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LA PANTALLA GLOBAL

'Ted 2': Nueva dosis
de humor irreverente

EDUARDO GUILLOT. 31/07/2015

VALENCIA. El 29 de junio de 2012 se estrenaba en Estados Unidos Ted, la primera película de imagen real de Seth MacFarlane, enfant terrible de la comedia americana, gracias, sobre todo, a la serie de animación Padre de familia (Family Guy, 1999), que lleva catorce temporadas en antena. Solo tres meses después de aquella première, Steve Burke, el presidente ejecutivo de la compañía NBCUniversal, anunció su interés en producir una secuela "lo antes posible". Tres años más tarde, Ted 2 es una realidad. MacFarlane vuelve a estar al mando del proyecto y Mark Wahlberg repite como protagonista principal, aunque Mila Kunis se apea del reparto (por causas forzosas: estaba embarazada durante el rodaje) y el contrapunto femenino corre esta vez a cargo de Amanda Seyfried.

En esta segunda entrega, Ted se casa con su novia Tamy-Lynn y deciden tener un bebé. Como Ted es un oso de felpa, acude a su mejor amigo (o, para ser más exactos, su compitrueno) para que se ofrezca como donante de esperma. El problema radica en que, para poder ser padre, Ted tiene ser reconocido primero ante las leyes norteamericanas como una persona normal, un ciudadano con derechos, lo cual no parece tarea fácil. Para conseguirlo, acuden a una abogada que le representará ante los tribunales con objeto de determinar si es o no un ciudadano de pleno derecho y puede, por tanto, vivir como los demás y tener su primer hijo.

INCORRECCIÓN POLÍTICA

La irreverencia ha sido la moneda de uso común de Seth MacFarlane en las series de animación que le han dado fama mundial. Tanto Padre de familia como Padre Made in USA (American Dad!, en antena desde 2005) se basan en los tópicos más evidentes del american way of life para mofarse de ellos con inteligencia, humor negro y nula condescendencia. Las cáusticas alusiones a la política del gobierno o la organización de la sociedad se alternan con bromas de trazo grueso (las inevitables chanzas escatológicas) en concentrados episodios de veinticinco minutos que funcionan a la perfección gracias a su ágil ritmo y el recurso a hilarantes flash-backs.

La escuela de MacFarlane, de hecho, es la de la nueva televisión animada. Su primer crédito se remonta a su participación como guionista en Ace Ventura: Detective de mascotas (Ace Ventura: Pet Detective, creada en 1995), aunque se puede afirmar que donde se formó definitivamente fue en Cartoon Network, canal para el que trabajó en episodios de series como Johnny Bravo (1997-2004), El laboratorio de Dexter (Dexter's Laboratory, 1996-2003) y la mítica Vaca y Pollo (Cow and Chicken, 1995-2004). Con solo 24 años, se convirtió en el productor ejecutivo más joven de la FOX, que le dio carta blanca y un generoso presupuesto para poner en marcha una nueva serie. Así nació el piloto de Padre de familia, que se emitió el 31 de enero de 1999. Una serie que podría contemplarse como el reverso de Los Simpson si no fuera porque, en realidad, ambas consolidan el status quo sobre el que ironizan.

La carrera televisiva de MacFarlane no había hecho más que empezar. El éxito de Padre de familia le permitió poner en marcha nuevas series como la ya citada Padre Made in USA o, más tarde, The Cleveland Show (2009-2013), un spin-off de Padre de familia. También sería el productor ejecutivo de The Winner (en antena desde 2007), show de imagen real protagonizado por Rob Corddry, e iniciaría una variada serie de colaboraciones en diversos seriales televisivos (de Las chicas Gilmore a Star Trek: Enterprise). Pero el verdadero reto era dar el salto a la gran pantalla. Y llegó en 2012, con Ted.

La película fue un éxito en taquilla, pero también recibió una acogida crítica favorable. El humor salvaje de MacFarlane se atemperaba por razones obvias, pero la historia de amistad entre Mark Wahlberg y un oso de peluche vivo, drogota, putero y malhablado funcionaba como metáfora del síndrome de Peter Pan que aqueja a muchos treintañeros tardíos, incapaces de asumir la madurez. El final feliz, obligatoria boda mediante (el símbolo por antonomasia del compromiso para el cine americano), no lo era tanto si se tiene en cuenta que la presencia de Ted en la vida de la pareja protagonista resultaba ineludible en el futuro. Un discurso de aceptación quizá simple, pero de probada eficacia, aliñado con unos cuantos chistes afortunados y dinámicos recursos genéricos.

SUBIR LA APUESTA

Quizá envalentonado por los resultados obtenidos, MacFarlane emprendió un nuevo proyecto de largometraje, titulado Mil maneras de morder el polvo (A Million Ways to Die in the West, 2014). La película seguía la conocida fórmula de aplicar una serie de gags a un género cinematográfico muy codificado, en concreto el western. Una parodia, por tanto, que conjugaba los chistes sexuales y escatológicos habituales en el creador de Padre de familia con la puesta en solfa de las claves esenciales del cine sobre el Lejano Oeste, con el evidente modelo de Sillas de montar calientes (Blazzing Saddles, Mel Brooks, 1974), y con un resultado que tampoco quedaba lejos del logrado por Mel Brooks cuarenta años atrás.

Más allá de algunos (pocos) chistes afortunados, MacFarlane nunca llegaba a cuestionar de ningún modo el espacio (ni el físico ni el mitológico) en que había decidido situar a sus personajes, y quedaba la sensación de que podría haber aplicado las mismas bromas (o muy similares) a un film de gangsters o de ciencia-ficción. El otro problema grave de la película afectaba al ritmo: No es lo mismo mantenerlo en los veinticinco minutos de un episodio televisivo que en dos horas de interminable metraje. Y al final, Mil maneras de morder el polvo no era más que una retahíla de chistes de bar y un puñado de cameos (algunos, por cierto, bastante jugosos). Muy poca cosa, en cualquier caso, viniendo de quien venía.

Así que MacFarlane ha reculado para regresar a territorio seguro, recuperando a un personaje que cuenta con las simpatías del público y que le sirve nuevamente para vehicular un epidérmico comentario sobre los derechos civiles. El relleno humorístico e trazo grueso está garantizado, pero también las risas. Quizá la recuperación del personaje de Giovanni Ribisi y la trama de secuestro de la primera parte sobra (y prolonga innecesariamente el metraje), puede que la tensión en el montaje y el ritmo narrativo no sean sus mayores virtudes, incluso es posible que el recurso a la incorrección política se haya convertido en un gancho fácil, pero los momentos cómicos pueden compensar el hecho evidente de que, con tres películas a la espalda, Seth MacFarlane es un creativo que se mueve mejor en las distancias cortas.

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