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LA CIUDAD Y SUS VICIOS

Bienvenidos a Nazaret, el patio trasero (sin playa) de Valencia

VICENT MOLINS. 21/02/2015

VALENCIA. En el frente marino de Nazaret no hay playa, aunque todo el tiempo está presente. Las casas miran hacia ella, las antiguas garitas están frente a ella, los muros escriben de ella. "Aquí que me detenga. Que también yo contemple un poco la naturaleza. Azul esplendoroso de un mar de la mañana y de un cielo sin nubes, y una ribera amarilla: todo hermosamente y con plenitud iluminado", se lee junto al antiguo Benimar, en cita a Kavafis. Aquí lo que hay es una sensación que, como un latigazo, iguala a este escenario cara al mar con las fotos de la vieja noria abandonada de Chernóbil. Un tiempo muerto, un paisaje desconectado de la realidad, sólo distraído por algún ocasional coche BMW que se detiene sospechoso junto a alguna de las chozas playeras.

Hacia el centro del barrio, llegando por la calle Baix de la Mar (el mar todo el tiempo), vuelve el latido. Una plaza de pueblo. He quedado frente a la iglesia con algunos vecinos o con antiguos visitantes habituales. Qué fue de Nazaret, qué es de este Nazaret. El patio trasero de Valencia, aislado por completo al sur. Estigmatizado.

"Desde un pueblo de pescadores y agricultores de la playa de Ruzafa que nació para que quienes iban a trabajar al puerto pasaran la cuarentena, a un polo de atracción turística -su playa-. Desde un barrio obrero y humilde especialmente de portuarios y destino de inmigración andaluza a un barrio marginal de las afueras de la ciudad, que es como debería definirlo en estos momentos". Rafa Pastor es hijo de madre ceutí y padre valenciano, una segunda generación que marchó pronto a otros barrios. "Mis padres cuando salen de Nazaret siguen diciendo ir a Valencia".

"Nazaret guarda un secreto. Fue el lugar donde escondían a los leprosos y ahora es la playa inexistente y desaparecida que casi nadie recuerda", señala Rafa Lahuerta, que venía siendo niño porque había sido la playa de su familia. Y no volvió hasta 1999 cuando llegó con su vespa para encontrar un paisaje irreal: Una franja desde cuyos límites se divisa la Ciudad de las Artes y las Ciencias, amenazante; un PAI en la ruina; el mar hecho hormigón.

"Su origen como lazareto, donde destinaban a las tripulaciones en cuarentena que llegaban al puerto es terroríficamente premonitorio del discurrir que ha tenido el pueblo", cuenta Felip Bens. "Nazaret me da una pena enorme. Era un pueblo entrañable, al otro lado del puerto, casi una simetría del Cabanyal, con sus casas paralelas al mar, su playa de arenas finas con barcas varadas, Benimar, las casas bajas (algunas incluso de aire modernista)...".

Rafa Pastor me sube a su coche para dar un volteo. "Estas calles -dice señalando a una con pequeña alma de avenida- surgieron sin ordenación prácticamente sobre la playa, las embarcaciones se ataban a las ventanas". 

El mar, todo el tiempo el mar. La playa.

"La fascinación por Nazaret es extraña. Parte del hurto de la playa pero al mismo tiempo es la propia playa inexistente la que le otorga galones. Todo implica la presencia del mar pero el mar no está. Las calles, las casas, el ambiente. Es un barrio marinero sin mar".

La playa, durante una parte de la historia tan bella como la de las Arenas (o más, dicen algunos vecinos), fue amputada a partir de 1985 para ampliar el puerto, aunque desde hacía tiempo Nazaret se había resignado a no tenerla. "Años antes ya estaba prohibido el baño, nunca en mi niñez me pude bañar allí. Se había acumulado la basura que vertía el río, cundía la percepción de que era irrecuperable", muestra Pastor. No hubo contestación social. Fue un proceso tan traumático como interiorizado. El pueblo de playa que se queda sin playa, ciego de mar.

El mar se puede ver en los grafitis de Nazaret.

