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Tesoros vintage

CARLA VALLÉS. 29/06/2013 "Intentado pasar por alto aquellos berridos, nos acercamos embobados a un puesto de preciosas antigüedades"

VALENCIA. Ir al rastro los domingos es desde hace un par de años la actividad favorita de una consolidada pareja de amigos. "Le he regalado un bicicleta a Alex por su cumpleaños. Adivina cuánto me ha costado", me reta entusiasmada Marina. "Pues no sé, mínimo 100 euros", le contesto con expectación. Su inmediata carcajada me confirma la barbaridad que acabo de decir informándome que con esa cantidad podría comprar bicicletas hasta para la mitad de los ciclistas del Tour de Francia.

Para ser sincera, hasta entonces jamás le había encontrado el punto a ir de compras a un mercadillo. Sin embargo, como me explica mi amiga, en una época en la que nadie tiene un duro, el rastro es algo así como un oasis de esperanza para regalos de cumpleaños, fiestas y caprichos personales. "Lo que para unos no tiene valor, otros están dispuestos a darle una segunda, tercera y hasta cuarta oportunidad", sentencia misteriosa ante mi incredulidad.

Lo cierto es, que por culpa de un marcado síndrome de diógenes, y por consiguiente, una habitación más recargada que la de Agatha Ruiz de la Prada, decido citarme el siguiente domingo con la pareja para ir a un mercadillo ubicado en una explanada cercana al estadio del Mestalla y donar unos cuantos trastos. Una vez allí me percato de una regla sagrada y omnipresente pero no escrita entre vendedor y cliente: el regateo. Entiendo esa suerte de venta como un sacrificado juego, consensuado por ambas partes, que no hace más que corroborar aquello de la ley del más fuerte.

Aplicado tanto a exquisitos muebles art decó y nostálgicos discos de vinilo, como a tuercas imposibles con grasa incluida, montañas de antiguos tebeos y escobillas de baño con más porquería que el disco duro de Diego Torres. "Niña te cambio esos marcos por dos de los míos", me reclama de repente una mujer frente a un puesto de cajas colmadas de libros. Me acerco y me intereso por un importante manual de inglés de edición actualizada. "Mejor por este", le indico señalándole mi nueva oferta. "Cariño por ese me tendrías que regalar hasta un niño", me desafía. "Como quieras pero que sepas que con unos marcos de Bon Esponja aquí serías la reina", suelto justo antes de despedirme y provocar un triunfo asegurado.

Con mi nueva adquisición en mano me percato de otro rasgo diferenciador de este tipo de comercio alternativo: el atractivo de su prosa y reclamo publicitario. "Somos Papá Noel con el precio hasta in inglish", " Bragas de segunda mano por un euro la unidad", "Zapatillas Naike", o "Ofertón: salud, dinero y amor", son algunos de los ejemplos. Pero ese descaro freestyle, de ortografía desenfadada y humor calé no se puede comparar a la propaganda oral. O más bien, a la tesitura de unas cuerdas vocales equiparables a las de Montserrat Caballé. "¡Me lo quitan de las manos lo último de Camela, todo un deleite gitano", gritaba desbocado un hombre mayor desde un tenderete de CD's.

Intentado pasar por alto aquellos berridos, nos acercamos embobados a un puesto de preciosas antigüedades. Imponente, entre todas ellas, luce una desvencijada pero maravillosa bañera de hierro fundido esmaltado con cuatro patas. Como un guiño del destino, la pareja se mira al instante absolutamente cómplices. "Nos la llevamos", dice decidido Alex.

Una semana después acudo a tomar un café a "la buhardi", como llaman Alex y Marina a su abuhardillado nido de amor. Un hogar encantador de estilo retro y decorado al más mínimo detalle por sofás, baúles, lámparas y otros artilugios vintage que según me explica Marina han ido adquiriendo con el tiempo en el rastro. "Lo que el resto olvida a nosotros nos ha dado la vida", acredita ciertamente ruborizada señalando hacia la terraza donde se encuentra una de sus compras más recientes. No hace falta especificar más para entender que aquella ganga y envidiable bañera recién restaurada es amortizada cada fin de semana por una pareja comprometida con el reciclaje de mobiliario.

Protagonizando, ajenos a sus vecinos, escenas de besos, caricias y susurros indecentes al aire libre como al comienzo de su relación cuando eran adolescentes. Un valioso juguete que ellos han decidido rescatar donde disfrutar a remojo con un buen material de lectura en soledad o, en conjunto, perder la compostura. Pues a veces, lo vintage además de adornar económicamente y con identidad, estimula a los cuatros sentidos a mantener una pasión sin fecha de caducidad.

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