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EL CABECÍCUBO

La decadencia ha llegado a los documentales del festival de Sundance

ÁLVARO GONZÁLEZ. 12/09/2015 Tanto ‘Cartel Land' como ‘Hot girls wanted' han llegado con la etiqueta de "presentados a concurso en Sundance" lo cual empieza a ser más una rémora que un reclamo

MADRID. Mucho ha llovido desde que tuviéramos noticia del documental Style Wars de 1983, sobre el hip-hop y la cultura callejera de Nueva York, la que durante el siguiente cuarto de siglo dominó la estética y la cultura popular de todo el mundo. El excelente trabajo de Henry Chalfant y Tony Silver constituía un brillante ejercicio de periodismo, entrevistaba a un buen número de protagonistas, se molestaba en recoger opiniones con otro punto de vista, como las de los que sufrían las pintadas en el metro y los trenes y, en resumidas cuentas, era un gran documental. Lo que se entendía por el género. Y llegaba de la mano de Sundance, un festival que se convirtió en una marca de calidad. Productos audiovisuales independientes, las películas incómodas que no admitía la industria de Hollywood, etc...

Con los años todo ha cambiado o parece cambiar. No deja de haber estrenos interesantes en el festival, tanto películas como documentales, pero muchos críticos advierten ya de la repetición de la prototípica película indie de Sundance, que ya ha establecido un género encorsetado. Y en esta columna en particular han saltado las alarmas por el estado de los documentales.

La semana pasada hablamos de Cartel Land, una especie de western sobre un pseudo liberador de su pueblo, en una situación presentada con más dudas que certezas, en el que el plato fuerte eran una serie de tiroteos e imágenes de cómo se cocinaba la metanfetamina. Un Callejeros de hora y media con una banda sonora más cuidada y sin reportero.

Ahora ha llegado Hot Girls Wanted, también con la etiqueta de "a concurso en Sundance", y muchas lagunas para los que con un documental quieren conocer algo, enterarse de un humilde hecho noticioso. Aquí lo que tenemos es una suma de todo lo que denunciamos en el periodismo contemporáneo o directamente calificamos de no periodismo. Un documental no tiene por qué ser periodismo necesariamente, ni mucho menos, pero debería al menos contar o mostrar algo y para eso no basta con encender una cámara.

Porque contar no cuenta nada que no supiéramos. Cuántos millones recauda la industria del porno en internet. Madre mía, qué sorpresa. Es una noticia del siglo pasado. Para ello captan chicas jóvenes, a partir de 18 años, que son consumidas por la industria en plazos de tres meses a un año, según asegura uno de los protagonistas, un productor de porno.

Sí son interesantes mínimamente los deslavazados testimonios de algunas chicas que dicen que no quieren ir a la universidad para pasarse la vida del techo de una oficina al techo de casa, o los de una que aparece entrevistada en un programa de televisión que revela que se está pagando la universidad recurriendo al porno. En torno a la que gira el reportaje, sostiene que el porno fue la única salida que veía para poder salir de casa. Lo que son motivos para escapar no le faltaban. Vivía en una en mitad del campo que parecía tener la más cercana a varios kilómetros.

El funcionamiento de la productora no se muestra con mucha claridad. Parece que las chicas están en un edificio donde conviven todas juntas esperando a que las llame de repente el productor para que se dirijan a un rodaje ataviadas cada vez de forma más pintoresca. Una de ellas cuando va a comprar ropa "como del guetto" aclara que al señor que se está masturbando en su sofá le gusta fantasear con estereotipos de mujeres, etcétera. Nada nuevo bajo el sol.

Están en Miami, pero por lo visto todo se decide en Los Ángeles. Si los vídeos de una chica no funcionan, tendrá que dedicarse a porno de nicho de mercado. Esto es, introducirse vibradores gigantes, someterse a sesiones de sadomasoquismo o a simulaciones de violación o agresiones sexuales. El porcentaje de pornografía que trata sobre forzar a una mujer a tener sexo es cada vez más amplio, relata el documental.

Una de las actrices explica que son muy populares los vídeos en los que la fuerzan a hacer sexo oral y luego tiene que vomitar. Cuenta que no es un problema para ella el porno, que la fuercen o tener que vomitar, pero por separado. Es decir, que cuando tiene que hacer las tres cosas juntas se siente abrumada, entendemos.

También en una leve ráfaga una cuenta que ha tenido problemas vaginales, con la lubricación, después de tener sexo durante tantas horas seguidas. Por otro lado, la prueba del VIH se realiza cada quince días, así como la detección de hongos y otros problemas. Pero hay que decir que ni en las dolencias físicas ni en las secuelas psicológicas se profundiza como merece el tema. Por muy liberada y fuera de tabús que esté la actual juventud estadounidense, estar sometidas a esas sesiones de sexo con 18 años no es lo más normal del mundo.

Y a la hora de buscar ese lado humano es donde se produce el naufragio completo del documental. Hemos pasado de transmitir emociones a que los documentales parezcan directamente realities. La presentación del productor de porno, diciendo que en el colegio todo el mundo le pegaba pero que ahora era un triunfador con mucho dinero y que se le salía el sexo por las orejas recordaba a eso, precisamente. A la presentación de un concursante que va a entrar en un reality de granjeros o algo de eso. Cuando no, directamente, a la Hora Chanante.

Con la actriz que va arrepintiéndose paulatinamente ocurre lo mismo. Vemos las escenas en las que su madre le dice que sabe que hace porno; es extraño que sucediera un momento así entre una madre y una hija delante de un tío con una cámara. Y nos suben la tensión cuando se supone que se lo va a decir a su padre, mientras se va de caza con él, pero finalmente no se atreve. Es un reality show, ni más ni menos. Solo faltaban los rótulos en la pantalla: "Su padre no sabe que graba vídeos de sadomasoquismo" y los sms debajo de los espectadores insultándola a ella, a Zapatero y a los catalanes.

Al final tenemos un happy-end. La narración ha sido perfecta, con presentación, nudo y desenlace. Y el fenómeno del gato por liebre también. Tanto en Hot girls wanted como en Cartel Land tenemos la traslación de la película indie, del mencionado arquetipo de género antes citado, al documental. Ambos "parecían películas" -pobres, por cierto- motivadas, quizá, porque la extravagancia de los personajes del cine indie de antaño es un brillo que ha palidecido con los realities y el desarrollo de la televisión.

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