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EL LENGUAJE DEL CINE

A propósito de
Llewyn Davis

La contracultura de los hermanos Coen

MANUEL DE LA FUENTE. 04/01/2014

VALENCIA. Decía Frank Zappa que la primera vez que escuchó la canción 'Like a Rolling Stone', se deprimió un poco. Pensó que, después de esa canción, no tendría nada que aportar al rock y que lo mejor que podía hacer era dedicarse a otra cosa. Aquella canción de Bob Dylan era un retrato crudísimo y sin contemplaciones que arremetía contra una sociedad instalada en la complacencia y el inmovilismo. Sin embargo, continuaba Zappa, la recepción de la canción no fue la deseada ya que el propio Dylan siguió por un camino diferente y se orientó hacia la música de cowboys en discos como el Blonde on Blonde, dejando de lado la vía apuntada en 'Like a Rolling Stone'. Es por eso que Zappa decidió seguir adelante en su búsqueda de una contracultura realmente contestataria y movilizadora.

Evidentemente, la historia oficial del rock siguió a Bob Dylan y no a Frank Zappa. Desde ese momento en que se publicó 'Like a Rolling Stone', 1965, la trayectoria de Dylan fue un síntoma de las características de la cultura popular hegemónica: respondona sólo en la superficie pero, en última instancia, tremendamente acomodaticia. Bob Dylan ha cambiado desde entonces de religión una y otra vez, se ha vuelto espiritual y místico, ha cantado ante el Papa, ha recibido premios del gobierno estadounidense y se ha convertido en un icono, en el estandarte de la disidencia oficial. El colmo llegaría con la película que le dedicó Martin Scorsese, No Direction Home, en la que los años 60 parecían el mundo Disney, lleno de jóvenes músicos con mucho talento y nada de drogas. Un broche de lujo para que Dylan completase la reescritura de su propia historia.

El legado de Dylan sigue siendo vastísimo y la música popular occidental no se puede concebir sin su labor de reelaboración de la tradición cultural de su país. Eso sí, entendiendo la música como un lenguaje cerrado, encerrado en un mundo de sonidos arqueológicos que no digan nada sobre el momento social, como una música que siempre parece tradicional, que siempre ha estado ahí. Estos ecos resuenan una y otra vez en la película de los hermanos Coen, A propósito de Llewyn Davis, donde se define la música folk como una música que nunca suena como algo novedoso.

Llewyn Davis se centra en la peripecia de los músicos que trataban de buscarse la vida en Nueva York a principios de los años 60. El protagonista es un músico (inspirado en Dave Van Ronk) que se mueve por los garitos de Greenwich Village mientras va gorroneando de sus amigos para dormir en los sofás de sus casas. Van Ronk es un buen tío, hasta el punto de que incluso se puede cepillar a la novia del colega una noche de esas que se queda en tu sofá, aparte de dejarla embarazada.

De gorroneo en gorroneo va tocando sus canciones poéticas mientras se burla y desprecia al resto de músicos. Cuando se sienta en un garito a ver cómo tocan sus amigos, no para de decir que son una porquería, que ahí debería estar triunfando él y no los demás. Una noche, incluso llega a gritarle puta a una chica que canta, soltándole que si ha llegado ahí es porque se ha liado con el dueño del bar.

Sí, Llewyn Davis es buen tío. Soberbio, gallito y demás, capaz de insultarte si le invitas a cenar, pero también un tipo con mucho mundo interior porque pone cara de afectado y serio cuando canta sus cancioncitas en las que se cree que está recitando a Shakespeare.

Por si fuera poco, no acepta que los demás le digan lo que tiene que hacer: hay un momento en el que viaja a Chicago para hablar con un productor. El productor escucha su canción coñazo y le dice que no triunfará y que, sin embargo, le ofrece formar parte de un trío (musical). Todo orgulloso, Llewyn Davis rechaza la oferta porque ese productor no entiende su arte y porque, qué narices, tampoco se está tan mal viviendo a costa de sus amigos y tirándote a sus novias en la bohemia de Greenwich Village. Vamos, como si a un indie cuarentón de hoy en día se le agregara un poco de sexo ocasional.

