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Calendarios, un falso tópico

ÁNGEL MEDINA. 11/01/2014 "El ser humano es experto en su autodestrucción, en avanzar contra sus propios intereses y la idea del calendario persiste a través de la historia..."

VALENCIA. Desde hace muchos años nos vienen engañando los estadísticos diciéndonos que la esperanza de vida está aumentando con el transcurso del tiempo. ¡Falso! Hace muchos miles de años se vivía más y por supuesto mejor y demostraré que cada vez la vida es más corta, o al menos, lo parece.

Alguien la jodió cuando empezó a contar los días pintando palitos en la pared de la cueva, como demuestran los dibujos paleolíticos de entre 35.000 y 20.000 años de antigüedad que parecen seguir una especie de almanaque.

Hasta ese momento los seres humanos, o humanoides, pasaban el tiempo sin darse cuenta del transcurso del mismo. Seguramente comían y bebían cuando tenían hambre, defecaban cuando sentían necesidad, se limpiaban los ojos cuando las legañas les molestaban, dormían si tenían sueño, despertaban de vez en cuando y el apareamiento lo consumaban cuantas veces las circunstancias eran favorables.

Y el tiempo en el que uno permanecía en la tierra era largo, larguísimo. Se hacía casi infinito. Ratos y ratos de aburrimiento, sin nada que hacer, sin ningún plan...

Hasta que, como digo, se le ocurrió a uno de ellos lo de los palitos e inició el calendario. Seguramente fijándose en el día y la noche: cada vez que salía el sol, palito. El ciclo diurno, el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta sobre su eje, con sus periodos respectivos de luz y oscuridad marca la vida de prácticamente todos los seres vivos y fue, pienso, el primer motivo de establecer una marca, una señal, una delimitación del tiempo

Alguna hembra se dio cuenta de que cada cierto tiempo sangraba y que coincidía con una fase concreta de la luna. Contó los palitos que había entre una y otra alteración vital y descubrió el mes.

También aparecería poco después el año, relacionado con las cuatro estaciones y la vida de las plantas (es, como todos sabemos, el tiempo que tarda nuestro planeta en dar una vuelta completa alrededor del sol). La agricultura fue la causante de esta nueva medida del espacio temporal.

Y, por si fuera poco, algún vago, malnacido, crea y registra la semana. Que es un periodo de tiempo absurdo, que no tiene nada ver con la astronomía, ni con la vida del universo. La única explicación posible es que se introdujera en las normas sociales con el propósito de disfrutar de un día de descanso tras unas pocas jornadas laborables.

Días, semanas, meses, años... Cada vez más pautas, mas normas, más medidas, más encasillamientos, más constricciones, más controles... Con lo que se ha ido pasando de la laxitud, la paz y el equilibrio a las prisas, al estrés y las depresiones, obviando que la felicidad se da en los seres (niños y ancianos), que no se dan cuenta del paso del tiempo.

Pero el ser humano es experto en su autodestrucción, en avanzar contra sus propios intereses y la idea del calendario persiste a través de la historia.

El primero parece que fue el que estableció Rómulo, fundador de la "Ciudad Eterna", tenía diez meses de treinta o treintaiún días, luego vino el de Numa Pompilio, que complicó la cosa con meses de veintiocho y veintinueve días, además de los de treinta. Luego se instauró el Juliano y finalmente apareció el Gregoriano, vigente hoy día, que ajusta casi al límite los días con las estaciones. Aun así hay una pequeña diferencia de 11 minutos al año que se convierte en un día entero cada 130 años. Pecata minuta.

Pero ¿qué interés hay tan grande para que tengamos nuestra existencia tan banal controlada segundo a segundo? No hay explicación posible, salvo el tenernos siempre en un ¡ay! por culpa del reloj y que no pensemos en disfrutar realmente de nuestra existencia.

Así que para que nuestra estancia en el mundo nos parezca interminable, para ser realmente dueños de nuestras vidas y disfrutar felizmente de nuestros días, no hay más remedio que destruir todas las cosas que nos obligan a depender del tiempo.

Hay que deshacerse del reloj, del móvil, la tableta y el ordenador, el coche, la tele y cualquier objeto que marque el paso de las horas; hay que olvidarse de los cumpleaños que nos recuerdan el camino al ocaso; no pedir nunca un préstamo al banco, que se ha de devolver en unos plazos y nos marcan los tiempos; no seguir las series de televisión que nos obligan a estar pendientes de la fecha y hora de las emisiones. Y muchas otras cosas que cada uno debe descubrir y poner en práctica por su propio beneficio.

Me permitiré, como última recomendación y hecho anecdótico y para que los días no se nos pasen volando, prescindir de los juegos de azar: el lunes bonoloto, el martes primitiva, el miércoles euromillón, el jueves no sé qué... el domingo quiniela, turf, lotería.

Y así se nos pasan sin darnos cuenta los días, las semanas, los meses, los años, la vida... jugando, en un suspiro, por culpa del cabrón de los palitos.

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