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HISTORIAS DE ANTICUARIO

Chinos

JOAQUÍN GUZMÁN. 08/08/2015 Nunca se sabe cuánto puede valer ese cuenco con caracteres chinos, que ya andaba estorbando por casa de la abuela, y que no le han dado mejor utilidad que plantar un geranio

"La pintura en China es una filosofía en acción; es vista como una práctica sagrada, porque su objetivo es nada menos que la realización total del hombre, incluyendo su parte más inconsciente"

François Cheng

VALENCIA. Son las ocho en punto de una límpida y gélida mañana de febrero, de hace poco menos de una década, en el recinto ferial de una conocida ciudad de la Provenza. El mítico Mont Ventoux se divisa a la perfección. Sopla un duro mistral que se clava en los huesos. Varios centenares de profesionales del arte y las antigüedades venidos de medio mundo aguardan pacientemente a que suene la bocina que anuncia la apertura. De entre el gentío hay un grupo especialmente impaciente. Con el bocinazo inician una carrera  como si de un concurso televisivo se tratara. Son todos orientales. Equipados con potentes lupas retroilumindadas con leds se desplazan de un puesto a otro a la carrera. Hace más de una década brillaban por su ausencia.

La pujante economía del sureste asiático, y la entrada de China en el capitalismo con mayúsculas, ha hecho incrementarse la demanda de antigüedades preferentemente chinas de manera exponencial. El largo período comunista y en especial la revolución cultural de Mao, ha sido un una época oscura para las manifestaciones artísticas y el ornato, y tras cinco siglos de exportación de millones de piezas a occidente, es hora de recuperar el imponente legado desperdigado por el mundo. "Estoy orgulloso de traer de vuelta a China este histórico tapiz del siglo XV que se conservará en el museo en los años venideros", manifestó en noviembre de 2014 el millonario chino Liu Yiqian, taxista que invirtió sus ahorros en el mercado de valores, tras adquirir por 45 millones de dólares un tapiz de 3 metros de alto de la dinastía Ming, considerado hasta la fecha la pieza de arte asiático más cara jamás vendida y desbancando a la Chicken bowl, pequeña pieza en porcelana por la que el mismo comprador pagó 36 millones de dólares. El dinero no es problema, la pieza es la cuestión.

El fenómeno más relevante en los últimos años en el mundo del arte y las antigüedades es la irrupción del gigante asiático. Hace más de doscientos años ya Napoleón Bonaparte pronosticó que cuando China despertase, el mundo temblaría. Los medios de comunicación se vienen haciendo eco de adjudicaciones en las subastas difícilmente explicables por el común de los mortales. Los precios alcanzados asombran, pero realmente lo más intrigante es que en muchas ocasiones desconocemos cual es la pieza que va a dar el campanazo de la sesión, y las casas de subastas que han podido permitírselo, han tenido que contratar especialistas en arte asiático y evitar dar el mayor número de palos de ciego.

Aun así las estimaciones en muchos casos quedan en aguas de borrajas. En noviembre de 2014, salió en Italia la venta un jarrón Quianlong, del siglo XVIII, por 15.000 euros, resonando el golpe de martillo cuando el subastador pronunciaba la cifra de 7,5 millones. No hay que irse muy lejos para escuchar historias sorprendentes. Recientemente me contaron la historia de una pieza, concretamente un Buda, que provenía de una casa de la provincia de Valencia. La estimación inicial no superaba los cuatro o cinco mil euros. La pieza salió a pujas en una conocida casa de Barcelona frecuentada por público asiático, con bastante más pena que gloria, siendo devuelta al almacén sin que interesara a nadie. Se hablaba de una copia fuera de época. Tras varias vicisitudes fue adquirida por una cantidad modesta, ya fuera de subasta.

Alguien tenía la mosca detrás de la oreja. La pieza terminó su periplo en París, siendo subastada, de nuevo, pero en esta ocasión en una prestigiosa casa de renombre internacional, adjudicándose por más de dos  millones de euros. Sin llegar a tales cifras, recuerdo haber vivido en directo subastas de piezas cuyo valor de estimación se multiplicaba veinte o treinta veces, sin todavía saber la razón de ello.

