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Cómo ganar un Premio Nobel: editores, estrategias y actitudes

JOSÉ MARTÍNEZ RUBIO. 13/10/2014

Patrick Modiano, el último elegido

BOLONIA. A la una de la tarde, se abre una puerta de madera sueca y entra un señor a una habitación repleta de cámaras a decir, con una sonrisa, el nombre de la felicidad: Patrick Modiano. Y a partir de ese instante, el mundo se sobrecoge con los datos y los títulos que marcan Wikipedia y los registros y felicitaciones que se marca Anagrama.

Ya salió Jorge Herralde a decir que este año le tocaba a él. Que no todo va a ser Mondadori en esta vida... Exacto, Mondadori es esa editorial metida en un pack de empresas dominadas en un tiempo por (¡ay!) Silvio Berlusconi, y que se hizo con todos los derechos de traducción de la canadiense Alice Munro antes de ganar el Premio Nobel en 2013. Felizmente, claro está.

La vida es una tómbola cuyos boletos se compran en la feria de Frankfurt.

Modiano es ese autor que sirve de contrapeso al París de Amélie. Ese que se atreve a retratar los bulevares periféricos, los paseos nocturnos de los borrachos (y borrachas) que van del café parisién a casa, que ven pasar ambulancias y recuerdos, y libros. Modiano es sobre todo inquietante, y el lector se hunde en ese misterio porque es incapaz de encontrarse con la ciudad que está dispuesto a encontrar. Hugo, Flaubert, Proust... Amélie.

Se sale de Modiano como se sale de las pesadillas que no se recuerdan, es decir, con una sensación de malestar fundada sobre todo en el absurdo. Ahora mientras escribo, me gustaría retomarlo porque es un autor que gana con el comentario. Lo cual es una trampa. Es mejor haberlo leído que leerlo.

¿Merecen la pena los Nobel de Literatura? Más que los de la Paz (algunos años). No vayamos de outsiders de poca monta, y digamos con entusiasmo que sí y que mucho. La mayoría son raros, pero son buenos. El veredicto siempre es parcial, como las cosas importantes en la vida. Hay más injusticia en quien no es premiado que en quien sí lo es. Y eso, al final, es inevitable. Los Nobel mantienen todavía su prestigio internacional, porque aún conmueven al mundo como si fueran un verdadero acontecimiento.

La puerta sueca

RAROS PERO BUENOS

El día que se abra la puerta, salga un señor sueco y diga el nombre de Xosé Luis Méndez Ferrín, España entera deberá sentir vergüenza. No sucederá, porque Méndez Ferrín ha aparecido solamente un par de veces en la lista de 350 nombres que la Academia Sueca recibe a principios de año para decidir quién merece el galardón, lo cual hace prácticamente imposible que lo rescaten algún año. Escribe en gallego, y eso no es ningún impedimento, a menos que quiera ser reconocido en España, pero eso es otra historia. Si no se insiste como con Murakami o como con Philip Roth, es más difícil. Más fácil será ver a Javier Marías. O por capacidad de influencia, a Antonio Muñoz Molina. No tanto a Nicanor Parra (con 100 años) o a Ernesto Cardenal, otro caso perdido en la historia de la literatura, aunque a veces sonaron sus nombres.

No importa tanto que las grandes obras pertenezcan al pasado. Lo mejor de Camilo José Cela se dio en los años cuarenta, y lo recibió en 1989. Lo mejor de Vargas Llosa, entre los sesenta y setenta, aquello que estableció lo que iba a ser un escritor, una generación y un continente, y fue condecorado en 2010.

Importa, eso sí, que te rodee una corte de amigos escritores, amigos intelectuales, amigos catedráticos y fundaciones amigas que firmen una y otra vez cartas de amor a la Academia Sueca. Solo así se nombran a los candidatos, a fuerza de firmas y de recomendaciones de clan. Anagrama, Mondadori, etcétera, alii son el engranaje necesario para llegar a ese momento, pero las grandes empresas solo deciden los límites y las reglas del juego, pero no toman la decisión final, todavía en manos de un concepto de prestigio respetable, cuestionable y quizás anacrónico.

EL ARTE DE HABLAR MAL DE MURAKAMI

El hecho de hablar mal de Murakami ha alcanzado el mismo grado de exageración que el nivel de ventas del fenómeno japonés. Si Jot Down habla directamente mal, solo puede significa una cosa que ya eres prototípicamente moderno y deseable. Es insoportable su languidez, la capacidad de otorgar una importancia sin límites a un detalle absurdo (quizás en un guiño a la propia Jot Down), incoherente, a pesar de cierto interés y cierta contención compleja. Pero sobre todo lo que descoloca, y en esto seré banal, es la masificación o al menos la popularidad de un producto llamado a ser exclusivo. ¿Qué es el hipsterismo sino la democratización de la excentricidad?

Eso sí, empecemos a hacer presión por Philip Roth, el gran escritor norteamericano aunque haya decidido hace tiempo no escribir. Roth fue capaz de imaginar unos Estados Unidos aliados con Hitler, y su imaginación tuvo la recompensa de asistir al triste tiempo del macartismo, mientras Edgar Hoover besaba a Clyde Tolson y acusaba a Oppenheimer de comunista. Los padres de la democracia norteamericana. Y Roth radiografió hasta los tiempos de Bush hijo, narrando así desde la convulsión histórica a la convulsión contemporánea. Y para hablar del amor y otros demonios, La mancha humana. Ay.

Los amigos de Roth ya lo estarán trabajando. Igual que los de Murakami, Auster o Kundera. O los de Marías incluso, en esta guerra fría entre Europa y América donde solo a veces gana algún asiático como Mo Yan, o algún africano como Coetzee, rompiendo con las convencionalidades. No sirven de mucho las conjeturas y los argumentos de merecimiento. El Nobel es siempre una sorpresa fácilmente aceptable. Incluso hablando de Patrick Modiano.

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