El clímax de la película llega cuando un tipo le pega una paliza a Llewyn Davis en un callejón. Es un momento emocionante, ya que al espectador le dan ganas de saltar a la pantalla y convertir la paliza en un linchamiento. Por si quedan dudas, los hermanos Coen deciden repetir la secuencia con la excusa del flashback, de modo que la satisfacción es doble. Porque Llewyn Davis es un perdedor pero eso no significa que la mirada de los Coen sea compasiva. Todo lo contrario, resulta distante, como conocedores que son de una cultura a la que ellos pertenecieron hace muchos años, antes de convertirse en superestrellas de todos los festivales cinematográficos del mundo.

Así, el personaje de Llewyn Davis se reconoce como una aportación más a esa galería de perdedores de un cine construido en torno a la idea de la codicia. La avaricia como motor de la humanidad es un tema que recorre las películas de los Coen dejando en el camino a grupetes de perdedores simpáticos, como el Nota de El gran Lebowski. No obstante, aquí no resulta nada simpático el músico folk gorrón y por eso hay un mayor distanciamiento, con el interés puesto en retratar una época, el invierno de 1960-1961, en el que la llegada de Dylan acabaría siendo un revulsivo del primer rock que estaba entonces en profunda crisis.

De este modo, la presencia de Dylan aparece como una luz en la película, como una silueta divina cantándole adiós (con la canción 'Farewell') a Llewyn y a una época que afortunadamente desaparece. De hecho, los Coen enfatizan que el éxito de Dylan no es casual, ya que él superó ese discurso de genios bohemios que se creen grandes poetas, para reírse de todos ellos. En cuanto pudo, les dio un corte de mangas y se retiró a hacer la música que le interesaba.

La lástima es que ese frenesí quedara interrumpido tan pronto, después del 'Like a Rolling Stone'. En contraste con esta luz que invade el local cuando canta Dylan, Llewyn Davis vuelve al invierno, al frío y a la nieve, a darle la brasa al próximo amigo que quiera escuchar su genialidad. Es el principio de la contracultura, de ese breve instante entre 1961 y 1965 en el que la presencia de Dylan y su éxito hicieron pensar en que de verdad los tiempos estaban cambiando.


Ficha técnica
A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis)
EE.UU., 2013, 105'
Directores: Joel y Ethan Coen
Intérpretes: Oscar Isaac, Carey Mulligan, John Goodman
Sinopsis: Llewyn Davis es el amigo que todos desean tener: te gorronea casa, comida y novia mientras te da la tabarra con sus cancioncitas y con lo genio que es. Un día un productor musical le da una oportunidad y él la rechaza, convencido de que su genialidad no cabe ni en mil millones de discos.

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3 comentarios

Simon escribió
08/01/2014 12:16

Es una película en la que no pasa nada: si el protagonista no estuviese ahí... no pasaría nada salvo las semillas que va esparciendo (qué mérito siendo como es conseguir pillar cacho!) Lenta, muy lenta. En ningún momento se empatiza con ningún personaje, quizás algunos por la distancia temporal, pero en general porque son raros: tanto los que le ayudan (¿Jin? ¿o era Jim?, como los que le rechazan (John Goodman) Efectivamente, la paliza es la catarsis de casi dos horas de tostón. Ni su música levanta el espectáculo, quizás por sus caras de estreñimiento y su pobre técnica al cantar. (Si, me he quedado a gusto)

jose escribió
07/01/2014 10:18

Con Jason Voorhees por ahí este tipo no habría llegado a la 3º escena.

05/01/2014 07:46

Buenos días: ¡gracias¡ no es necesario ver la película,de los anuncios en televisión sobre la promoción de la misma lo mas tierno era el.....gato que llevaba en una de las imágenes.- Atte Alejandro Pillado Marbella 2014

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