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TENDENCIAS ESCÉNICAS

La familia disfuncional es la protagonista del nuevo teatro

BEGOÑA DONAT. 08/09/2014 ¡Qué comience la disfunción! Desde el fenómeno argentino al análisis español de la custodia compartida, el teatro aborda las proles contemporáneas

VALENCIA. En una entrevista publicada en 2009 en Miradas de Cine con motivo de la promoción de Un cuento de Navidad, declaraba su director, Arnaud Desplechin, que toda familia es disfuncional por naturaleza. "Uno de los inconvenientes de la familia -reafirmante y epatante, por otro lado- es que no puede ser funcional, simplemente no fue inventada para ello...", refería. Y ahondaba en el símil del clan con el reparto de una obra de teatro, en el que cada miembro tiene su papel, "aunque ni ellos ni nosotros estemos de acuerdo con el reparto de roles".

Precisamente, en los últimos años, las tablas son el espacio donde el microuniverso parentelar se muestra en toda su convulsión. El ariete de esta corriente fue el dramaturgo y director argentino Claudio Tolcachir y su La omisión de la familia Coleman, montaje de 2005 que ha sido representado en más de 20 países y subtitulada en ocho idiomas. La pieza retrata "una convivencia imposible transitada desde el absurdo devenir de lo cotidiano, donde lo violento se instala como natural y lo patético se ignora por compartido", resume su hoja de promoción.

A semejante conmoción teatral le siguió una oleada de títulos de un reincidente Tolcachir y de sus contemporáneos bonaerenses en torno a los desequilibrios de la estirpe. El espectador encuentra un triple aliciente en las obras que abordan este género, por un lado el morbo del voyeur, por otro, la instantánea de los nuevos modelos familiares, y por otro, la identificación y el mal de muchos aplicado al propio nido.

Como afirma Malena Alterio, una de las protagonistas del último montaje de Tolcachir, Emilia, "todas las familias dan para una obra. El que diga que no, miente".

Esta eclosión temática en la escena argentina, corriente etiquetada como teatro de la desintegración, respondía a un reflejo a pequeña e íntima escala de la crisis que sufría el país latinoamericano. Como exponen en su ponencia La dramaturgia emergente en Buenos Aires: Nuevas estrategias de comunicación, las estudiosas Silvina Díaz y Adriana Libonatti, "la representación de la familia como metáfora de la sociedad -tanto si se trata de una intención reivindicadora del status quo o, como en este caso, desde una perspectiva crítica y cuestionadora de las instituciones- ha sido, y continúa siendo, uno de los tópicos mas frecuentados del teatro argentino". Y citan como ejemplo de esa profusa tradición obras como En familia (1905) de Florencio Sánchez, Las de Barranco (1908) de Gregorio de Laférrere, Stéfano (1928) de Armando Discépolo, Así es la vida (1934) de Arnaldo Malfatti y Nicolás de las Llanderas, o La Nona (1977) de Roberto Cossa.

LOS GRIEGOS, SIEMPRE, LOS GRIEGOS

Y es que la recreación dramatúrgica de la familia disfuncional no es algo inherente a este siglo. Sin ir más lejos, la trilogía de Esquilo La Orestíada, ya se recreaba en los desencuentros de la prole, con, entre otras guindas, un Orestes y su hermana Electra ansiosos de vengar a su padre asesinado, Agamenón, con la muerte de su madre, Clitemnestra, y su padrastro, Egisto.

Precisamente, a partir de los antecedentes del género en el teatro clásico, la joven dramaturga de Burgos María Velasco ha escrito una pieza llamada Manlet programada los días 17 y 24 de septiembre en la madrileña Nave 73.

Sus protagonistas son dos personajes de Hamlet, el príncipe de Dinamarca y Gertrudis "como representación de la Vieja Europa y de los que están atrapados en el mundo de las ideas y lo formal. La decadencia de un mundo que ya sólo produce parásitos. Jóvenes sin futuro ni capacidad de decisión, atados a la tecnología, a las tetas de sus madres y completamente desafectivizados con su entorno".

Y, por otro lado, Medea y Jasón "como representación de los bárbaros, de los que están instalados sólo en la acción, en el impulso, en lo irracional. Donde no hay ley, orden, fórmula ni protocolo. Donde la vida tiene otro valor y no existe La Declaración Universal de los Derechos Humanos".

Velasco no indaga en los hogares monoparentales o el matrimonio homosexual, no explora los nuevos modelos de familia, sino el paradigma tradicional. Manlet se remonta a los clásicos para reflexionar sobre la familia disfuncional desde los orígenes, desde las sociedades preilustradas, con el objetivo de pergeñar cómo serían sus avatares hoy en día. En palabras de la propia autora, Medea no deja de ser una "madre infanticida, una abortista que se sirve de los hijos como moneda de cambio", mientras que Hamlet sufre el síndrome de Edipo, "y si tarda en resolver la duda de la muerte de su padre es por el conflicto con su madre".

No es la única de sus obras permeadas por el hogar. Esta temporada, la dramaturga también estrena Líbrate de las cosas hermosas que te deseo en la Sala Cuarta Pared, de Madrid. El texto, el más biográfico de los que ha escrito, habla del vínculo con su padre. En concreto de cómo esa impronta masculina ha determinado sus relaciones personales y sexuales.

"Al final, la familia es equiparable no sólo a una herencia génetica, sino también a una herencia cultural que se transforma en una especie de predestinación para el individuo. Es difícil abstraerse de una educación y un contexto de hogar, la familia es una fuerza equiparable a un destino", concreta.

A ese respecto, Velasco cita a Juan Goytisolo, "quien afirmaba que ficcionar consiste en reconstruir tu propia novela familiar, en poner las cosas en su sitio, ver en qué ramita del arbol genealógico te sitúas y cómo actúas en relación a esa cosmología familiar".

La conclusión a la que la dramaturga llega tras repasar su trayectoria es que la familia es "una especie de lastre con el que el creador tiene que luchar, asumir y situar en su lugar".

También Angelica Liddell ha sondeado el hogar. En concreto, arremetido contra la figura de la madre. Ahí está Todo el cielo sobre la tierra (El síndrome de Wendy), donde la enfant terrible de la escena hace confluir Shangai, Neverland y la matanza de la isla noruega de Utoya, donde murieron tiroteados 69 jóvenes, para arremeter contra "el suplemento de dignidad" que confiere la maternidad. 

Y AHORA, ¿QUÉ HACEMOS CON LOS HIJOS?

La comedia De mutuo desacuerdo, programada en el Teatro Talía entre el 17 de septiembre y el 5 de octubre, aborda, en cambio, la articulación de la relación con los hijos tras la ruptura de la pareja. Toni Acosta e Iñaki Miramón suben a escena la custodia compartida. El montaje es obra de Fernando J. López, quien ha tratado de llevar a cabo "un retrato de las nuevas familias del siglo XXI en el que no hay ni buenos ni malos, tan sólo dos personajes que se equivocan y que intentan enmendar esos errores del mejor modo posible".

Su protagonista y coproductora destaca la seriedad dentro del género del humor con el que se aborda la realidad de los niños mochila. A la virtud de la crítica constructiva, Acosta añade la complejidad del personaje femenino. "A las mujeres todavía nos cuesta aceptar la custodia compartida, parece que se es menos madre por aceptarla. Se nos hace un mundo admitir que el padre tenga un 50% de responsabilidad. Y Fernando ha sabido hacer un personaje femenino fuerte, que quiere defender su profesión, su vocación y seguir trabajando aparte de ser madre".

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