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ESPECIALES DE PATRIMONIO

Bertsolaris, pelotaris y falleros: patrimonio (inmaterial) de domingo

JOSÉ MARTÍNEZ RUBIO. 02/09/2015

VALENCIA. Domingo 30 de agosto de 2015, doce de la mañana. En el Crespo, atestado de gente comprando curasanes de chocolate, raciones de arroz al horno para mediodía y barras de pan, nos avisan de que la partida buena comienza a la una. La de las doce y cuarto también es buena. Último domingo de agosto, y en las mesas los periódicos del día ya están manoseados y se amontonan a un lado botellines de cerveza y tazas de café. En la Pobla de Vallbona, el Crespo parece el centro neurálgico de cada domingo. Todo ha sucedido o está sucediendo y allí se está contando. Porque los pueblos están hechos de voces.

Aparcamos en el cruce porque la está cortado. Un grupo de chicas que no llegarán a los dieciocho años calienta en la perpendicular a la espera de que les toque el turno; han apartado la valla del Ayuntamiento para poder pelotear contra la pared de una casa. En la calle de plantas bajas se disputan dos partidas, a derecha e izquierda, entre sol y sombra y en medio de una maraña de gente que se cuela en los portales para ver el espectáculo. Van a llargues.

Nos unimos al grupo de padres que, desde el fondo de la improvisada pista, ven cómo las chicas (tres de rojo, tres de azul) golpean la pelota con fuerza. Hablan del partido, del regreso a clase de los hijos, de las vacaciones. Se saludan y se abrazan mientras las jugadoras palmean con ganas. La pelota rebota por las paredes de las casas, salta de manera caprichosa al pegar contra el bordillo de la acera o sobre un bache del asfalto. Dos hombres cargan con una escalera y la apoyan en un tejado para recuperar una bola encalada. Otro lleva la cuenta de las que se han perdido.

Como caiga. Como venga. Como sea hay que lanzar la pelota hacia el campo contrario. Hay pocas reglas y todos aceptan la anarquía como una forma de juego (y de vida). Aquí vale más la palabra que una foto finish. "Qui guanya, blaus o rojos?", pregunta un hombre en el cruce de las dos partidas sin bajarse del coche. Empate. Una red portátil divide la calzada y en medio se van anotando los puntos.

Cuesta creer. La de este último domingo de agosto es la primera jornada del campeonato de pilota valenciana organizado por la Junta Local Fallera. Empiezan la última semana de agosto para poder acabar la competición en febrero, antes de que la fiesta grande valenciana, en su versión poblana, tome las calles. "Cada falla tiene sus equipos. Desde tres o cuatro hasta doce que tiene la mía", nos explica uno de los voluntarios que, al mismo tiempo que recoge las pelotas del fondo, impide que giren los coches hacia el campo de juego.

Hace cálculos alucinantes: en los doce años que la Junta Local lleva organizando el campeonato de pilota, ya hay "unas trescientas o cuatrocientas jugadores", resume. Los requisitos: ser fallero y ser mayor de catorce años. En doce ediciones ha ido a más, nos explica, a pesar del verano o de las vacaciones, del frío cuando llega diciembre o enero. Hombres de mediana edad. Mujeres que se animan a competir. Adolescentes en plena edad del pavo. Chicos que se pasean con cara de dormido. Chicas que se colocan entre ellas los esparadrapos para proteger las palmas y los dedos. Abuelos en pantalones cortos y camisas con escote hablando de no sé qué de la Diputación. Politiqueo, gafas de sol y fotos para el Facebook. Todo eso lo trae la pilota.

"Que no vos enganyen, ací venim per l'esmorzar", se ríe otro recogepelotas sin saber que nos está dando una clase práctica de participación ciudadana. Dos euros cincuenta el bocata y el refresco. Jugadores y voluntarios, gratis. "Després quan acabe, ens anem al casal, que tenim paella. O la fem o l'encomanem. Per la vesprada, veiem el partit [de futbol] i així passem el dia". Cada semana le tocará a una falla organizar las partidas: cortar la calle, montar las redes, preparar bocatas...  Así empieza la temporada.

