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Pendiente del ‘tupper'

ESTEFANÍA PASTOR. 24/11/2012

MADRID. No negaré que me agobié el día en el que decidí coger mis trastos y mudarme de Valencia a Madrid en busca de... de... bueno, de algo que aún no tengo claro qué es. A muchos, en mi misma situación, les habría agobiado el dejar ‘lejos' a su familia, el no estar en su casa... pero a mí lo que realmente me traía de cabeza era mi querido estómago.

Veintidós años recibiendo manjares, algo que descubrí hace escasamente un par (con 14 primaveras le tiraba a mi madre las lentejas en la cabeza). Y ahora, ¿qué? La herencia cocinera de mi familia la debí de perder cuando me cortaron el cordón umbilical, porque mi arte con el fogón es nulo. Y entonces, lo vi, lo visualicé, mi madre no me iba a dejar adelgazar por desnutrición, tenía preparado un ejército de tuppers para mi nueva andadura. Montones de cacharros llenos de caldo de pollo, garbanzos y lentejas con todo tipo de detalles, como la comida precocinada pero sabiendo realmente qué lleva dentro.

La idea no me entusiasmó al principio. No me acababa eso nutrirme con mejunjes cocinados hace varios días. Una mala costumbre lo de recibir continuamente el alimento en la mesa. Siempre se ha sabido lo reacia que es gran parte de la juventud a engullir comidas caseras (des)congeladas, una tontería que se acaba pasando con los años, o eso parece. Macarrones, alubias y otro tipo de sustancias que salen de las neveras no nos parecen de fiar, pero las madres y los padres están hechos de otra pasta, a ellos no les importa comérselo.

Si hubiera sido mi madre la que le tiró el tupper a Esperanza Aguirre, le habría hecho caer redonda. Cuando el bloque de comida empieza a descongelarse, te das cuenta del mundo que existe en tan poco espacio. Garbanzos, patatas y carne entre otros acompañantes empiezan a vislumbrarse en el plato. Maldita juventud, ¿es normal recorrer más de 300 kilómetros en bus con una maleta llena de tuppers? Eso me pregunto yo, luego vuelvo a pensar en mi maldito estómago y cierro el caso.

Pero es que la mayoría de jóvenes somos así. Necesitamos un proceso de desarraigo con el hogar y mi forma de plasmarlo es mediante tuppers. Esta nueva teoría la acabo de crear, pero es una forma de creer que en breves evolucionaré a una fase de mayor madurez en la que sea capaz de hacer unas lentejas comestibles por mí misma.

Pero no soy la única, os asombraría la cantidad de estudiantes que van con las fiambreras de una lado para otro, cual Mariano Rajoy en un día de descanso. Y significa dependencia, pues sí. Dependencia y supervivencia, diría yo. Pero cuando una no tiene tiempo ni conocimiento es lo más efectivo para salir del paso de una forma grata. Hace escasos días escuchaba a Gemma Nierga en ‘Hoy por Hoy', decir que congelaba bocadillos para comérselos al día siguiente. ¿Congelar bocadillos? Lo mismo pensaba de los ‘tuppers'.

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