conocimiento, los comportamientos, usos y maneras de desenvolverse de muchos de los nombres más relevantes del bandolerismo valenciano serían equivalentes a los que acontecieron en el otro lado del océano Atlántico por delincuentes que jamás habían oído hablar de una tierra llamada Valencia, de unas comarcas como La Costera, La Safor o La Ribera, ni de unas ciudades como Xàtiva o pueblos como Paiporta o Benetússer.

Y en ese particular imaginario-reflejo, si el Tio Joan de la Marina, que ya fue objeto de un libro anterior por parte de Arcos, vendría a ser tan legendario como Billy el Niño, los análogos de los hermanos James serían sin duda los hermanos Seguí, tres bandoleros de Gaianes que formaron parte de las cuadrillas más peligrosas, dos de los cuales participaron en el asalto al Banco de España de Valencia en 1871, un atraco astuto y avanzado a su tiempo que les confirmó como unos de los ladrones más profesionales del siglo XIX y que fue ampliamente recogido por la prensa de la época.

La historia de los hermanos Seguí, y muy especialmente de Camil Seguí, es el argumento del último ensayo de Arcos, Gaianes-Xàtiva, un viatge sense tornada, que se ha convertido en uno de los libros sorpresa del año en la Comunidad Valenciana. Publicado por la pequeña Tívoli, su éxito ha sido tal que se ha agotado ya su segunda edición y esta misma semana saldrá a la calle una reedición en una nueva editorial, El Petit Editor, con sede en Carcaixent. ¿Cuál es el secreto? Lo que narra, que tiene la intensidad de la mejor de las novelas. Y es que, como bien señala Toni Cucarella en el prólogo, las historias que ha reunido Arcos son paradigmas de hechos reales que superan a la ficción.

"Los hermanos Seguí pueden ser considerados como tres de los roders de más entidad de todo el siglo XIX", explicaba Arcos este lunes. "Son coetáneos de otros bandoleros valencianos de renombre, como Micalet Mas de la Llosa de Ranes, el Tio Joan de la Marina, el Josep de la Tona de Pedreguer, els Blaus de Riba-roja, el Minyonet de Macastre, els Ganyans de Pego y Mixana de Castell de Castells", añade. Nacidos en Gaianes, una localidad que a mediados del XIX tenía 115 casas, incluida la prisión, eran seis hermanos: tres chicas (María, Teresa y Generosa) y tres hijos, los tres delincuentes. El mayor de ellos, Josep-Ramon, el Zurdet, fue bautizado el 7 de enero de 1843; el segundo, Camil, nació el 25 de enero de 1845; y el tercero, el más pequeño, Enric, nació el 4 de noviembre de 1849.

Estos tres hermanos cometieron sus crímenes casi al mismo tiempo que los James en Estados Unidos, algunos de ellos igual de espectaculares, y en un contexto similar. En el caso de los James y los Younger, que conformaron la banda más peligrosa del Far West, sus asaltos y atracos se produjeron entre 1866 y 1876, durante la reconstrucción de Estados Unidos tras la Guerra de Secesión (1861-1865). Los Seguí cometieron sus crímenes en un entorno tan inestable como ése. La ola de asaltos que perpetró la cuadrilla de Camil Seguí en la comarca del Comtat fue durante el Ejecutivo de transición presidido por el general Prim (1869-1870); el gran asalto al Banco de España en Valencia fue durante los tiempos de Amadeo de Saboya (1870-1873); e intervinieron en los episodios de pistolerismo que se produjeron desde La Gloriosa hasta la I República (1873- 1874).

Mapa cortesía de Manel Arcos, con el recorrido que realizaron los asaltantes.

De todas las andanzas de los Seguí, la más impresionante sin duda fue el robo del Banco de España, una operación digna de ladrones contemporáneos que idearon Josep-Ramon y Enric, y en la que intervino al menos una decena de personas, pero en la que curiosamente no tomó parte el más famoso bandolero de los tres, Camil, que estaba entonces encarcelado en Cartagena. Para realizarlo articularon un complejo plan que incluyó el alquiler de una casa en las proximidades del banco, en la entonces llamada Plaza de las Barcas, hoy Pascual y Genís, justo enfrente del Teatro Principal. En la casa excavaron un túnel que les llevaba hasta la acequia de Rascanya, enterrada bajo tierra. Por ésta, yendo siempre por el subsuelo, como el Harry Lime en El tercer hombre, llegaron hasta situarse justo debajo del Banco de España, que entonces se encontraba en la plaza de la Congregación, hoy de San Vicente Ferrer, justo en medio de la calle del Mar. Y excavaron otro túnel, éste hacia arriba, para acceder a la cámara acorazada. El problema es que cuando llegaron les esperaba la Guardia Civil, escondida dentro del banco.

