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ENTREVISTA

Damián Szifrón:
"La cobardía es un acto de inteligencia"

BEGOÑA DONAT. 24/10/2014 La cartelera vibra con una película coral políticamente incorrecta que se enfrenta al descontrol de la justicia, 'Relatos salvajes'

VALENCIA. Hay un poso de placer morboso y culpable en el compendio de historias que conforman Relatos salvajes, la película seleccionada para representar a Argentina en los Óscar. El director Damián Szifrón reúne media docena de episodios iracundos de gente corriente sometida al estrés y a las frustraciones en la sociedad occidental. La diferencia con el común de los mortales es que, donde habitualmente hay diplomacia y contención, los protagonistas ideados por el autor de Tiempo de valientes y la serie Los simuladores oponen resistencia.

Un atasco de tráfico, el desprecio en el colegio, la infidelidad, el chantaje económico, la retirada de un coche por parte de la grúa... son sucesos cotidianos de los que se sirve el bonaerense para anclar sus explosivos relatos. La película, aclamada por la prensa en la última edición del Festival de Cannes, recuerda a otro título que estuvo a concurso en 1993, Un día de furia, de Joel Schumacher, en el que un atribulado Michael Douglas arremetía con violencia contra los contratiempos de la vida cotidiana. Y es que, según Szifrón, "parte de la función artística y narrativa del cine es tener una visión crítica del sistema socioeconómico que rige hoy en el mundo actual".

-¿Has vivido esta película como una suerte de justicia poética frente a percances personales?
-Jamás viví nada parecido a donde termina cada episodio, pero escribirla me ha producido un sentimiento de liberación respecto a la opresión que he podido sentir en situaciones cotidianas. En el segmento de la ruta protagonizado por Leonardo Sbaraglia, mi identificación primaria es con el que maneja el Peugeot. Muchas veces he vivido el ir tranquilo por la carretera y que aparezca por detrás alguien con un auto más poderoso a toda velocidad haciendo luces como diciéndote: "Salí de ahí". Y eso me crea mucha bronca. O recuerdo volver muy indignado a casa a los 19 años la segunda vez que se me llevó el auto la grúa, igual que en el episodio interpretado por Ricardo Darín. En Buenos Aires pasa mucho. Al sistema le conviene que sea ambiguo, que no quedé todo bien señalizado, y a menudo te da la impresión de que se puede estacionar.

-En los últimos tiempos han proliferado las películas corales a partir de relatos, tipo Paris, je t'aime, New York, I Love You y 7 días en La Habana, pero no así un filme seriado realizado por un mismo director. ¿Despertó escepticismo entre los productores?
-En el universo de los coproductores y distribuidores se le teme mucho al relato episódico, algo que en la literatura sucede al contrario: el cuento resulta más vendible porque es breve y la gente lee cada vez menos. En cambio, en el cine, un proyecto así genera preocupación, es difícil de ofertar y de explicar. El problema de las antologías que has citado es que son proyectos de productor, más que de un guionista o un director. A los directores se les ofrece la posibilidad de hacerse cargo de un corto y eso les gusta porque sólo les lleva una semana y pueden integrar su trabajo junto a otros directores que respetan. Pero esta dinámica genera películas un poco desparejas, que no llegan a funcionar o comunicar bien. En cambio, si este tipo de proyectos son realizados por un mismo director, se maneja por entero la energía y la progresión dramática, de modo que el resultado es una sola experiencia. Mi desafío fue encontrar el hilo conductor.

-El personaje que estalla.

-No sólo eso, la conexión es gente que pierde los estribos y siente placer cuando eso sucede. Es un hilo conductor subyacente, más temático y energético que narrativo. Ese personaje está en todos los relatos aunque en el del avión está por omisión. Hay individuos que aguantan mal la presión, así que les resulta más lógico pasar al acto que reprimirse. Y toda violencia libera energía. Si te fijas, todas las estructuras que se quiebran lo hacen. Cuando se pincha un globo, el estallido de un vidrio, un fósforo que se prende...

-¿Te has sentido alguna vez capaz de reaccionar así?

-Tuve un episodio violento e insospechado, una pelea en un bar con un mozo y un cocinero, que no fue coherente con el resto de mi estructura y mi historia. Me acuerdo que estaba con mi mujer, eran dos contra uno y fue una situación violenta con policía, con sangre, que me provocó placer. Esa noche me fui a dormir y algo se liberó. En cambio, la represión produce mucho displacer, toda vez que algo te enoja y no 'contestás' o no 'hacés' valer tu lugar, el efecto es muy duro. Uno piensa y supone que la cobardía es un acto de inteligencia, que mejor no reaccionar porque vas a salir lastimado o a poner en riesgo una estabilidad, pero en tu cerebro se te queda una imagen que no se te va. Después pasa otra cosa, la 'reconectás' y así se van creando los traumas.

-¿Dónde has hallado la inspiración para esta comedia de lo absurdo, donde la violencia se hace tan digerible?
-Tendría que mencionar a mi padre en el tono o en el poso desaforado que la película tiene. Su espíritu se manifiesta de alguna manera. Era una persona muy expansiva, con muchísimo humor y muy amante del cine. Así que siento cierto delirio o permiso para imaginar situaciones relacionadas con la observación de cosas que él decía o hacía y que de grande reparé en que eran una barbaridad. Mi papá se salía del molde y de la lógica una y otra vez, irrumpía en actos irracionales. 

