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LA PANTALLA GLOBAL

Prepárense para temblar: Vuelve Alejandro Amenábar

EDUARDO GUILLOT. 27/02/2015

VALENCIA. Nada menos que seis años han pasado desde Ágora, el último largometraje de Alejandro Amenábar, así que es lógico que su legión de seguidores comience a frotarse las manos ante la llegada de Regresión (Regression, 2015), una película que vuelve a estar rodada en inglés y cuenta con reparto internacional: Ethan Hawke, Emma Watson y David Thewlis protagonizan un film ambientado en Minnesota, en el año 1990.

Allí, el detective Bruce Kenner investiga el caso de la joven Angela, que acusa a su padre, John Gray, de cometer un crimen inconfesable. Cuando John, de forma inesperada y sin recordar lo sucedido, admite su culpa, el psicólogo Dr. Raines se incorpora al caso para ayudarle a revivir sus recuerdos reprimidos. Y lo que descubren desenmascara una siniestra conspiración.

Se trata de un thriller de intriga con sectas y abusos sexuales de por medio y una puesta en escena que juega con elementos típicos del cine de terror. Teniendo en cuenta que Telecinco está involucrada en la financiación, es cuestión de tiempo que comience el bombardeo mediático destinado a crear expectación ante una cinta que exhibe un diseño de producción netamente estadounidense, como pasa cada vez más a menudo con los trabajos de algunos directores españoles adscritos al llamado cine anónimo. Pero que nadie piense que Amenábar se ha pasado seis años dedicados únicamente a escribir Regresión. En 2013 tuvo incluso tiempo de dirigir Me encanta (I love it), un videoclip para Nancys Rubias que lleva casi cuatro millones y medio de visitas en internet.

MUCHO MIEDO

Así pues, toca prepararse para el chaparrón. Y más en un año en que no abundarán los estrenos españoles de altos vuelos, teniendo en cuenta las dificultades por las que atraviesa la industria. Desde ciertos sectores se verá a Amenábar como el salvador de la cuota de pantalla patria, aunque en otros han comenzado ya los temblores. Y no porque la película sea de género, sino porque el director nacido en Chile cuenta con un importante número de fans, pero también con un notorio grupo de detractores, a quienes sobran motivos para inhibirse de las alharacas que despierta cada una de sus películas, tratadas desde hace años como auténticos acontecimientos.

Probablemente, su opositor más ilustre sea el crítico Jordi Costa, que hizo coincidir el día del estreno de Ágora con el de la presentación de un comic book ilustrado por Darío Adanti y titulado Mis problemas con Amenábar (Glénat, 2009). Costa aseguraba entonces que Alejandro Amenábar es "el Anticristo del cine y el 11-S del arte", ya que se ha convertido en "la punta del iceberg" de un fenómeno colectivo basado en "la forja, consagración y propagación vírica de un modelo cinematográfico" que se sustenta en el "simulacro de talento". El desternillante tebeo se había ido publicando por entregas en la revista Mondo Brutto durante dos años, pero su aparición en formato álbum subrayó el hecho de que una de las voces más autorizadas de la crítica española no compartía la idea generalizada de que el cineasta era poco menos que uno de los grandes maestros de la historia del cine.

Costa comentó entonces: "Es un personaje producto de una construcción colectiva. La mayoría ha decidido que es un icono irreprochable. Y todo el mundo está de acuerdo en dos cosas: en que es un director de un genio irrefutable y, además, en que es muy buen chico. Amenábar es el fruto de un consenso global y total con el que no puedo estar más en desacuerdo. El gran mérito de Amenábar es ser un conjunto vacío. Uno en el que cada cual refleja lo que quiere. En el arte el consenso es algo que no tiene lugar. Eso está bien para los conflictos sociales. Pero del arte se espera que fascine a unos cuantos e irrite a otros. El consenso no es necesariamente un valor. Se ha convertido en un modelo para gente que ha venido después y que cree que ser algo neutro, inofensivo, es algo bueno".

