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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Los Rolling Stones de cerca

RAFA CERVERA. 07/06/2015 Entrevistar a sus satánicas majestades es toda una experiencia. Lección número uno: hay que saber esperar... y a cada uno por separado

VALENCIA. Nací en 1963, y eso implica que me perdí a Elvis, los Beatles y por supuesto, la era gloriosa de los Stones. Sin embargo, cuando estos llamaron a mi puerta siendo yo adolescente, no me costó trabajo dejarles entrar en mi vida. Mi iniciación musical fue con Lou Reed, Patti Smith, el punk y muchos otros nombres, casi todos ellos nuevos en aquel momento. La música pop está hecha para el aquí y el ahora y en 1977, los años 60 ya eran el pasado.

El llanto por la desaparición de los Beatles siete años después de su defunción parecía no tener fin, Dylan se me antojaba demasiado árido y el rock de las Costa Oeste no tenía nada que ver conmigo. Para mí, los 60 eran Velvet Underground en Nueva York y The Doors en Los Ángeles. Hasta que me dejé llevar a Londres de la mano de los Stones, que me parecían perversos -algo que nunca pude decir de los Beatles-, peligrosos y punks antes de que el punk existiera.

Fui internándome en su historia, yendo más allá de Satisfaction y Angie, explorando álbumes como Aftermath y Sticky fingers, aplaudiéndoles también cuando se hicieron discotequeros con Miss you. Así hasta que empezaron a hacer discos coyunturales y el interés y la atracción pasaron a ser mera simpatía, una cuestión de cariño y lealtad. 

¿QUIERES ENTREVISTAR A LOS STONES?

Bien entrada ya esa etapa de su carrera, en el verano de 1998, los Stones sacaron disco, Babylon bridges, y se anunció que la inevitable gira pasaría por nuestro país. Su discográfica española solo tenía concedida una entrevista promocional con el grupo, así que optaron por realizarla por su cuenta y distribuirla después a los medios oportunos. La entrevista era para televisión y tendría lugar en Milán, en una de las paradas del tour. El equipo técnico, cámara y operador de sonido, se contrataba allí. Lo único que faltaba era un periodista que condujera la entrevista.

Entonces sucedió una de esas cosas en las que nunca piensas y que un día, simplemente, ocurren. Sonó el teléfono. Y cuando escuché que me ofrecían entrevistar a los Stones dije que "sí" sin detenerme a preguntar las condiciones.

Lo primero que aprendí es que entrevistar a los Rolling Stones significa esperar. Eso lo supe tomando cafés y refrescos que debían costar un ojo de la cara en la cafetería del Hotel Principe di Saboya, donde se alojaban el grupo y un servidor de ustedes. Allí pasé un buen rato, repasando preguntas y, cuando ya estaba harto de repasarlas, dotoreando lo que hacían Donatella Versace y Marisa Berenson, sentadas no muy lejos de mí.

Las entrevistas iban a ser individuales, y puesto que cada stone tiene su propio mánager y su propio agente de prensa, alguien de la discográfica coordinaba los tiempos según la disponibilidad de los cuatro. Cuando parecía que todo iba a empezar subimos a la suite donde estaba montada la cámara, solo para seguir esperando a que alguien nos dijera si al final venía un stone o qué.

Avisaron de que Mick Jagger no comparecería por una faringitis -la actuación en Milán acabó suspendiéndose y también un pequeño tramo de la gira, que incluía España-. Luego dijeron que Mr. Wood aparecería a tal hora después del partido del Mundial que quería ver, y al rato otra asistente dijo que no, que primero aparecería Keith Richards porque después tenía que hacer nosequé.

EL BUENO, EL FEO Y EL CARDO

Total, que el primero en sentarse ante la cámara fue Charlie Watts, que respondió a las preguntas sin el más mínimo interés -a veces pasa eso, coges al entrevistado en un mal día o simplemente, la química es nula- y se comportó de una manera algo displicente. Charlie Watts suele tener cara de estar perpetuamente enfadado; si además está enfadado de verdad, entonces puede hacerte sudar tinta.

Al menos tuvo a bien firmarme el libreto del CD de su último disco. No fue la mejor manera de empezar la primera experiencia periodística con los Rolling Stones. A veces las cosas son así.

Al rato apareció Ron Wood. Tenía el aspecto de un profesional de la juerga, el de alguien acostumbrado a estar de parranda hasta las tantas, que se  despierta a la hora del té y, en lugar de tomar el té, se bebe un par de pintas y encima está como una rosa.

Wood estuvo simpatiquísimo, locuaz y comunicativo, habló por los codos, que es lo que un entrevistador desea siempre que haga el entrevistado. Tras su marcha, otro parón, que terminó cuando apareció en la sala el guardaespaldas de Keith Richards, uno de esos tipos a los que es mejor no pisar por error en un baile.

Tener delante de ti a Keith Richards produce un efecto que quienes hemos convertido la pasión por la música en nuestro trabajo reconocemos de inmediato. Es un tipo encantador, da la sensación de que todo le importa un bledo salvo pasarlo bien tocando la guitarra. Ejerce de Keith Richards pero sin avasallar, porque realmente no necesita hacerlo.

Le basta con estar ahí, con sus estampados de calaveras, montones de pulseras y todas esas arrugas que le dan un aspecto legendario a su rostro. Mientras escuchas sus respuestas, una vocecilla pitufa no para de gritar tu interior: "¡Es Keith Richards, es Keith Richards!"

EL PARQUE TEMÁTICO

A Jagger solo lo vi al cruzármelo por uno de los corredores del hotel. Volví a verlo más o menos de cerca unos meses después, cuando los Stones actuaron finalmente en España. Su discográfica me invitó a verlos en Vigo; me proporcionaron un pase de invitado que daba acceso a la carpa -más que una carpa parecía un parque de atracciones-, la zona de recreo y relax del grupo y su troupe. Por allí pululaban familiares, amigos, cocineros, entrenadores, fotógrafos, niñeras, roadies, de todo.

Había diferentes zonas para comer, descansar o tocarse las narices. Jagger hizo acto presencia y terminó haciéndose una foto con un grupo de azafatas gallegas (se mimetizaba tan bien con ellas que daba la impresión de ser una azafata más). Me dio apuro acercarme a pedirle una foto -en aquella época era mucho más tímido que ahora-, más que nada por si me cruzaba con Charlie Watts y me mordía. Cuestión de respeto, supongo.

Aunque me perdiese su momento álgido, todo lo que los Stones fueron mientras eran un grupo de rock & roll vivo y electrizante -más que el parque temático itinerante que son hoy en día- forma también parte de mi educación sentimental. Haber estado en la misma habitación con algunos de sus componentes me sigue pareciendo algo irreal, como soñado, una sensación que no me abandona incluso cuando contemplo las pruebas físicas -fotos, dedicatorias, pases- de que yo estuve allí.

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