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de la coste oeste al este español

Josh Rouse: el soft rock americano que vino a Valencia para quedarse

CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA. 16/04/2015

VALENCIA. La irrupción de Josh Rouse en nuestro país fue un auténtico soplo de aire fresco. Un músico avalado por excepcionales críticas en Pitchforkmedia, Allmusic y el resto de las principales publicaciones impresas del ramo, tanto británicas como norteamericanas. Y que comenzaba a gozar también de cierto predicamento por aquí. Y la verdad es que no era para menos: 1972 (Rykodisc, 2003), su fabuloso cuarto álbum, nos lo presentaba como uno de los más hábiles reformuladores del vademécum del pop más exquisitamente clasicista, junto a coetáneos como Josh Ritter, Ron Sexsmith, Ben Kweller o Ed Harcourt.

Su música preservaba el hechizo de los mejores singer-songwriters de la década de los 70. Los James Taylor, Jackson Browne, Lindsey Buckingham o Cat Stevens, adalides del más atildado soft rock norteamericano. Pero con un barniz contemporáneo. Sus discos tenían las dosis justas de pop, folk, country y soul (Bill Withers fue, de hecho, otra de las recurrentes comparaciones).  Y la dulzura de su voz podía engatusar al corazón más hermético. El no menos espléndido Nashville (Rykodisc, 2005) prolongó su estado de gracia. Y fue por aquella época cuando decidió venirse a vivir a nuestras latitudes. Tras una larga temporada en Altea, se instaló en Valencia, en donde acabaría formando una familia junto a la valenciana Paz Suay (cuya voz ya estaba presente en Subtitulo, el disco que publicó ya en su propio sello, Bedroom Classics, en 2006).

Desde entonces, se ha convertido en el músico foráneo más célebre de cuantos viven en la ciudad. Porque sus conciertos pueden no arrastrar grandes multitudes, pero Josh Rouse sigue gozando de una merecida reputación, tanto en los medios anglosajones como entre sus compañeros del gremio (como su productor de cabecera, el experimentado Brad Jones, o el mismo Kurt Wagner-de Lambchop-, con quien grabó el EP Chester en 1999). A ello ha contribuido también que no ha dejado nunca de editar discos. A Subtitulo le sucedieron Country Mouse, City House (Bedroom Classics, 2007, con aquella portada fotografiada en la terraza del piso en el que vivía, en la calle Jesús), El Turista (Yep Roc, 2010), Josh Rouse & The Long Vacations (Bedroom Classics, 2011) y The Happiness Waltz (Yep Roc/Grabaciones en el Mar, 2013).

Seguramente ninguno de ellos logró rayar a tanta altura como sus mejores discos, los de mitad de la década de los 2000. Tampoco las incursiones en las sonoridades latinas que prodigó en alguno de ellos, y la tímida utilización del castellano, ayudaron precisamente a contornear su mejor registro. El más reconocible, y por el que todos sus fans suspiran.

El año pasado obtuvo el reconocimiento por un trabajo que se presumía, y con razón, un encargo paralelo: ganó nada menos que un Goya por la banda sonora de la película La gran familia española (Bedroom Classics/Grabaciones en el Mar), de Daniel Sánchez Arévalo, compuesta íntegramente por él. Y debió sentirse más o menos como Elliott Smith cuando subió a recoger su Oscar en 1998 por el tema ‘Miss Misery': un intruso en medio de una industria extraña. El invitado de última hora a una fiesta que no es la suya. No parece que el rédito mediático que reportó el premio vaya a extenderse tampoco demasiado en el tiempo. Aunque, sin duda, contribuiría a que unas cantas almas le conocieran.

Pero tanto aquel The Happines Waltz como el recién publicado The Embers of Time (Yep Roc/Grabaciones en el Mar, 2015), han coadyuvado a recuperar las más valiosas señas de identidad de un compositor generalmente exquisito. Un músico siempre valioso, cuya habitual presencia entre nosotros, como un componente más de nuestro paisaje cotidiano (y puede que la apreciación sea demasiado personal) ha mermado la valoración que en esencia merece. Quizá no le estemos calibrando en su justa valía.

CRISIS DE MEDIANA EDAD

El caso es que si hay argumentos para reafirmar la vigencia de su talento, su nuevo álbum bien puede ser uno de los más poderosos. Un trabajo más que eficiente, aunque inspire cierto dejà vú a cualquiera que conozca su discografía previa. Con un homenaje nada velado a Neil Young (‘New Young') y una de las canciones más emocionantes que ha escrito en años (‘Pheasant Feather', con la voz de Jessie Baylin). Por mucho que los nombres de Nilsson, Paul Simon o JJ Cale hayan asomado la cabeza en algunas de las tempranas reseñas que la prensa norteamericana ya ha publicado. Un disco que, si hubiera que dar crédito a la literatura promocional, se gestó a consecuencia de una "crisis de confianza".

