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CONSPIRANOIA CULTURAL

Fuster, Joan Fuster:
el hombre de la CIA

JAVIER CAVANILLES. 13/12/2014 En su último libro, ‘El Cura y los Mandarines', el escritor Gregorio Morán desvela un hecho curioso: Joan Fuster fue el arma secreta de la CIA. Y no estaba solo

VALENCIA. El hombre cogió el taburete y se sentó en la barra del Casino de Sueca. Se acercó a Concha, la camarera de curvas infinitas, quien le preguntó qué quería tomar. Le miró seductor y pidió una palometa "agitada, no batida". Mientras se la servía, pidió hablar con el jefe. "¿De parte de quién?", dijo ella. Con un gesto estudiado, sacó un caliqueño y respondió "Fuster, Joan Fuster" [suenan los famosos acordes de John Barry]. Ella no sospechó que tenía enfrente al hombre de la CIA en la Ribera Baja.

Si hubiera sido un pésimo escritor, Ian Fleming podría haber firmado el párrafo anterior. Después de todo, el autor de Nosaltres, els valencians fue, sin saberlo, un peón de la CIA en la Guerra Fría cultural. Así lo relata el escritor Gregorio Morán en su recién publicado libro El Cura y los Mandarines. La anécdota ha sido recibida con escepticismo y humor a partes iguales, pero teniendo en cuenta la credibilidad del autor nacido en Oviedo, tiene muchos visos de ser cierta.

Lo primero que hay que recordar es que el libro en ningún momento afirma que Fuster trabajara directamente para la Compañía ni que en Langley tuvieran a un funcionario leyendo los artículos que publicaba en Levante buscando códigos ocultos entre líneas. Lo único que dice es que, como muchos otros, fue una de las notas que sonaba cuando se ponía en marcha el Poderoso Wurlitzer.

VIAJANDO EN EL TIEMPO

Tras las II Guerra Mundial, EEUU tiene que hacer frente a un problemilla: la Unión Soviética. En una Europa devastada, no se podía olvidar que en Francia, Grecia o Italia, los comunistas habían llevado el peso de la resistencia. Sin ayuda, era cuestión de tiempo que la zarpa soviética cruzara el Telón de Acero.

En ese contexto, se puso en marcha una política para crear vínculos con el viejo continente que incluía desde la creación del mítico Grupo Bilderberg, el Plan Marshall, las becas Fullbright o la Operación Paperclip (para importar nazis clandestinamente a EEUU)... cualquier cosa que sirviera para estrechar lazos y extender su influencia.

DEMASIADA CACOFONÍA

Pero uno de los aspectos que se le escapaba a EEUU era la cultura, ya que la mayoría de intelectuales cojeaban del pie izquierdo. Así nació lo que el oficial de la CIA Frank Wisner llamó el gran Wurltizer, una compleja operación para financiar iniciativas intelectuales y evitar que se popularizara la idea, propagada desde el Soviet Supremo, de que el capitalismo no podría generar su propia cultura.

Sería como un órgano (un Wurltizer) que, al tocar una tecla, la música saliera por uno de sus cientos de tubos, pero que nadie supiera quién tocaba la melodía. Al final, como reconoció la Agencia en su crítica al libro The Migthy Wurltizer (Hugh Wilford, 2009. Harvard University Press) todo resultó demasiado cacofónico. En parte, porque en 1966 el New York Times (entre otros) sacó a la luz todo el programa.

LOS INICIOS

En ese contexto nació en 1950 la International Organisation Division dentro de la CIA, que se encargó de financiar sotto voce a todo tipo de intelectuales y asociaciones culturales. El Departamento de Estado ya había hecho sus pinitos promoviendo a pintores abstractos como Jackson Pollock, Robert Motherwell, Willem de Kooning o Mark Rothko. Sin dinero de la CIA -a través de la fundación Rockefeller- el MOMA nunca hubiera pasado de un museo de barrio.

Una reunión de la fundación CLC.