Fotograma de 'Relatos Salvajes'

-Has citado que era un gran amante del cine. ¿También está ahí su influencia?
-Efectivamente. Él de chico era tremendamente pobre, mis abuelos vinieron de la guerra en Europa sin nada. Su padre era albañil y vivían sin puertas ni ventanas, y a mi padre le empezó a fascinar el cine. Como no podía pagarlo empezó a subir las latas y había un proyeccionista que  le dejaba ver las películas, medio como Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988). Era fanático de los seriales y de Tarzán. Desde que nací me fue mostrando películas, muchas veces de género. Lo primero que me fascinó fue el western. Y hay algo en el episodio de la ruta que remite al spaghetti western, cierta mezcla entre la violencia y la emoción. A diferencia de las películas de John Ford y Howard Hawks, donde la sangre no se veía, la ropa aparecía impecable y planchada, lo que aportó el spaguetti fue un giro hacia el pop y un punto más sucio y realista, los protagonistas llevan barbas, todos fuman... Pero, sobre todo, la música a contrapelo de las imágenes, Morricone lo que agrega es esa cosa romántica, lenta, tranquila y emotiva en relación a tipos disparándose. 

-Tengo entendido que Relatos salvajes te liberó de un proceso de escritura sesuda .
-Fue un proceso atípico, no buscado, fue una película que me ocurrió. En la naturaleza de mi trabajo anterior había un híbrido entre el guión y la dirección. Estaba rodando una serie, escribiendo un capítulo mientras compaginaba la dirección del anterior. Era un proceso sin fin, muy agotador, que en su momento disfrutaba. Después de terminar en 2006, decidí dedicarme sólo a escribir y apareció una explosión creativa. Surgieron una gran cantidad de ideas, muchas de las cuales desarrollé con mucho trabajo y mucha pasión: un proyecto larguísimo de ciencia ficción para la que necesito tres películas, un western en inglés, una historia de amor... Las  ideas siguientes traté de comprimirlas para que no se convirtieran en un largometraje, porque ya estaba agobiado. Así que las compacté y reduje a lo esencial para que fueran pura fibra. El resultado es que empecé a escribir cuentos, pensando que los iba a dirigir a los 50 años o así. Me generó libertad y mucho placer porque además era una película posible. La de ciencia ficción es inverosímil para Buenos Aires, necesitaría hacer una megaproducción de todos los países de América Latina. 

Fotograma de 'Relatos Salvajes'

-¿En qué consiste ese proyecto de ciencia ficción?
-Se llama El extranjero. El inicio es un chico de 30 años que se va a hacer un análisis de sangre de rutina tras un desvanecimiento y descubre que no es sangre, sino que tiene otra composición. Y al mismo tiempo hay una especie de liberación que va operando en él un cambio de la percepción por el que adquiere el poder de leer entre líneas todas las situaciones, de ver el contorno oculto de la lógica de las cosas.

-Parece que desde Star Wars, toda la ciencia ficción se tiene que estructurar en trilogías.
-No fue el punto de partida. De hecho, pensé que iba a ser una película escribiría en 2007 y rodaría en 2008, pero hubo una serie de preguntas que la historia me obligó a hacerme que me reconectó con las cuestiones que más me capturaban de chico: cuál es el origen del hombre, cómo empezó la inteligencia, cuál es el eslabón perdido... Entiendo que vinimos del mono, pero no cómo empezamos a crear, soñar, leer, desear, inventar... Es un misterio enorme que me genera mucha inquietud. Recuerdo noches enteras preguntándome: ¿Qué es la realidad? ¿Dónde termina el universo?

-¿Qué respondía a eso tu padre?
-Normalmente, cuando haces ese tipo de preguntas, te responden con una mentira: "Hay un Dios que creo al hombre". Y te 'calmás'. Pero mi papá me decía que no se sabía la respuesta y me generaba pasión. En algún momento uno empieza a considerar esas preguntas infantiles y supone que ser adulto requiere dejarlas de lado y ocuparse de las cuentas, del auto... Te ves inmerso en una cantidad de estímulos y pensamientos que no tienen que ver con los deseos genuinos. Así que, de repente, cuando surgió esta idea de ciencia ficción, lo dejé todo de lado y empecé a investigar con antropólogos, a leer a Carl Sagan, a revisar física cuántica, neurociencia... De ahí empezaron a gatillar otras ideas y me metí en un agujero negro. Relatos salvajes me sacó de ahí.

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2 comentarios

Manuel Borrell escribió
27/10/2014 11:53

El Ego, la baja tolerancia a la frustración, la ira, la cólera, ese bicho que llevamos dentro y nos impulsa a actuar campando a sus anchas. Las claves en la última escena. La aceptación del prójimo, el amor, el perdón son las pistas.

Angel Ruiz escribió
25/10/2014 11:20

Extraordinaria película, de 6 escenas, que cuando la concluyes comprendes que son 7, siendo la presentación de los títulos de crédito la más inquietante de todas, al tener que ceder al dolor de reconocer la verdad animal que no nos distingue, esencialmente de nuestros compañeros de planeta, más dotados para la realidad, para la asunción de la esencia de la vida, puro cerebro reptiliano, que en su encuentro, por las excepcionales circunstancias libera su energía, su poder y su afinamiento con el la paradoja del universo, la de que solo el desequilibrio es su equilibrio. ¡Enhorabuena!. ART

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