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SOSLAYADOS EN SU TIERRA

La dificultad para
ser profeta en Valencia

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA. 13/06/2015 Diego García 'El Twanguero' y Alfonso Ródenas encarnan el éxito gestado fuera de nuestras fronteras. Se curtieron en Valencia, pero triunfaron en el extranjero
El Twangero y Alfonso Ródenas.

VALENCIA. A estas alturas, no debe ser un secreto para nadie aquello de lo difícil que es ser profeta en la tierra propia. Sobre todo cuando ésta es Valencia. El listado de nombres que han gozado siempre de un mayor predicamento fueras de las fronteras de la Comunitat es enorme. Conformado por profesionales que con frecuencia son más valorados en su lugar de destino, y que han tenido que labrarse un crédito y una reputación en centros de decisión bastante más agradecidos. Cineastas, actores, escritores, periodistas o gestores culturales de toda índole.

Sobran los ejemplos, y todos tenemos algunos de esos nombre en mente. Habría que discernir si es tanto un problema de infraestructura (que también) como de escaso aprecio por el valioso capital humano que nuestro terruño alberga, y que se concreta en prejuicios de diversa naturaleza. O también de poca altura de miras, en muchos casos.

Como es fácil suponer, la música pop tampoco podía ser una excepción. Y aunque son muchos los que han emigrado como primer paso para tratar de abrirse un camino que, pese al éxodo, sigue repleto de nubarrones, hay una diminuta minoría de profesionales del sector que han conseguido que sus servicios sean no solo más demandados, sino que su trabajo sea reconocido por la plana mayor del gremio e incluso por la propia industria.

Los dos nombres que ejemplifican la viabilidad laboral de esa peregrinación, realzada por un calado incluso internacional, son Diego García "El Twanguero" y Alfonso Ródenas. Y curiosamente (o no, según se mire, porque entraríamos más en el terreno de las causalidades que de las casualidades) a ambos les une una muy buena amistad.

El 'Twanguero' (Foto: Aitor  Rioja).

De hecho, Diego se alojó en casa de Alfonso en Los Ángeles recientemente, para grabar un material que posiblemente tenga salida el año próximo. El primero es valenciano. El segundo es manchego, pero pasó algo más que su etapa formativa como músico (de los 18 años a los 37) en la ciudad de Valencia, con lo que se considera prácticamente un valenciano de adopción.

Diego se curtió en bandas como Rock 'n' Bordes o Gallopin' Guitars, entre finales de los 80 y principios de los 90, antes de marcharse a Madrid hace ya 20 años. Fue entonces cuando comenzó a colaborar con músicos como Nacho Campillo, Jaime Urrutia, Juan Perro o Manolo Tena. Un todo terreno, en esencia. Luce en su currículum un Grammy latino y una nominación a los Premios Goya, y sus últimos discos como El Twanguero (por el clásico sonido twang de su guitarra) son hoy en día una referencia indispensable en esa música fronteriza que se alimenta del blues, el ragtime, el swing, el country, el rock and roll y toda clase de sonoridades latinas. En los últimos, ha tenido una importancia determinante su periplo por Nueva York, Argentina y México. Pachuco (Warner, 2015), recién editado, es su brillante último retoño.

Alfonso, por su parte, fue fraguando su reputación como músico local en bandas como Vitamina Vil, también en el tránsito de los 80 a los 90, para más tarde pasar a formar parte como ingeniero de sonido de la plantilla de los estudios Tabalet (Alboraia). Desde que decidió probar suerte en EEUU, todo han sido alegrías: dos Grammy por su trabajo en el estudio para discos de Los Tigres del Norte, y abundantes encargos. También lidera hoy día The Blue Dolphins, un proyecto de resonancia más modesta, junto a su pareja, la británica Victoria Scott.

EL ÉXODO COMO PEAJE

Ambos volverían a hacerlo. Volverían a marcharse. Porque tienen claro que la progresión pasa ineludiblemente por la mudanza. "Valencia es una ciudad muy musical, pero es en cierto modo pequeña, y en un momento te crees que ya lo has visto todo", nos cuenta Diego García, quien abunda en la idea de que "viajar es un buen antídoto para curarte de muchos males", motivo por el cual se marchó a Madrid a mediados de los 90, como primera fase de su largo periplo. Asume que entonces "el 90% de las grabaciones se hacían allí, que es por donde pasaban los músicos cubanos, argentinos, mexicanos, y todo era más profesional".