Pero él niega la mayor. De hecho, nos comenta que "ni siquiera sé de dónde salió exactamente eso: les tengo que decir a la gente de la discográfica que lo cambien". Afirma que de crisis de confianza en sus posibilidades, nada de nada: "No he tenido ninguna crisis en ese sentido, y cualquiera que me conozca te podrá decir que la opinión que tengo de mí mismo es que soy espectacular". Así que disipado cualquier nubarrón que pudiera cernirse sobre su ego,  es momento de poner los puntos sobre las íes: "Es más esa sensación de mediana edad (tiene 42 años), de pensar qué puñetas voy a hacer en los próximos 40 años..."

Puestos a enmarcar las letras del nuevo álbum en la temática de aposentamiento familiar que ya esbozó en The Happiness Waltz (2013), Rouse considera su nueva colección de canciones como "quizá la segunda parte de una trilogía", que tendría continuación en una próxima entrega. Y respecto al tono confesional que exudan esas mismas letras, recalca "lo son hasta cierto punto", matizando que, pese a ese tono de crisis de la mediana edad, también ahora está "reflejando más mi infancia que en ningún otro disco". No hay razones, pues, para considerar a The Embers of Time como un álbum propiamente terapéutico, como se ha venido ya describiendo en algunos medios. Al menos, no más que cualquiera de sus predecesores: "Ser creativo es siempre terapéutico y gratificante, más aún si te puedes ganar la vida dedicándote a ello".

De nuevo con la producción del habitual Brad Jones (Matthew Sweet, Chuck Prophet, Els Pets), el norteamericano ha vuelto a dotar a sus canciones de un sesgo clasicista, con especial inclinación hacia las tonalidades country (desde el álbum Nashville, la pedal steel guitar y la harmónica no gozaban de tanta presencia). Rouse lo asume, pero responde con guasa cuando le consultamos si no es una forma de refugiarse de nuevo en cierta zona de confort: "Supongo que depende del estado de ánimo que tenga, pero creo que el traje country soul me viene bien, tal y como voy ganando peso y perdiendo algo de pelo", comenta. "Me encantaría bailar como Bruno Mars, pero soy diez años mayor para eso, así que me aferro a mi guitarra acústica", remacha.

LA CONEXIÓN VALENCIANA

Muchas de las canciones de Josh Rouse tienen esa luminosidad que las hace tan propias de la costa oeste americana como de la costa este hispana. Quizá por eso no le resultase complicado adaptarse a una nueva vida en la costa valenciana. ¿Alguna vez pensó que estaría tanto tiempo viviendo en Valencia? Para un músico tan nómada como él (Nebraska, Nueva York, Altea, Valencia), ¿lo considera un destino definitivo? "Valencia está repleta de gente amistosa y de palmeras. Mi mujer y yo nos vinimos aquí porque queríamos criar a nuestro primer hijo cerca de su familia. Todo eso ocurrió, todavía estamos aquí, y seguro que continuará siendo algo así como nuestro campamento base, pero estoy seguro de que acabaremos por mudarnos a los EEUU, tan pronto como necesite recurrir a un trabajo..." Los rigores de la vida dedicada a la música pop, ya se sabe. Hay que subsistir.

Se lo han preguntado prácticamente en todas y cada una de las entrevistas que le han hecho en los últimos diez años (así nos lo confiesa), pero resulta de nuevo obligado consultarle hasta qué punto  la vida junto al mediterráneo ha influido en su trabajo. Cansado de responder decenas de veces a lo mismo (¿quién puede culparle?), nos dice que le encantan "el mar y la cerveza". Y asunto zanjado. Tampoco hacen falta disquisiciones teóricas al respecto, porque su música fluye con tal naturalidad que habría que tener los oídos taponados para no apreciar ese invisible nexo entre ambas latitudes, tan distantes geográficamente pero a veces tan cercanas en su cromatismo sonoro.

Hasta que ese momento llegue, el de la vuelta a su país, su futuro inmediato sigue ligado a Valencia. Una ciudad a la que ve suficiente potencial musical autóctono como para trascender, pese a las dificultades: "Hay muchos músicos talentosos que quieren salir y tocar sus canciones, y un amplio abanico de estilos también; el problema es que es casi imposible conseguir licencias para abrir nuevas salas para que la gente lo demuestre", afirma. Una dificultad a la que califica como "mala para la cultura y mala para su futuro en Valencia".

De hecho, son dos músicos valencianos quienes le acompañan sobre los escenarios (también en algunos de los discos) en los últimos tiempos. Y junto a ellos, junto a Xema Fuertes y Cayo Bellveser (ambos ex Ciudadano, integrantes de Maderita y secuaces durante años de Alondra Bentley) y el batería Marc Pisapia, es con quienes afronta la inminente gira de presentación de su nuevo retoño. Será hoy 16 de abril en Barcelona (Music Hall), mañana 17 de abril en Madrid (Copérnico) y el sábado 18 de abril en Valencia (Wah Wah), antes de continuar el 8 de mayo en Zaragoza (Centro Musical y Artístico Las Armas) y el 9 de mayo en San Sebastián (Doka).

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