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Siete cosas que aprendimos leyendo a Oliver Sacks

EDUARDO ALMIÑANA. 08/09/2015 Sacks se marcha dejando tras de sí un legado basado en la empatía y el respeto al enfermo

VALENCIA. El sistema nervioso humano es capaz de grandes prodigios. Es gracias a él que hablamos, entendemos, aprendemos, procesamos los estímulos que llegan a nosotros a través de los sentidos, nos identificamos con el otro, coordinamos nuestros movimientos, percibimos nuestros límites y nos ubicamos en el espacio, disfrutamos de un concierto, aplicamos el ingenio para resolver un problema, soñamos, trascendemos, creamos.

Comprender su funcionamiento es comprender mucho acerca de nosotros mismos, de nuestras relaciones, de las sociedades en que vivimos y de las situaciones a las que nos enfrentamos a diario. Sin embargo, esta comprensión no es algo al alcance de todos: la Neurociencia trabaja para el desarrollo global, pero a título individual, ¿qué posibilidades tenemos de entender sus fantásticos avances?

Oliver Sacks, fallecido en Nueva York el treinta de agosto, a la edad de ochenta y dos años, fue una de esas personas con el poder de actuar a modo de decodificador de lo incomprensible y lejano, un buen maestro que disponía de la muchas veces infravalorada facultad de explicar con eficacia. Los grandes divulgadores no son excesivamente frecuentes pero sí muy valiosos; Carl Sagan y tomando su relevo ahora Neil deGrasse Tyson, Isaac Asimov, Richard Dawkins, Stephen Hawking, Desmond Morris, o nuestro Félix Rodríguez de la Fuente, quien tanto hizo por salvar la Albufera de Valencia.

Oliver Sacks, de joven, cuando era un 'motero' apasionado.

Todos han sabido acercarnos a descubrimientos en sus respectivos campos que nos llenan de asombro. En concreto, Sacks, neurólogo de profesión y escritor —además de aficionado a las motos o levantador de peso de joven—, se encargó de estudiar trastornos de la mente desde una perspectiva distinta, para luego hacernos partícipes de sus conclusiones y de su forma de entender la enfermedad.

Si en Migraña se adentraba en los desconocidos orígenes de esta dolencia, en Un antropólogo en Marte nos relataba el caso de un pintor que tras un accidente ya no veía el color, o el de un cirujano cuyos constantes tics solo remitían al operar. En Con una sola pierna nos narraba su propia experiencia al dejar de sentir como propia una extremidad; Veo una voz nos ayudó a comprender el mundo de silencio de aquellos nacidos sin el sentido del oído.

Especialmente célebres son sus obras Despertares, la extraordinaria historia de veinte pacientes afectados de encefalitis letárgica que despertaron súbitamente cuarenta años más tarde gracias a una droga administrada por Sacks; o El hombre que confundió a su esposa con un sombrero, en la que se exponen dos decenas de casos de individuos con graves y extraños trastornos de la percepción, como el que hace que un hombre, efectivamente, experimente la confusión que da título al libro.

Si bien los temas que abordó eran interesantes per se, lo que hizo de él una figura conocida a nivel mundial tiene más que ver con cómo trató estos temas. Sacks se acercó al enfermo de un modo distinto, eliminando toda la distancia posible con él mediante altas dosis de empatía, paciencia y también humor, convirtiendo después sus historias en una literatura basada en casos médicos muy poco habitual, como poco habitual fue también la manera en que se despidió de sus lectores, anunciando en su columna en The New York Times que padecía un cáncer terminal que apagaría su vida en poco tiempo. En este artículo, titulado My Own Life (Mi propia vida), Sacks hace alarde una vez más de esa sabiduría pacífica suya que llega a sobrecoger: "Por encima de todo, he sido un ser con sentidos, un animal pensante en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y aventura".

Su legado da para muchas horas de lectura y estudio, pero podemos extraer de él algunos puntos clave que sirvan para refrescar la memoria de quienes conocen ya su trabajo y de estímulo para quienes puedan querer hacerlo. Las que siguen son siete lecciones que nos deja Oliver Sacks y que merece la pena tener en cuenta.

1) La condición humana es mutable. La enfermedad, sin incurrir en alarmismos, es un factor que puede cambiar la vida de cualquiera. El médico puede de pronto ser el paciente.

2) La cuestión no es solo la enfermedad, sino cómo cada paciente en concreto se ve afectado por ella, cómo se adapta a sus leyes. La relación de los pacientes con la enfermedad es esencial.

3) La forma en que se reconstruye el mundo tras la enfermedad, la nueva identidad que se establece a partir de ella -especialmente en los casos de enfermedades que no tienen cura-, son aspectos fundamentales en la vida del paciente que no se pueden dejar de lado.

4) Entender el sufrimiento del enfermo es un imperativo a la hora de poder ayudarle. La empatía es una herramienta básica.

5) Sin celebrar la enfermedad, es cierto que a veces esta puede aportar una enseñanza.

6) Existe una gran incomprensión respecto a la realidad de muchas enfermedades, que podría aliviarse simplemente escuchando la experiencia de quienes la padecen.

7) Nunca hay que perder la capacidad de sentir asombro por todo aquello que nos rodea.

Además de esto, Sacks ha demostrado algo que los futuros divulgadores tendrán siempre presente: la literatura sobre la enfermedad puede ser tan cercana, accesible y humana, como lo sea quien vaya a elaborarla.   

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