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Más que Londres, cariño

JOSÉ MARTÍNEZ RUBIO. 23/03/2013 "Ya nos dijeron los modernos que las Fallas no. Que muy cutres. Que..."

Las teorías del caos

José Martínez Rubio

Becario de investigación en la Universitat de València
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VALENCIA. Ya nos dijeron los modernos que las fallas no. Que muy cutres. Que una horterada. Que si el ruido, que si las calles cortadas, o incluso peor, que si Europa. Que las fallas no y punto. Lo dijeron hace décadas y ahí siguen, con su razón profética, moviendo la cabeza resignados delante de cualquier valla que les impida continuar con su paseo socrático por el barrio donde viven. Adiós reflexiones serenas. Adiós mens sana, adiós corpore sano. Nunca dijeron nada del colesterol de los buñuelos, ni de la salud cardiovascular, la gran olvidada de nuestra dieta. Un drama.

Sí dijeron cosas sobre la cultura. Dijeron muchas mientras arrancaban el coche y enfilaban la autovía, y todo eran horrores. Se iban al campo a reivindicar la paz interior, se iban a la playa a pasar frío a solas, se iban a Berlín, a París, a Londres, a comprarse ropa en Camden Town, a visitar momias en el British. Y volvían con un gesto de fastidio, haciéndolo notar sobre todo, y descargaban las bolsas y deshacían las maletas cuando ya todo estaba quemado y recogido.

Al día siguiente enseñaban las fotos con seriedad. Certificaban ellos que las fallas no. Explicaban que era estupendo recoger espárragos después de comer, o que el invierno berlinés ya no era tan intenso al sol de mediodía. Variaban las versiones y los escenarios, pero no la razón fundamental de su viaje: la huida de la barbarie.

Los que crecimos en la periferia, con más o menos convicción, tenemos diversas ventajas para afrontar la vida. Una de ellas, de las más importantes, es que no solemos ponernos con frecuencia ni muy estupendos ni demasiado exquisitos. Hasta en los colegios de monjas nos enseñaban a comérnoslo todo, como fuera, tapándonos la nariz, tragando mucha agua o haciendo enormes bolas de papel con comida, que guardábamos en los bolsillos del uniforme. No es un reproche a la historia, ni tampoco una recomendación para generaciones futuras. Es lo que fue. Y aprendimos a disfrutar de la vida bastante bien, por lo general.

Esta escena debió de ocurrir a principios de los 90. Mi familia vivía por entonces en uno de esos bloques de pisos de ladrillos caravista y uralita cubriendo los deslunados. Los edificios se habían ido sucediendo y amontonando de forma improvisada y a gran velocidad desde los años 60, mientras los barrios se llenaban de manchegos y andaluces. El lugar donde vivíamos acumulaba cemento y descampados como símbolo de la prosperidad que había de llegar.

En esa escena, como decía, recuerdo que mis abuelos se daban prisa por arreglarse mientras el resto de la familia esperábamos ansiosos en el portal de la calle. Mis padres fumaban. Nosotros prendíamos petardos. Quedaba toda la noche por delante en una de esas verbenas de Landero o José Luis Cuerda. Éramos más de Berlanga que de Almodóvar, visto desde la distancia, aunque esa noche venía a divertir al extrarradio la alegría del Titi, artista que ahora me resulta impagable.

Pocos se hacen una idea de lo mucho que nos reconciliaba con el mundo la ligereza de las plumas y la frivolidad de los chistes verdes. Los trajes de lentejuelas. Las vedettes con escotes y flecos en los pezones. No tanto a mí, que era un crío, sino a mis abuelos, para quienes la vida había sido principalmente un trabajo constante, y para los que aquel marica coplero y esas señoras fantásticas con tanta carne representaban una tregua para las horas de cansancio, de pobreza y de aburrimiento. El Titi era de los nuestros. Era alegre. Era ruidoso. Era brillante.

Allí aprendimos a bailar pasodobles, y un valenciano aproximado. Qué no daría yo por volver a una noche como las de entonces, a semejante despropósito parecido a la felicidad.

La noche no acababa nunca. Mi padre nos cogía al brazo cuando nos dormíamos. Entonces mis abuelos se agarraban el uno al otro, se despedían de los amigos y marcaban un paso lento hacia casa. La música se atenuaba mientras nos alejábamos de la verbena. En la oscuridad de los descampados se intuían algunas sombras. Los últimos pitillos de la noche se debían de mezclar con el sabor de los whiskis, dejando un regusto amargo, como de pena, imagino. Todo eso pertenece ya al campo de la memoria y, lo confieso, al dulce ejercicio de la nostalgia.

La vida, amor mío, es básicamente insatisfactoria. La plenitud es como el futuro, algo teórico, un sintagma de pensamiento. O sea, la nada.

Berlín está bastante bien. Las momias del British son una cosa curiosa. La ropa de Camden, un espanto... por ahí no. Pero llévame a Londres en verano, o a Alemania en otoño cuando la Selva Negra se ponga roja. Vayamos a la playa cualquier tarde de domingo, con sol y con viento. Lo que me pidas. Pero eso sí, déjame que te cante Posa'm menta al menos una vez. Que el voler aixina aumenta. Quisiera saber explicarte que hay algo más allá de lo ridículo y que se llama felicidad. Y aparte de divertida, es emocionante. Es espectacular. Más que Londres, cariño.

Las teorías del caos

José Martínez Rubio

Becario de investigación en la Universitat de València
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