X AVISO DE COOKIES: Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Aceptar Más información
Viernes 7 octubre 2022
  • Valencia Plaza
  • Plaza Deportiva
  • Cultur Plaza
culturplaza
Seleccione una sección de VP:
CRÍTICA DE CINE

Tomorrowland
Isaac Asimov meets Frank Capra

CARLOS AIMEUR. 20/05/2015

VALENCIA. No son buenos tiempos estos para la originalidad. No son precisamente los mejores. El dinero siempre tiene miedo y en cine el dinero es la base de todo la industria. Hay que convencerle de muchas cosas, cierto, pero que una película tan convencional, tan amable, tan fácilmente vendible como Tomorrowland haya tenido que negociar aspectos básicos como sus localizaciones de rodaje, habla muy a las claras de cuán asustada está la industria. Tanto que casi habría que hablar de la agorafobia de Hollywood, incapaz de salir a la calle a la búsqueda de nuevas propuestas. Nadie apuesta. Así que Tomorrowland se puede considerar una insólita superproducción en unos tiempos en los que las ideas relativamente nuevas se abren camino difícilmente. Una rara avis para el mainstream.

Daba las gracias Brad Bird este martes en Valencia a los directivos de Disney que autorizaron que la película viajara a esta ciudad. Y uno no puede menos que preguntarse cómo es posible que alguien dudara. Es cierto que su fantasía no es secuela, no está basado directamente en ninguna obra concreta ni en cómic alguno, y constituye una moneda al aire; es creación en el sentido estricto del término. Pero nada de lo que propone es especialmente arriesgado, nada de lo que muestra es susceptible de crear enemistades y es imposible que nadie se ofenda con ella. Es jugar a rojo o negro, a par o impar. Las probabilidades de perder son mínimas.

Por si fuera poco, su aspecto formal es canónico. La película está filmada con una gran solvencia por Bird y su director de fotografía Claudio Miranda. Constituye toda una lección de caligrafía cinematográfica. La cámara está siempre dónde tiene que estar y responde a lo que el espectador quiere ver. No oculta, no se pierde en digresiones, no ahonda... Y todo ello permite que el hábil y también modélico guión de Bird y Damon Lindelof (modélico de seguir modelos, no de bueno) se desarrolle con naturalidad, fluido, sin decaer de manera abrupta en ningún momento. El artificio funciona. Sin aspavientos, pero parece que funciona. Al menos de entrada.

Pero sobre todo destaca por su concepción como producto comercial. Como le ocurría en sus largometrajes Ratatouille y Los increíbles, Bird encuentra en Tomorrowland el tono perfecto Disney, ese punto de sencillez e imaginación que permite al espectador adulto disfrutar con complicidad de una trama infantil sin dobles sentidos. Ya lo dijo el propio cineasta: Le gustan las películas que le gustan a los niños. Como las de dibujos.

De hecho, se podría decir que muchas de las secuencias de Tomorrowland beben directamente de ese universo, del de la animación. En ocasiones es una cinta de ese género, con secuencias tan divertidas y prototípicas del género como la de la mochila, que inevitablemente remite a esa obra maestra que es Steamboy (2004), de Katsuhiro Ōtomo, que a su vez bebía de Rocketeer, el personaje de Dave Stevens. Otro de los grandes momentos de la película, el primer viaje a Tomorrowland de Casey Newton, está talmente extraído del cine de animación, con ese efecto tan conocido de cambiar el fondo sin cambiar el personaje. No es malo per se. A fin de cuentas al final todo viene de alguna parte y como decía Isaac Newton, todos nos tenemos que subir a hombros de gigantes. Es pasar la llama.

DE LA EMOCIÓN AL EMPALAGO

Eficaz, en ocasiones emotiva y hasta intensa, en otras insufrible, Tomorrowland se presenta como un film fantástico pero ésa es la mayor mentira de toda la publicidad. Porque Tomorrowland es cierto que juega con las constantes y excesos de la ciencia ficción, incluyendo algunas de sus convenciones, pero por encima de cualquier otra cosa es una historia de amor, imposible como todas las historias de amor que merecen ser contadas. Más allá de su mensaje optimista sobre el futuro de la humanidad, sobre cómo podemos construir nuestro destino, el guión gira y se mueve a partir de un conflicto romántico, tan tierno como emotivo, tan brillante como dulce, un hallazgo con momentos dignos de ser recordados y otros muy empalagosos.

La filosofía de la película es un compendio de lo mejor y más ingenuo de Estados Unidos, una acumulación de tópicos atractivos pero difíciles en ocasiones de asimilar por los europeos. Está ahíta de esperanza, de fe en el ser humano, de bondad, de comprensión, tanta que nace ser escéptico ante ella. Ni siquiera la salva esa hermosa historia de amor antes mentada, protagonizada por el auténtico tesoro del film, una Raffey Cassidy que parece destinada a grandes cumbres. Como escribió William Goldman cuando vio por primera vez actuar a Leonardo di Caprio, por el amor de Dios, que no le pase nada. Y por favor, que le den mejores guiones.

Tomorrowland cuenta con algunos méritos, como su punto justo de comedia, aunque no acaba de funcionar en gran parte por la elección de George Clooney como de Britt Robertson como partenaires. Ambos funcionan por separado, pero con la dosis justa de química cuando están juntos, insuficiente para mantener el duelo y debate prototípico de este producciones. Sus diálogos recuerdan a los de Mr. Increíble y su mujer Elastigirl en parodia. Esta falta de sincronía se traduce en que la película se vuelve pesada. La constante presencia de la pareja en la pantalla no transmite nada y muchas de sus secuencias juntos se vuelven completamente prescindibles. Todo ello hace que resulte más larga de lo debido.

Puro espíritu americano, Tomorrowland es un largometraje que bebe a partes iguales del talento narrativo de Isaac Asimov y su Fundación y de Frank Capra y sus Horizontes perdidos (1937). No bebe directamente, claro, sino como inspiración. Hay ecos sonoros y reconocidos por el propio director en la secuencia de la tienda. Hay ecos por todas partes. Porque Bird es un cineasta inteligente y sabe que el primer paso para encontrar la propia voz es reconocer la de tus maestros.

En Valencia habló de Veinte mil leguas de viaje submarino (Richard Fleischer, 1954), y también cabe pensar en Planeta prohibido (Fred M. Wilcox, 1956) y sobre todo Ultimátum a la tierra (Robert Wise, 1951), cuyo mensaje final es muy parecido al de Tomorrowland.  Tres películas de los años cincuenta. Tres películas de la era dorada de la ciencia ficción. No en vano el primer título que se barajó para Tomorrowland fue precisamente 1952. Toda una declaración de intenciones. Ante eso es imposible no tenerle simpatía. Tanto que se te olvida el olor a naftalina.

Comparte esta noticia

1 comentario

marc escribió
21/05/2015 18:09

excelente artículo, Carlos, un placer leerte.

Escribe un comentario

Tu email nunca será publicado o compartido. Los campos con * son obligatorios. Los comentarios deben ser aprobados por el administrador antes de ser publicados.

publicidad
publicidad
C/Roger de Lauria, 19-4ºA · Google Maps
46002 VALENCIA
Tlf.: 96 353 69 66. Fax.: 96 351 60 46.
redaccion@valenciaplaza.com
quiénes somos | aviso legal | contacto

agencia digital VG