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TV EN SERIE - ENERO 2015

Borgen: Algo huele a podrido ¿en Dinamarca?

TERESA DÍEZ. 24/03/2015

VALENCIA. En 1973, el político danés Mogens Glistrup, líder del Partido del Progreso, consiguió que su partido fuera el segundo más votado en las elecciones generales. Una de sus propuestas más excéntricas era sustituir el Ministerio de Defensa y el de Asuntos Exteriores por un contestador automático diciendo en ruso que Dinamarca se rinde. Y en España seguimos pensando que Dinamarca es fría y aburrida.

En cuanto a sus series de televisión la realidad es igualmente apasionante: en Jutlandia, la diminuta península del norte de Europa con forma de dedo meñique del pie, un país de menos de seis millones de habitantes ha sacado a la luz algunas de las ficciones más inolvidables de la década. El estreno en 2007 de la serie Forbrydelsen catapultó a la fama a su televisión pública, DR1, ya no sólo por sus arrolladoras ventas internacionales y audiencias en países de gran nivel televisivo como Gran Bretaña, donde Forbrydelsen es ya un fenómeno de culto, sino porque se convirtió en el primer remake danés en Norteamérica, renombrado como The Killing por la cadena AMC.

Tras Forbrydelsen se abrió una época dorada para su ficción con ejemplos como la coproducción sueco-danesa Bron, otro drama policial adaptado también en EEUU como The Bridge , la más reciente miniserie histórica 1864, y el drama político Borgen, la siguiente obra más aclamada en tierras anglosajonas, protagonizada por la ficticia Birgitte Nyborg, primera mujer que logra ostentar el cargo de Primer Ministro en la historia de Dinamarca. 

Casualidades del destino, la Primer Ministro de la ficción se anticipó a la de la vida real con un año de diferencia, ya que desde octubre de 2011 la líder socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt gobierna el país más impoluto según el ranking de percepción de la corrupción mundial. Aunque el término percepción no es lo mismo que realidad. Por alguna razón la opinión pública danesa parece haber olvidado, como comprobamos en Salvados esta temporada que el famoso político antes citado, Mogens Glistrup, cumplió condena por fraude fiscal en uno de los juicios más mediáticos ocurridos en Dinamarca durante los años 80. O que el marido de la actual Primer Ministro fue pillado engañando a Hacienda y se vio obligado a pedir disculpas y dejar su trabajo para mantener a Dinamarca en su posición de liderazgo en los dichosos rankings, no vaya a ser que califiquen a los daneses también de PIGS y se monte un lío de dimensiones estratosféricas.

Helle Thorning-Schmidt, la primera mujer en gobernar Dinamarca, junto con Barack Obama

Es obvio que hasta en Dinamarca huele a podrido cuando el viento viene de cara. Otra cosa es cómo se enfrentan al problema. Aquí es donde entra en escena la protagonista de la serie Borgen Birgitte Nyborg, líder del partido moderado danés que alcanza la presidencia del Gobierno bajo un complejo gobierno de coalición. Su personaje bien podría haber sido escrito por el afamado guionista Aaron Sorkin, creador de El Ala Oeste de la Casa Blanca, en vista del fuerte idealismo que destila en sus primeros episodios. Aunque novata en la tarea de gobernar, su personaje es enormemente inteligente, de intenciones nobles, ideas frescas y ética incuestionable, como lo fue Jed Bartlet, el Presidente del Gobierno norteamericano en la serie de Sorkin, o como nos puede parecer en la actualidad cualquier líder novedoso al que le oyéramos decir frases como ésta:

Birgitte Nyborg: "Si vamos a construir juntos una nueva Dinamarca, debemos inventar una nueva forma de hacer política" (Borgen)

En la primera temporada, el guionista Adam Price supo dibujar en ella un arco francamente estimulante para el espectador según se marcaban las cicatrices de su carrera política. Ante cualquier mínima incompatibilidad o información privilegiada, Birgitte Nyborg es más papista que el Papa y corta de raíz cualquier asunto que pudiera convertirse en turbio en manos de la prensa. Pero aún así le brotan como champiñones y las consecuencias recaen en sus colaboradores, unas veces responsables de los desaguisados y otras veces no, o en su propio marido, cuya carrera profesional se ve truncada por mantener la de ella, anticipándose una vez más a lo que le ha ocurrido en la vida real al marido de la verdadera Primer Ministro danesa.

A medida que transcurren los episodios, su personaje va evolucionando políticamente y aprende a moverse entre aliados y adversarios hasta moldear su carácter y convertirla en una gobernante dispuesta a todo por mantenerse en el poder, más cerca en este punto del Frank Underwood de House of cards que del Jed Bartlet de El Ala Oeste de la Casa Blanca. Porque por alguna razón el poder engancha como el tabaco y Birgitte Nyborg comienza a jugar progresivamente un papel fabricado de cara a la galería cada vez más lejos de la persona real, sin llegar a la insistente colección de fotografías cotidianas de Pedro Sánchez en las redes sociales, pero casi.

En contraposición se sitúa la prensa, en realidad la verdadera antagonista a perpetuidad, como tiene que ser en una democracia saludable. La periodista televisiva Katrine Forsmark, la Ana Pastor danesa pero en rubia, representa el papel de reportera tocapelotas, presentadora incómoda y periodista de investigación que saca a la luz los deslices del gobierno o de cualquier miembro de la oposición. Para sujetar a la «bestia», la Primer Ministro cuenta con un ladino asesor de comunicación, Kasper Juul, el spin doctor que sabe cómo sacar provecho a los errores de sus oponentes políticos y convivir con la prensa, de la que unas veces rehúye y otras necesita.

Katrine: "Eres bueno para mantener las cosas divididas. Puedes escribir discursos sinceros y seguir actuando como un cínico" (Borgen)

Decía Lenin que la verdad es buena, pero el control es mejor, una cita muy adecuada que se nos recuerda durante la serie. Los sistemas de control y entre ellos el acicate de la prensa, junto al nivel de transparencia en Dinamarca, probablemente sean parte de la clave por la que sus juzgados no están saturados por casos de corrupción, y que el olor a podrido no sea más que consecuencia de no haber sacado la basura tan a menudo como deberíamos. Tenemos mucho que aprender de Dinamarca. Y de su ficción.

(Este artículo se publicó en el número de enero de la revista Plaza) 

 

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