La decisión de Alfonso Ródenas, que fue bastante más radical (directamente a California desde Valencia), estuvo motivada por "el peso de una serie de circunstancias que me estaban haciendo la vida totalmente insoportable en esos momentos: hartazgo y aburrimiento después de 20 años en una ciudad en la que nunca pasó mucho y que nunca me dio mucho, además de una relación sentimental tormentosa y destructiva de 7 años a la que no sabía como poner punto y final".

Todo ello le llevó a probar suerte al otro lado del charco, tras constatar "una situación profesional en la que había tocado techo hacía tiempo, trabajando en un estudio dirigido por gente muy corta de miras y que no estaba por la labor de invertir en nuevas propuestas o postulados musicales". En resumen, se cansó de perder "el tiempo porque yo valía para algo más que para grabar dulzainas, anuncios de Nenuco o grupos que ya querían grabar discos antes de aprender a tocar, así que me cogí de la solapa y de manera ingenua me arrojé a está vorágine de ciudad que es Los Ángeles".

Si Los Ángeles fue Eldorado particular de Rodénas, Nueva York fue la tierra prometida de Diego García, como segunda de sus paradas determinantes tras unos años en Madrid: "Allí estaban todos aquellos a quienes queríamos imitar: ese sonido de guitarra de raíces". El particular tremolo de la guitarra mestiza de El Twanguero no se entendería sin esta estancia en la gran metrópolis de la costa este americana. Pero tampoco sin el año y medio que pasó más tarde viviendo en Buenos Aires.

Otro destino determinante en su forma de entender la música: "Tengo el toque latino ya de por sí, por haber tocado con gente como Calamaro, Fito Páez, Bunbury, El Cigala o Santiago Auserón, acercándome al tango, el bolero o a la milonga, y ese choque entre la tradición yanqui y la de América Latina lo he notado", comenta, y añade que "no solo por Buenos Aires, sino porque he estado diez años viajando por el continente". Su último disco, de hecho, surge de una larga estancia en México DF. "Son influencias que surgen viviéndolas allí, en esos lugares y de forma natural, no es que me levante un día y diga: ¡voy a hacer un disco de boleros!, no funciona así".  

LOS PREMIOS

Tanto Diego García "El Twanguero" como Alfonso Ródenas comparten el reconocimiento de la industria en forma de premios. Diego tiene obtuvo una nominación a los Goya de 2010 por In The Lap of the Mountain, un tema incluido en la banda sonora de la pelídula Buried (Rodrigo Cortés), y ganó un Grammy latino por su trabajo de producción junto a Diego el Cigala en el disco Romance de la Luna Tucumana. Alfonso cuenta en su haber con dos Grammies de los convencionales, los de la industria anglosajona, que siempre acarrean una mayor resonancia.  Ambos por su trabajo de producción para Los Tigres del Norte, en 2009 y 2010.

Los dos músicos valoran el influjo de esos galardones, pero al mismo tiempo lo relativizan. "Es un reconocimiento que revela que estamos haciendo las cosas bien, y siempre es de agradecer, y en el caso del Grammy a mi me ha ayudado mucho a tocar con otros músicos", reconoce Diego García, quien al mismo tiempo hace gala de una fidelidad a sus hábitos de trabajo que ningún premio va a cambiar, asumiendo que "hay que aprovecharlo si te puede abrir puertas, pero yo estoy todo el año trabajando en el siguiente disco, dedicando mucho tiempo al trabajo de estudio, y es verdad que los Grammy te sitúan en el mapa, pero hay que seguir trabajando a muerte".

Ródenas nos cuenta al respecto que vive "de espaldas a la industria musical de esta ciudad, que es y fue su centro indiscutible a nivel mundial, desde hace tiempo, ya que trato de elegir muy bien cuándo y para quién trabajo y no me interesa para nada la rat race de estudios, sesiones y autopista  arriba y autopista abajo".

No obstante, no puede negar la cómoda sensación de que puede vivir así "gracias a los dos Grammys que me gané: no deja de sorprenderme el enorme respeto que ejercen en la gente de la industria a todos niveles, aquí tener un Grammy, sea en lo que sea, es lo más de lo más, como que ya perteneces al Olimpo de los elegidos, como que ya te puedes retirar".