A partir de que los falleros organizaran el campeonato, el trinquet de la Pobla de Vallbona volvió a abrir y la pilota se puso de moda. Hay niños que juegan desde los cuatro años y de aquí han salido algunos jugadores profesionales, aunque la mayoría son amateurs y entrenan por su cuenta. La afición ha venido más por el tejido social que por la promoción de cultura valenciana de Conselleria. No hay injerto cultural ni promoción ideológica ex aequo, solo hay que saber cómo conectar un deporte tradicional con una manera de vivir. Y madrugar los domingos.

En 1993 se organizó el Torneig Cinc Nacions en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia, el Mundial de Pelota de Mano. Enric Sarasol (Sarasol I) y Paco Cabanes (Genovés) ganaron a Bélgica. En 1996 la selección valenciana ganó en L'Eliana, en 1998 en Francia, en 1999 en Italia, en 2002 en Argentina. Existe un entramado institucional y un entramado empresarial que apoya, aunque con muchas sombras.

En Valencia agoniza (sobrevive) y en comarcas revive.

CANT D'ESTIL CON EUSKADI AL FONDO

Pep Gimeno Botifarra revolucionó la idea de canto tradicional valenciano. El neofolk de la Costera se mezcló con banda de música y con dolçaina de Obrint Pas para volver a cantar lo que los abuelos ya olvidaban. Donde unos ven un fenómeno musical, otros ven un renacer de la cultura popular, y quizás ambas observaciones sean justas. Eso garantiza poca cosa, aunque da esperanzas.

En Euskadi, tierra de pilotaris como la valenciana, se organiza cada cuatro años el Bertsolari Txapelketa Nagusia, el campeonato nacional de bertsolaris. Tras las diversas clasificaciones, se enfrentan a un duelo de versos los mejores versadores de Euskal Herria. El tema lo comunican públicamente en un escenario y en pocos segundos los bertsolaris deben improvisar una composición original, ingeniosa y oportuna delante de un público que, en las grandes finales, suele llenar pabellones como el Bizkaia Arena, con capacidad para 14.500 aficionados.

¿Cómo llegar a esta auténtica locura, retratada por Asier Altuna en su documental Bertsolari (2011)? La respuesta se encuentra en un conjunto de factores que van desde la promoción institucional, el cuidado educativo, la valorización social y el amor propio: cosas que cuestan dinero y cosas que exigen sensibilidad. Andoni Egaña venció el campeonato en cuatro ediciones seguidas (1993-2005) y su puesto como mejor versador fue conquistado por primera vez por una mujer, Maialen Lujanbio (2009).

En 2013 ganó Amets Arzallus.

El mismo juego de versos, de improvisación y de ingenio, se dan en algunas fiestas de los pueblos del interior. De Castellón a La Marina, les albaes o el cant d'estil repiten estrofas y tonadas caricaturescas, satíricas o burlonas sobre los personajes del pueblo o de la actualidad. La diferencia la marca un personaje impensable, el versaor, que se mantiene apostado a la oreja del cantaor y le va recitando los versos conforme avanza el cante. El juego poético, por lo tanto, se hace a dos. El cante, a tres. El espectáculo, a quien pasee con la comitiva.

Los bertsolaris han sabido colocar el canto tradicional a la altura de los grandes espectáculos deportivos. La afición es enorme y la profesionalización avanza. En el caso valenciano estamos empezando a ver la luz de un futuro que no conocemos. Pero la fórmula es clara y difícil: la cultura popular o tradicional, como una forma más de patrimonio, ha de insertarse en el modo de vida actual, y no al revés. Instituciones, medios de comunicación y programas educativos han de acompañar ese proceso complejo que de repente explota en un pueblo cualquier domingo por la mañana. O mejor: en más de uno.

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