Costa, y los demás detractores de Amenábar, tienen que luchar no solo contra ese carácter aséptico de su cine, sino contra la consideración general de que un director que logra éxito en la taquilla y premios internacionales tiene que ser bueno por definición. En caso contrario, Hollywood no se habría interesado por hacer un remake de Abre los ojos (1997). Que la versión americana fuera aún peor que la original (Vanilla Sky, Cameron Crowe, 2001) es un detalle sin importancia a ojos de un público (y un amplio sector de los medios) que se obnubila ante un Oscar, una gran estrella estadounidense o un diseño de producción espectacular, aunque solo sirva para envolver un pretencioso vacío.

ESCALERA HACIA EL CIELO

Como todas las buenas conspiraciones, la que ha convertido a Amenábar en un genio del cine es de alcance mundial, con un momento clave: La decisión de hacer su tercera película para el mercado global. Después de Abre los ojos, al director se le quedó pequeña España y se planteó Los otros (The Others, 2001) como una ambiciosa producción internacional, con Nicole Kidman como mascarón de proa.

Poco importaba que se tratara de una reescritura más o menos disimulada de Suspense (The Innocents, Jack Clayton, 1961), o que la mirada de Amenábar sobre el género no tuviera en cuenta los cuarenta años transcurridos entre ambas (ni rastro de lectura irónica, de autoconsciencia o de distanciada perspectiva crítica). Se trataba de un mero ejercicio de estilo en el que no faltaba ni un solo tópico. Y, por supuesto, funcionó. ¿No le funcionan los retruécanos a M. Night Shyamalan? Pues él no iba a ser menos. Y lo peor estaba por llegar.

Porque lo peor fue Mar adentro (2004), la película basada en la vida de Ramón Sampedro. Un telefilme lacrimógeno de qualité, pese a que la monstruosa campaña promocional que se orquestó a su alrededor y los premios nacionales e internacionales impidieron sistemáticamente que los árboles permitieran ver el bosque. Sólo algunas tímidas voces críticas, como las de Ángel Sala (Director del Festival de Sitges), que incluso se quejó de la imposibilidad de decir alto y claro que la película no era de su agrado, o el escritor Manuel Hidalgo (en el diario El Mundo) manifestaron públicamente su condición de no alineados con el pensamiento único.

Hidalgo recordaba, por ejemplo, que Ramón Sampedro debía defecar todos los días y alguien tendría que limpiarle el culo, pero el filme prefería (en una opción cobarde, pero legítima, por supuesto) ahorrarnos pasar por ese trago y presentarnos a un tetrapléjico idealizado. Con algún arranque de mal humor, sí, pero con una maravillosa filosofía de vida (¡De vida! ¡Irónico!), todo un conquistador (las mujeres caen como moscas a sus pies), sensible poeta y sabio consejero de grandes y pequeños. El espectador se acaba preguntando por qué se quiere morir este hombre, pero Amenábar le escamotea las respuestas, mientras envuelve con las edulcoradas melodías de Carlos Núñez los imaginarios vuelos rasantes de Javier Bardem por los prados gallegos. Lirismo barato y sentimentalismo ramplón que, por supuesto, llegaron a los corazones de la lacrimógena Academia de Hollywood.

Ese mismo año, a Clint Eastwood le habían bastado menos de diez minutos para elaborar un discurso sobre la eutanasia mucho más poderoso y sin coartadas de ninguna clase en Million Dollar Baby (2004), que también obtuvo recompensa en forma de estatuilla en una ceremonia que se convirtió en el trampolín definitivo de Amenábar, preparado para la llegada de ese momento desde mucho tiempo atrás, concretamente desde que logró encandilar a propios y extraños con Tesis (1996), una torpe (y, ya entonces, pretenciosa) película en la que el personaje interpretado por Xabier Elorriaga decía: "¿Qué es el cine? Es dinero. Ahí fuera está la industria norteamericana dispuesta a pisotearos, y solo hay un modo de competir con ellos: Dar al público lo que quiere". ¿Lo tenía o no lo tenía claro Amenábar?

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