Al principio, se trataba de financiar artistas americanos de gira por Europa, pero pronto se decidió dar un paso más y se fundó en 1950 el Congreso para la Libertad de la Cultura (CLC), la pieza clave de todo el entramado. Llegó a tener actividad en cerca de 35 países, miles de apadrinados, y James Petras acabó bautizándolo como "la OTAN de la Cultura". La institución no se disolvió hasta 1979. Un buen retrato aparece en La CIA y la Guerra Fría Cultural (Frances Stonor Saunders, Ed. Debate. 2013).

Entre sus miembros más conocidos estaban Betrand Russell, Karl Jasper, William Faulkner, John Steinbeck o Tennessee Williams. La reunión fundacional tuvo lugar en Berlín, donde no fue difícil encontrar algún que otro editor ex nazi ya reciclado presto a sumarse al juego. Sin embargo, la sede central estaría en París, donde llegaba la mayor parte de fondos destinados desde la Fundación Ford.

VENCEDORES Y VENCIDOS

Las directrices de la CIA eran pocas, pero de obligado cumplimiento. Se admite a pensadores de izquierdas, siempre que se muestren antiestalinistas, y Hemingway no lo sabía.la críticas hacía EEUU se toleran si no se refieren a lo fundamental (la iniciativa privada es intocable).

Algunos, como Ernest Hemingway o Aleksandr Solzhenitsyn probablemente nunca supieron que la CIA apostó por ellos como autores que hubiera que promocionar; otros ya estaban muertos cuando les tocó. Es el caso de George Orwell el día que Rebelión en la Granja se convirtió en película de dibujos animados (1954) o 1984 cuando se adaptó por primera vez al cine (en 1956).

Por supuesto, no todo fueron éxitos. El CLC hizo presión y consiguió que Pablo Neruda se quedara sin el Nobel de literatura por sus filias comunistas. Pero el galardón se lo llevó otro indomable, Jean Paul Sartre, que se negó a recogerlo. Thomas Mann ya lo tenía, pero de buena gana se lo hubieran quitado por no pasar por el aro, mientras que hicieron todo lo posible para que la reputación de  Hebert von Karajan no se viera afectada por unos pecadillos de juventud... hitleriana.

EL AGENTE FUSTER

La delegación española del CLC se fundó en 1953 con Salvador de Madariaga a la cabeza y algún que otro exiliado (ex miembros del POUM y socialistas), pero no fue hasta 1962 cuando empezó a operar dentro de España. Entre los vinculados a la institución destacan Camilo José Cela, Enrique Tierno Galván, Julián Marías, Dionisio Ridruejo y Josep Maria Castellet.Carmen Martín Gaite como una de las primeras apuestas por consolidar una inteligentzia local.

También figuraban entre los capos Josep María Castellet, escritor, director literario de Edicions 62 y presidente del Grup 62. Él fue el encargado de editar el Nosaltres, els valencians de Fuster, tal y como recuerda Gregorio Morán en su libro. Es difícil saber si el de Sueca supo de dónde llegó el dinero, pero de lo que no hay duda -así lo acredita una carta de 1966 a John Hunt, el agente de la CIA detrás del CLC en España- es de que el resto sí.

¿Fue el CLC tan dañino? Las opiniones son libres. Según algunos, sirvió para potenciar una cultura basada en lo mejor del liberalismo americano de la postguerra; para otros no fue más que un reflejo de lo peor de la Guerra Fría aplicado a la cultura. Probablemente hubo un poco de todo.

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2 comentarios

manel escribió
18/12/2014 10:54

Em sembla molt frívol, erroni, arriscat i agosarat afirmar rotundament que Joan Fuster va ser "un hombre de la CIA" simplement perquè Castellet i ed. 62 li van publicar el Nosaltres... a la seva editorial. Aquest senyor barreja dades reals amb suposicions, conjectures amb fets reals i embolica amb una mala fe terrible.

claramunt escribió
13/12/2014 13:44

Potser paga la pena de recordar ara el valencià (Benifairó de les Valls) Julià Gorkín, revolucionari professional, dirigent primer del PCE i després a Barcelona, del Bloc Obrer i Camperol i finalment del POUM. Al 1953 fou dels primer a participar en les activitats del CLC; com a mostra l'organització del contuberni de Munic (el IV Congrés del Moviment Europeu, juny 1962), organitzat principalment Julià Gorkin i per Salvador de Madariaga amb diners del Congrés per la Llibertat de la Cultura.

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