El escritor Toni Sabater escribía: "El otro día hacía una mañana húmeda y con el cielo cerrado. Después de almorzar, recorrimos entre charcos la calle Castell de Pop hasta su final mutilado. Unas grúas inmensas a las que la bruma del día daba una cualidad algo fantasmagórica marcan a lo lejos el espacio de la playa que ya no existe. Hay jardines solitarios y alguna fábrica olvidada o saqueada que acentúan la sensación de abandono, y las palmeras sorprenden por su número".

Pasamos por Casa Jomi, quizá una de las pocas referencias de este poblado que atrae, por su exotismo, a los vecinos del resto de la ciudad. Allí el tumulto de noches tabernarias hace que hasta la máquina de pinball se transforme en mesa auxiliar donde acunar el plato de pulpo seco, previamente sometido al furor del sol y más tarde abrasado por las llamas. En este paso, Rafa Pastor entona la palabra justicia: "Le quitaste un elemento primordial, la playa, ¿pero qué le diste a cambio? Hay un sentimiento de oportunidad perdida. Salta a la vista a medida que te aproximas, especialmente desde el Grau y la Ciudad de las Ciencias, que son los barrios más próximos. Aún siéndolos, Nazaret ha mantenido su aislamiento del resto de la ciudad porque todavía se mantiene el despoblado que hay desde la estación del Grau -agravado con la instalación provisional del circuito de Fórmula- y, por otro lado, la quiebra de la urbanización del sector Moreras. No hay por tanto la posibilidad de dar un paseo urbano hacia ninguno de los dos barrios más próximos".

Casa Jomi.

"La playa no volverá, pero Nazaret merece un futuro digno", resume Felip Bens. "Nazaret no es una parte de la ciudad sino que está separada de ella. Esta sensación de ocasión perdida me parece que evidencia también una cierta pérdida del carácter combativo, al menos respecto de lo que recuerdo de mi infancia", retoma Pastor. La resignación de un pueblo.

Pasamos por Katanga, un grupo de viviendas de baja calidad en la calle Stella Maris, antes ocupada por población gitana progresivamente sustituida por inmigrantes subsaharianos; recorremos el antiguo campamento de 'Las casitas de papel'; hacemos parada en el bar Casa Aquilino, refugio de parroquianos con costumbres fijas. Rafa Lahuerta recuerda a los camioneros que "se movían por el sur de la ciudad. Follaban en los garitos turbios del camí de les Moreres y comían en Aquilino. De vez en cuando se jugaban el sueldo en alguna partida de cartas en alguno de los chalets que buscan el mar pero sólo encuentran hormigón. Quizás haya una canción para ese lamento. Es de Comité Cisne, Dulces horas. "...los setos no son setos, sino muros de hormigón...". También hay una peli, Los chicos del puerto. Empieza en el cine de verano abandonado que hay justo delante de Casa Aquilino".

Y allí está el cine de verano abandonado, mirando a una playa que no existe. Marchar de Nazaret. Mientras todo el frente litoral permanece varado, en silencio sepulcral, como en cuarentena, el resto del viejo pueblo tiene aspecto de ajusticiado, aislado, en la desidia. El patio trasero.

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5 comentarios

Julio Moltó Belenguer escribió
16/07/2015 16:16

Buen artículo, con alguna incorrección. No somos un barrio marginal sino marginado por poderosos intereses especulativos vinculados al expansionismo salvaje del puerto. Es falso que se perdiera la playa sin contestación social; yo soy de la Avv desde hace 40 años y peleamos contra su destrucción... y perdimos con mucha dignidad porque el resto de la ciudad nos dejó sólos. y nunca hemos perdido el carácter combativo, ni entonces ni ahora.

M rosa Pérez cañigueral escribió
16/06/2015 17:01

He tenido un nudo en la garganta mientras leía el artículo no sabía lo de nazaret este verano quería ir a su playa por eso he buscado información con una foto de hace unos 75 años de mi padre con unos amigos en la que pone PLAYA DE NAZARET un recuerdo de el del que no se nada hace 48 años

Campos escribió
15/06/2015 17:27

Molt bon article

merxe navarro escribió
21/02/2015 11:56

y ellos dicen que valencia nunca ha mirado al mar.

Josep María Amigo escribió
21/02/2015 10:39

És una llastima lo que ha passat amb els pobles al voltant de València i en particular amb Nazaret.

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