¿Qué falló en este plan perfecto? Pequeños detalles. Cierto es que en el Banco de España tenían indicios de que iban a asaltar una de sus sedes, pero no fue eso lo que puso en alerta al director de la sucursal en Valencia, Manuel Ciudad; lo que despertó sus recelos fueron unos golpes subterráneos que un vecino oyó casualmente una noche de febrero cerca del banco. Tras tener noticia de esos misteriosos golpes nocturnos que venían del subsuelo, Ciudad lo comprobó en persona la noche del 27 de febrero y no dudó. En su mente todo tuvo sentido. Discretamente se reunió al día siguiente con el gobernador civil de la provincia y le transmitió sus sospechas. A partir de entonces y durante los 49 días siguientes, la Guardia Civil apostó un dispositivo permanente de vigilancia dentro del banco. Los Seguí y sus compañeros no lo sabían, pero cada palada de tierra, cada martillazo, cada metro de túnel ganado era un metro que perdían de libertad.

El desenlace tuvo lugar a las nueve de la noche del 17 de abril, en la fiesta de San Vicente Ferrer. Los Seguí y sus compañeros querían aprovechar el ruido de los actos festivos que se iban a celebrar en la plaza para actuar con tranquilidad en el interior del banco. De hecho los dos primeros ladrones que accedieron a él llegaron a "imaginar que estaban solos", escribe Arcos. Cogieron las dos primeras sacas y las arrojaron al interior del túnel. Una voz les advirtió de que eran monedas pequeñas y los dos ladrones iban a acceder de nuevo al banco cuando un ruido les hizo huir. Pese a lo sucedido, los efectivos de la Guardia Civil decidieron permanecer en sus puestos, por si los ladrones volvían. Y así fue. Al cabo de media hora, tras una animada conversación bajo el túnel, dos ladrones volvieron, ayudados de una linterna cubierta por una manta. Tras realizar un breve sondeo del espacio, los nuevos asaltantes se dirigieron a la caja y comenzaron a coger cajones de madera con duros de plata, hasta tres con 9.000 duros en total. No pudieron llevarse más. Una voz gritó:

–¡Alto a la Guardia Civil!

Y se desató el pandemonio, "un infierno de tiros, bayonetazos, lucha terrible y confusa", según la prensa de la época. Uno de los ladrones, pese a estar malherido consiguió escapar. El otro, Josep Torregrossa Borràs, de Piles, fue detenido moribundo, con 21 heridas, quince de bayoneta y seis de arma de fuego. Torregrossa declaró y gracias a ello el inspector Juaneda, encargado del caso, localizó la casa de los asaltantes en la Plaza de las Barcas. "[Juaneda] llamó [a la puerta] y todo seguido escuchó una voz que contestaba y que parecía de mujer", escribe Arcos. "Al ver que nadie salía, se introdujo en la casa sin encontrar ninguna persona. Juaneda registró el lugar inmediatamente. Allí no había ningún mueble. Sólo había una estantería de madera pintada rudamente construida".

Junto a restos de ropa sucia y mojada de los ladrones (siete camisas y siete pantalones, es decir, la banda la componían al menos ocho ladrones) el inspector halló también algunas sacas de dinero. No serían las únicas. En las horas siguientes, tras hacer un recorrido con el arquitecto municipal por los túneles, descubrirían que los ladrones se habían dejado atrás buena parte del botín. En el banco había entre 15 y 16 millones de reales, "hoy entre 187 y 200 millones de euros", calculaba Arcos este lunes, "pero sólo se llevaron el equivalente a un millón de euros". En total, 4.000 duros de plata, que pesaban unos 100 kilos.

Asi era la Plaza de las Barcas, donde estaba el bajo que alquilaron.

