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Miércoles 23 junio 2021
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ESTUDIO DE ESCRITORES EN JULIO

Fernando Delgado Un mar de naranjos

M. DOMÍNGUEZ / FOTOS: J. CÍSCAR. 12/07/2015

VALENCIA. «Mi ecosistema literario anda por los suelos, porque he tenido diversas bibliotecas, que nunca he acabado de reunir», me advierte enseguida Fernando Delgado, en la puerta de su casa. Hemos aparcado en la plaza del pueblo, frente al sobrio y elegante palacio gótico de los condes de Faura. La Villa de Faura es un pueblo pequeño, silencioso, rodeado de naranjos, con las casas construidas con la piedra arenisca roja del terreno. La casona de Fernando Delgado se halla ligeramente apartada del casco urbano: antiguamente fue una casa solariega de labranza, que el periodista ha reformado por completo. Pero aún mantiene la amplia entrada del carro y al fondo, en lo que sería el corral, hay un jardín y una piscina.

Sentados en un porche, de cara a aquel hortus conclusus, con palmeras, olivos y níscalos, Fernando me explica los motivos por los que se instaló en aquel lugar, a priori tan apartado de los itinerarios artísticos y literarios. «Cuando vivía en Madrid, necesitaba ver el mar. Y el de las islas Canarias quedaba un poco lejos... Por eso, siempre que podía me alquilaba un apartamento en Canet, en la playa de Almardà. Trabajaba los fines de semana, y entre semana me venía aquí... Cuando gané el premio Planeta, decidí instalarme de manera definitiva. Y me alejé un poco de la playa, para proteger los libros del efecto del mar».

Han pasado ya veinte años de aquello. Allí vive con su pareja, y con un par de perros que nos acompañan durante la entrevista: un labrador, de nombre Lucas (a quien Fernando le dedicó un texto: Me llamo Lucas y no soy perro) y una perra galgo, que responde al nombre de Fara. «Siempre pasa lo mismo: hay días que no recibo ni una sola llamada y otros que en cambio... Desde que he sido elegido diputado, me surgen todo tipo de compromisos».

Le pregunto qué le ha animado a dar aquel paso, a alejarse de su angulus ridet y enfrentarse al mundanal ruido político. «He cumplido 67 años. No tengo ambición política; sería patético si la tuviese. En cambio, creo que puedo aportar mis conocimientos, que pueden ser útiles, sobre todo para este nuevo momento político, que me parece tan interesante... Se lo advertí a Ximo Puig: ‘no se te ocurra pensar en mí para ningún cargo. En cambio, sí que puedo asesorarte, por ejemplo, en el tema de Canal 9. No sé qué es lo que hay que hacer; ¡pero sé muy bien qué es lo que no hay que hacer!'».

(Lea el artículo completo en el número de julio de la revista Plaza)

 

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