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ORIGEN DE SABOR

Los primeros granos para un año de cultura: crónica de una jornada en la siega del arroz

EUGENIO VIÑAS. 03/09/2014 Crónica de una tradición que soporta una de las estructuras culturales más relevantes de la Comunitat Valenciana

VALENCIA. La siega no es ciertamente el origen del cereal con más afán de protagonismo en la cocina de la Comunitat Valenciana. Hace prácticamente un año el trabajo tras esta recogida fue el primer paso que estos días culmina con el trabajo de centenares de personas. Este año el calor ha hecho madurar bien el fruto y solo la aparición de una gramínea amenaza con reducir en cierto porcentaje la producción de los campos de La Ribera.

Hace tan solo unos días los turistas recorrían las carreteras del entorno de localidades como Sueca o Cullera, rodeados de un manto verde. Una ilusión de césped que en realidad no es otra cosa que un campo de espigas que, tan pronto pasa a teñirse de amarillo, provoca entre los segadores una especie de estrés: una vez ha madurado, los granos han de ser recogidos cuanto antes para evitar que las lluvias y tormentas puedan dañar al cereal. Lluvias por otro lado habituales en esta época para la zona.

EL INICIO DE LA JORNADA

Engrasando la cosechadora

A las 8 de la mañana se reúnen los responsables de separar el grano de la paja. Eso sí, lo hacen a lomos de segadoras y tractores, aunque de la mecanización de la recolecta ya hace demasiadas décadas. Aun así, el trabajo de estos hombres de campo está lejos de ser recolectado. Una vez transcurrida la jornada se puede valorar que quizá la mañana sea el momento más relajado. La segadora requiere de un trabajo de engrase extenuante: hasta 40 puntos reciben la atención de su conductor, algunos diariamente, otros cada varios días, otros...

El coche guía, con una señal y cartel luminoso, marca el paso entre el campo y los secaderos, esos templos de lo natural donde el arroz ha sido 'escampado' al sol. Además de las herramientas, este vehículo es clave por si hubiera que moverse rápido hacia cualquier sitio, para transportar las numerosas herramientas de las máquinas pero también para transportar la nevera. Tras el engrase, algunos en el bar y otros "a la sombra de la rueda", almuerzan. La excusa, a menudo, es que "n'hi ha rossà" (hay rocío). El arroz se recoge con las espigas secas y para ello los responsables de la cuadrilla pasean entre los campos extendiendo sus manos sobre el manto, tal y como la icónica escena de Gladiator. Si no hay gotas sobre sus manos, empieza una larga jornada de trabajo.

CUESTIÓN DE MEDIDAS

La distancia entre las cocheras y los campos se mide en kilómetros, pero la medida más comentada entre los agricultores son "les fanecaes" (hanegadas) o "la fanecà". La cantidad a recoger por día es muy relativa: influyen la distancia entre el campo y el molino (punto de entrega), pero también la extensión del campo, el tipo de maquinaria y los hombres que trabajan esa tierra.

En cualquier caso, los vehículos a los que acompañamos en el reportaje pertenecen a la familia Matoses, anfitriones de la crónica, y cargan con 400 litros de combustible. La máquina principal, engulle las espigas y separa el grano de la paja, convirtiéndola esta en trizas y ‘ventilándola' para dispersarla por la tierra. Acumula hasta 6 toneladas que, cuando llegan al límite de su capacidad provocan señales visuales y acústicas dentro y fuera del vehículo. Así, el conductor del tractor sabe donde ubicar su vehículo para que la cosechadora descargue el grano recogido en la parte central del remolque. Es importante que lo haga justo en el centro para la correcta distribución del cereal, ya que esto rentabiliza al máximo los viajes durante la jornada que en ocasiones pueden llegar a superar los 10 trayectos de ida y vuelta.

LAS COMIDAS Y LAS IDAS Y VENIDAS DEL CAMINO

La carga del arroz desde la cosechadora

Una vez lleno el remolque del tractor, este sale hacia el molino mientras la cosechadora sigue con su trabajo. Este trabajo no se inicia de cualquier forma. Antes de iniciar un campo se piensa mucho el lugar por el cual se aborda el inicio de la jornada. Las orillas o márgenes del campo son especialmente complicadas y los movimientos de los vehículos provocan los llamados ‘cartabones', las esquinas que difícilmente se pueden recoger con las máquinas. Si se salvan todos los desniveles del propio campo y se culminan cartabones y orillas, el campo queda totalmente recogido.

Entre las idas y venidas de los tractores y la incesante siega, lo cierto es que los horarios de las comidas -aceptado el del almuerzo como el más sagrado de los jornaleros- son ingobernables. Es habitual que los trabajadores acaben comiendo en alguno de sus desplazamientos o en los descansos y la actividad, pese a lo que pudiera parecer a ojos del que advierte el trabajo desde la marjal o como un espectador, es especialmente frenético. Hay estrés y hay tensión por recoger el grano en el mejor estado y el menor tiempo posible.

 ‘UN CAMP MAI ES DEIXA A MEITAT SEGAR'

La noche cae sobre las espigas que todavía han resistido al paso de las máquinas, pero la oscuridad no paraliza la siega. Trasladar la segadora y los tractores hasta el campo supone un gran coste de recursos, pero sobre todo de tiempo. Por eso los segadores dicen: "un camp mai es deixa a meitat segar". Con los focos de los vehículos alumbrando una zona que se extiende varios metros a su alrededor, como una gran mancha de luz entre un gran espacio nocturno, la jornada continúa a veces hasta la medianoche.

Sea cual sea la hora en la que ‘se cierra' el campo, a las 8am del día siguiente se repite una rutina que puede durar entre 15 y 25 días y que supone la puesta en marcha de una materia prima esencial para la cultura gastronómica local y mediterránea.

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