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literatura y vida

Nunca vi a Aurora matear... y otros recuerdos de París

C. A.. 10/11/2014 El catedrático de Literatura Miguel Herráez, biógrafo de Cortázar, revive su amistad con Aurora Bernárdez, la albacea del autor de 'Rayuela', que ha fallecido este fin de semana

VALENCIA. Nunca vio a Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920 -París, 2014) matear ni tampoco le ofreció mate. "Tampoco vi bombillas para tomarlo en su casa de Général Beuret", recuerda. Desde que hace más de una década conoció a la primera esposa de Julio Cortázar, el catedrático de Literatura y biógrafo del novelista, Miguel Herráez, entabló una intensa amistad con la albacea del autor de Rayuela que se ha mantenido intacta hasta su reciente muerte este sábado, tras sufrir un ataque súbito.

"Siempre me pareció una intelectual rigurosa", dice de ella. Traductora de Jean-Paul Sartre y de Italo Calvino, entre otros, Bernárdez fue una persona clave en la vida del escritor argentino. Falleció este sábado en París, en una muerte que en cierta medida ha sido la segunda muerte de Julio Cortázar, porque si hubo alguien que potenció la memoria y el reconocimiento del autor argentino fue ella, su primera mujer, su amiga.

Herráez la visitó mucho en su casa, que fue la de Julio Cortázar, en la que él escribió Rayuela, si bien Bernárdez remozó el domicilio y añadió un bloque nuevo. Conservaba aún gran parte del encanto que tenía cuando se instalaron los dos. Era un espacio magnífico, en palabras de Herráez. "Ordenada, impecablemente ordenada, libros, fotografías en los anaqueles (una de Lezama Lima con Julio, otra de Italo Calvino), algunas pipas de Cortázar, el ordenador en la mesa de trabajo, los silloncitos bajo la claraboya donde, si llovía, reventaba el agua...".

Desde la muerte del escritor en 1984, hace ahora 30 años, Bernárdez se ha encargado de velar por la memoria de su ex marido, al que cuidó en su lecho de muerte, al igual que hizo con la segunda mujer de Cortázar, la norteamericana Carol Dunlop. Convertida en poco menos que la memoria de aquellos años, llevaba una vida suavemente rutinaria, con su rito de comprar Le Monde todas las tardes, un paseo de media hora, alguna película o exposición, y lecturas, "siempre de libros o de tesis doctorales que le enviaban sus autores sobre Cortázar" explica Herráez.

"Era una estupenda conversadora. Nuestras conversaciones siempre fueron muy eclécticas. Las mías muy pegadas a la vida, a la búsqueda de la anécdota; las suyas la verdad es que bastante elevadas, tenía un nivel de conversación muy alto. Me obligaba a estar muy atento. Los 94 años no le restaban un ápice de lucidez. Su muerte ha sido una triste noticia que nos ha afectado a muchos", concluía.

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