De hecho, aunque le daba algo de reparo en un principio, ahora no tiene el menor recato en "quitarles el polvo todos los días, porque antes los tenía en casa ahí casi escondidos en un rincón, y ahora los tengo en mi mesa de trabajo, ¡qué cojones!".

VALENCIA DESDE LA DISTANCIA

La terreta vista a kilómetros y años de distancia. He ahí la cuestión. "Creo que hay una evolución en varias direcciones, con el mainstream convertido en la música indie. Pero es verdad que desde La Habitación Roja, que empezaron cuando yo aún estaba en Valencia, no han trascendido muchos grupos", esgrime Diego García. Matiza la valoración comentando que "no sé si a nivel de una música más académica, como es el caso de la Berklee School, se ha adelantado algo...desde luego, si algo tengo claro es que las instituciones no han ayudado en nada". ¿Algún ejemplo?: "Muchos amigos míos de la escena jazz de Valencia se han tenido que ir a Barcelona o a Madrid para desarrollar sus aspiraciones profesionales, y es algo que ocurre desde hace años".

Algo más optimistas resuenan las palabras de Alfonso Ródenas respecto al estado de salud actual de la música hecha en Valencia: "Cuando yo me fui la ciudad estaba en ciernes, a punto ya de la enorme eclosión creativa y de grupos que se ha venido dando en esta ultima década, y que ya estaba pasando a principios de los 2000", recuerda.  Y cree que la razón reside en que "la gente se fue quitando el traje de la mediocridad y la ropa sucia interior y acomplejada y después de haber asimilado a todos los niveles lo que se venía haciendo musicalmente en otras partes del mundo, se lanzó a por ello sin miramientos".

Echando la vista atrás, no puede evitar ver las cosas con otro color: "En mi época de Vitamina Vil, finales de los ochenta, principios de los noventa, y por más que algunos digan, esta ciudad era un desierto musical, era la ciudad del bacalao y los bacalaeros y su famosa ruta, que Dios los tenga en su gloria allá donde estén, porque no era una ciudad de rock'n' roll, desgraciadamente".

PRESENTE Y FUTURO

El Twanguero está implicado de lleno en la promoción del estupendo Pachuco (Warner, 2015), un disco prendado de sonoridades que remiten a la comunidad mexicana que puebla el sur de los EEUU. Y que sustancia su larga estancia en México, compartiendo parte de la filosofía que alumbró el magistral Chavez Ravine (Nonsesuch, 2005), el disco que Ry Cooder compuso evocando  las tribulaciones de la comunidad latina de Los Ángeles a mediados del siglo XX.

Así que resulta pertinente consultarle por si trabajos como ese le han servido como marco  de referencia: "Lo es, sin duda, pero no solo por aquel disco, sino porque Cooder es uno de los primeros que empieza a hacer esas fusiones, yéndose a Cuba, África o India, pero creo que mi Pachuco es un poco más amplio, porque se refiere a la poética y la historia visual del pachuco como latino en los EEUU, mezclando la música norteamericana con los ritmos suramericanos". Espera traerlo a Valencia en cuanto pase el verano, seguramente en septiembre, en una sala aún por determinar.  

Por su parte, Alfonso Ródenas sigue también con su trabajo de producción e ingeniería de sonido en  los estudios de los que dispone en su propia casa, en medio del árido paisaje californiano, y está trabajando en la difusión de Come On! (2014) y el posterior EP Walking in the Sun (2015).

Canciones que estuvieron rodando por nuestros escenarios durante el verano pasado, y sobre cuyo contenido afirma ya estar sonando "en cerca de 300 emisoras independientes de college and public radio por todo el país". Se muestra ilusionado, porque "la gente está empezando a hacerse con el nombre del grupo, y es difícil hacerse un hueco en la escena musical americana".

Ambos, Diego y Alfonso, García y Ródenas, tienen muy claro que su futuro seguirá pasando por latitudes muy lejanas a aquellas en las que fueron velando armas como integrantes del gremio. Y la inherente morriña nunca podrá tumbar ese palmario-y a veces muy agridulce- convencimiento.

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