En las horas posteriores al suceso se detuvo a Rafael Cerdà Tomàs, del que se sospechaba que era el ingeniero del túnel y a dos cómplices que quedaron libres sin cargos. Mediado junio Josep-Ramon Seguí se entregaba a la Justicia y en julio fue atrapado su hermano Enric en Xàtiva. También fueron interrogados los otros cuatro miembros de la banda: Salvador Baiona Marí, Josep Vidal Mas, Frances Mas Martí y Santiago Vidal Pérez. Al final, de los ocho miembros reconocidos de la banda, sólo uno fue condenado, el que fue detenido en el banco, Torregrossa, quien fue encarcelado en Palma y finalmente se escapó de presidio, con gran escándalo de la prensa de la época. Continuó delinquiendo hasta que en noviembre de 1876 fue detenido en Orense y devuelto a Valencia. Fue conducido entonces a las Torres de Serranos y nunca más se supo de él.

El primero de los asaltantes al banco en morir fue Baiona, en junio de 1871, apenas dos meses después del robo. Baiona se enfrentó al temible Micalet Mas, antes citado, e intentó matarlo de un escopetazo en la puerta de la iglesia de Llosa de Ranes, a la salida de una boda. Falló y Mas le arrebató el arma y lo mató a culatazos. Mas Martí fue asesinado en 1875 por otros dos presidarios mientras cumplía condena en la cárcel de San Miguel de los Reyes, hoy sede de la Biblioteca Valenciana. Más misteriosa fue la muerte de Vidal, quien apareció cadáver en el paso de la Torre d'en Lloris, pedanía de Xàtiva, en 1877.

Muy parecido fue el destino de dos de los tres hermanos. Inmersos en esa espiral de violencia, los Seguí simbolizarán el tránsito de un bandolerismo "basado en la práctica del robo a gente adinerada a otro tipo de bandolerismo más violento y sangriento, como es la vendetta", explica Arcos. "De ladrones pasaron a ser pistoleros a sueldo, sicarios. De hecho Camil fue acusado por un periódico de Valencia de ser el asesino del juez de Xàtiva", añade.

Finalmente, Camil Seguí se enfrentó a su destino y fue asesinado el 9 de febrero de 1873, la víspera de la abdicación de Amadeo de Saboya. Lo mataron en Rafelguaraf, donde se había ocultado tras su última evasión de la cárcel. Su cuerpo no se encontró hasta el 27 de marzo. Sus hermanos salieron a la calle en abril de ese año, dos meses después de su muerte y apenas unos días del hallazgo de su cadáver. Y decidieron vengarle.

Acompañados de el Zurdo de Montserrat, Jospe-Vicent Gozálbez Calbo, a los pocos días de estar en libertad se dirigieron a Alcoi para buscar al supuesto asesino de su hermano, Remigi Català Pons. Los tres le encontraron en una ferretería y le dispararon desde la calle. Català recibió cuatro impactos de bala pero antes de caer al suelo, agonizando, disparó sobre sus asaltantes y malhirió a Enric Seguí, el pequeño de los hermanos, que fallecería días después. El Zurdo de Montserrat y Josep-Ramon escaparon. El primero Manel Arcos.siguió delinquiendo hasta su muerte en septiembre de 1874 a manos de la Guardia Civil, que le ejecutó extrajudicialmente durante un traslado desde Alcoi a Alicante. Le aplicaron la ley de fugas.

Del Zurdet, del mayor de los Seguí, no se sabe empero nada. Tras consumar la venganza por la muerte de su hermano Camil, Josep-Ramon Seguí desapareció. Salió de Alcoi y no se volvió a oír de él. Ninguna detención. Ningún asalto. ¿De qué vivió? ¿Dónde? ¿Tenía él el botín del Banco de España? Son preguntas que a día de hoy no se pueden responder. Su nombre y sus acciones se perdieron en el silencio del tiempo, pero permanecieron de boca en boca en los pueblos que sufrieron sus asaltos. Sus andanzas y las de sus hermanos se convirtieron en pequeños mitos, leyendas que lentamente se iban desvaneciendo hasta que ahora Arcos las ha vuelto a recuperar. Y lo ha hecho con este ensayo modélico, una crónica imprescindible para comprender la desesperación, la rabia, la violencia y la miseria que asolaba a la España del XIX. La inseguridad de un tiempo pasado que, como todos, no fue mejor.

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1 comentario

Lola escribió
22/04/2015 22:59

Muy interesante, Carlos. Ese libro promete...

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