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El estado del diseño valenciano

XAVI CALVO. 18/05/2015 Ningún organismo público nacional ni local gestiona las competencias del diseño tras el desmantelamiento de la Sociedad Estatal para el Desarrollo del Diseño y la liquidación del Impiva

VALENCIA. Valencia ha sido históricamente cuna de grandes diseñadores, con épocas doradas durante la Segunda República y en los años posteriores a la Transición (tiempos de apertura cultural, no es casualidad). Y apuesto a que seguirá aportando excelentes creativos, aunque sea por inercia pese a tener el viento en contra, y mucho se debería torcer el ya malogrado panorama cultural valenciano para que se terminase por disolver esta especie de talento local.

Dicho esto hay que matizar que el diseño, como disciplina, y por mucho gran profesional que tenga entre sus filas, goza de salud en sociedades en las que es reconocido, y esto es gracias al impulso de instituciones y organismos oficiales (ciencia ficción en la Comunitat Valenciana). En lo político, el diseño valenciano gozó de una suerte de aciertos durante los años 80: quienes ocupaban entonces cargos en la Generalitat eran sensibles a temas de diseño e innovación. Se impulsó el diseño, y como consecuencia la empresa valenciana se vio reforzada para competir fuera.

Tres décadas después, el declive se debe a la incompetencia de unos gobernantes que en años de bonanza no planificaron ningún tipo de estrategia, derribando así unos cimientos bien construidos y derivando en una sociedad inmunizada al mal diseño. Como decía Paul Rand, «el público está más familiarizado con el mal diseño que con el buen diseño, de hecho está condicionado a preferir el mal diseño porque es con lo que convive».

En la Comunitat Valenciana el diseño es una profesión joven. Sin ir más lejos, la Asociación de Diseñadores de la Comunitat Valenciana tiene tan sólo 30 años, mientras que el Foment de les Arts i del Disseny catalán o la asociación profesional norteamericana Aiga ya han superado sus centenarios. Es una situación que varía según la madurez de la sociedad de cada país, pero sobre todo según el apoyo institucional. La veteranía de los profesionales, junto a políticas estatales, hacen que otros países de nuestro entorno sí que cuenten con consolidados planes de apoyo al diseño. Una política estatal de diseño debería conformarse por un conjunto de acciones a nivel nacional (desde exposiciones o publicaciones a medidas económicas en apoyo a las empresas para que incorporen el diseño) que promocionasen el diseño y a los diseñadores tanto en España como en el extranjero.

En el Reino Unido, el Design Council fue creado por Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial para ayudar al país a recuperarse. Setenta años después, el diseño está normalizado allí, gozando de salud, con excelentes profesionales, las mejores escuelas y un reconocimiento a nivel general (incluso hay realities en la televisión sobre diseño).

Volviendo al declive español, ningún ministerio ni organismo gestiona las competencias del diseño tras el desmantelamiento en 2010 de la Sociedad Estatal para el Desarrollo del Diseño y la Innovación, y este 2015, el Ministerio de Economía y Competitividad ha decidido no otorgar el Premio Nacional de Diseño e Innovación (quedarán pues vacantes los Premios de Diseño e Innovación 2014, aunque se han vuelto a convocar para la edición del año que viene). A nivel local, en 2012, la Generalitat Valenciana liquidó el Impiva, con lo que desaparecía con ello el organismo que, treinta años atrás había organizado e impulsado el diseño valenciano. No es un tema de color político, sino de capacidades e instinto.

Y la mala noticia es que ahora que han hecho invisible el diseño en sus políticas culturales o de innovación, no parece haber una oposición sensible con ello (ni cultura del diseño en la población ni interés político, una pescadilla que se muerde la cola). Como conjunto, necesitamos políticas públicas para el diseño, cuyos beneficios no sólo se verán en el tejido empresarial sino en una sociedad más madura y con espíritu crítico.

Hasta entonces, a los diseñadores nos queda no sólo el pataleo, sino el trabajo de continuar organizando todo tipo de actividades en torno al diseño para normalizarlo lo más posible entre la ciudadanía y recorrer el camino inverso, y costoso, para llegar a unos políticos insensibilizados.

 

(Artículo publicado en el número de marzo de 2015 de la revista Plaza) 

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