Mi primer cliente chino fue un venerable anciano. Había hecho cierta fortuna con los rollitos primavera y el arroz tres delicias, en aquella época en que ir a comer "a un chino" era una experiencia envuelta de exotismo. Compró un par de tibores que a regañadientes acepté de un cliente, en depósito, por hacerle favor. Mi afinidad con el arte oriental por aquel entonces era escasa y además eran piezas de calidad cuestionable y abiertamente kisch. Se las llevé personalmente a su casa de Puerto de Sagunto porque insistía, en su imposible castellano, en enseñarme su colección. Para mi asombro el hombrecillo acumulaba miles de piezas de toda clase de dudoso gusto, la gran mayoría solo podían aspirar a decorar restaurantes con nombres tales como Mundo Feliz o Muralla Eterna. Estaba claro que, aunque él pensaba lo contrario, lo ignoraba casi todo sobre el auténtico arte oriental.

Desde aquella primera visita se han sucedido las de otros que periódicamente se asoman sigilosamente por la puerta para preguntar ¿algo nuevo chino?, hasta el punto de constituir un nutrido grupo de ojeadores conocidos por el gremio. Rastreadores con escaso conocimiento de ese mundo, que se sirven de sus móviles para hacer fotografías y enviarlas a lugares remotos donde hay alguien que les da, o no, el ok. Como la comunicación oral se sitúa en esa franja entre lo complicado y lo imposible, es mejor quejarlos a solas con la pieza para que la escruten por todos sus recovecos. El comprador chino no se caracteriza por la seguridad y la confianza.

 

Ningún precio le parece adecuado y luchará hasta el último céntimo. Siempre surgirán pegas, desprecia la pieza (a la vez que manifiesta vivamente su interés) y todo es muy caro "porque no sabemos". Una pequeña debacle se produce cuando el precio de la pieza es de inmediato aceptado por el comprador, cosa poco habitual, puesto que al vendedor le invade un sentimiento propio del cazador cazado.

La belleza del arte oriental es algo incuestionable pero cosa bien distinta es traducir la belleza en valor económico. Quien me iba a decir hace pocos años que términos como Celadón, Qianlong, Kangxi o Song  me iban a resultar familiares. Las firmas o sellos estampados en la base de las piezas en el caso de la porcelana son un mundo vedado para la gran mayoría de los occidentales, e incluso de los asiáticos, y en muchas ocasiones la clave del valor se halla en esos caracteres intraducibles (que no letras). Se trata de un mundo en gran parte vedado que muy poco a poco vamos descifrando.

Hará cosa de quince años ayudé a mi padre a hacer una tasación en una casa noble del barrio de la Xerea perteneciente a una familia de abolengo de Valencia. Se debían hacer lotes para repartir una herencia. Era una de las últimas casas en la ciudad con una distribución de la decoración propia del siglo XIX, hasta el punto de que todavía conservaba una "habitación china", decorada en ese estilo, de acuerdo con  una moda iniciada a mediados del siglo XVIII. Desde el Renacimiento el arte oriental ha fascinado en occidente y miles de piezas de todas las calidades imaginables han ocupado vitrinas y salones de castillos y mansiones  del viejo continente y más recientemente de países como EEUU. Salvo el caso de los coleccionistas y museos, muchas de estas obras han venido acumulando polvo y, de alguna forma han menospreciadas con el cambio de tendencias decorativas, siendo relegadas a desvanes, malvendidas en grandes lotes o regaladas. Razones por las que un valioso Buda de la época Ming puede aparecer en el lugar más insospechado.

Así que, ya lo saben, recuerden ese cuenco con caracteres chinos, que ya andaba estorbando por casa de la abuela, y que no le han dado mejor utilidad que plantar un geranio, nunca se sabe qué pueden tener en casa.

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