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LA PANTALLA GLOBAL

Cine con orgullo gay

EDUARDO GUILLOT. 20/03/2015 El estreno de ‘Pride' (Matthew Warchus) devuelve la presencia de la comunidad homosexual a primer plano de las pantallas comerciales

VALENCIA. Verano de 1984. Margaret Thatcher es Primera Ministra del Reino Unido y las huelgas salpican la geografía del país. Entre ellas, la convocada por el Sindicato Nacional de Mineros. Durante la tradicional manifestación del Orgullo Gay en Londres, un grupo de gays y lesbianas se dedica a recaudar fondos para ayudar a las familias de los trabajadores, pero el sindicato no acepta el dinero del colectivo homosexual, que decide entonces ponerse en contacto directo con los mineros en su pueblecito de Gales. Allí se unirán dos comunidades totalmente diferentes por una causa común.

Una historia real que ha encontrado adaptación cinematográfica en Pride (Matthew Warchus, 2014), una de las feel good movies de la temporada, merced al tema que aborda y a una banda sonora que incluye a Queen, Pet Shop Boys, The Smiths, Soft Cell, Culture Club, Bronski Beat o Frankie Goes to Hollywood, entre otros.

La película es uno de los numerosos ejemplos de la normalizada presencia de personajes homosexuales en el cine contemporáneo, pero no hay que remontarse muy atrás para comprobar que no siempre fue así. De hecho, en Hollywood la homosexualidad estuvo prohibida de manera estricta hasta 1961, ya que se incluía en la categoría de perversiones sexuales del tristemente famoso Código Hays, creado por la asociación de productores estadounidenses y redactado por el líder republicano William H. Hays en 1930, aunque se empezó a aplicar cuatro años más tarde, y no sería derogado en su totalidad hasta 1967. Durante ese largo periodo de tiempo, el cine americano tuvo que enmascarar la presencia de gays y lesbianas en sus películas, tal como explica el excelente documental El celuloide oculto (The Celluloid Closet, Rob Epstein y Jeffrey Friedman, 1995).

UN LARGO CAMINO

No son pocos los títulos comerciales que tuvieron que tratar con ambigüedad la condición sexual de alguno de sus protagonistas para evitar problemas, como La gata sobre el tejado de zinc (Cat on a Hot Tin Roof, Richard Brooks, 1958) o El zurdo (The Left Handed Gun, Arthur Penn, 1958), poniendo de manifiesto el timorato sentido de la moral del cine americano, que durante años se limitó a exhibir personajes afeminados para ridiculizarlos o tratarlos como desviados, mientras que en Europa películas como Cero en conducta (Zéro de conduite: Jeunes diables au collège, Jean Vigo, 1933) ya habían mostrado una tácita relación amorosa entre dos escolares de un internado. En Estados Unidos hubo que esperar a que se revisara el código de censura y se permitiera la homosexualidad "y otras aberraciones" a condición de hacerlo "con cuidado, discreción y comedimiento". Así fue como William Friedkin pudo rodar Los chicos de la banda (The Boys in the Band, 1970), la primera cinta americana que trató exclusivamente de personajes homosexuales.

En Europa, como se ha dicho, las cosas siempre fueron diferentes, y aunque muchas de ellas no llegaran a la España franquista, las películas con presencia homosexual fueron apareciendo con cierta regularidad, como la francesa Les amitiés particulières (Jean Delannoy, 1964), cuya franqueza generó un gran escándalo (y su prohibición en Estados Unidos), pero abrió el camino que permitiría la llegada de la alemana El joven Törless (Der jünge Törless, Volker Schlöndorff, 1966), la británica If... (Lindsay Anderson, 1968), la húngara Los muchachos de Saint Paul (A pál utcai fink, Zoltán Fábri, 1968) o la italiana Muerte en Venecia (Morte a Venezia, Luchino Visconti, 1971). Todas ellas fueron fundamentales para dar visibilidad a un colectivo que había sido marginado por el cine, pero no eran películas realizadas desde la militancia.

EL EMPUJÓN INDEPENDIENTE

Esa condición reivindicativa llegaría pronto, de la mano de directores relacionados con el activismo. El inglés Derek Jarman, con cintas como Sebastián (Sebastiane, 1976) o Caravaggio (1986), y el estadounidense Kenneth Anger, autor de provocativos cortos underground de corte experimental como Fireworks (1947) o Scorpio Rising (1964), personifican una mirada militante heredera de la vena poética de las incursiones fílmicas de Jean Cocteau, que tendría otros representantes de altura, como el alemán Rainer Werner Fassbinder, cineasta bisexual que abordó el tema en numerosas ocasiones, desde La ley del más fuerte (Faustrecht der Freiheit, 1975) hasta Querelle (1982). Por entonces, el cine americano aceptaba la presencia homosexual en títulos como la comedia Algo más que colegas (Partners, James Burrows, 1981) o el thriller A la caza (Cruising, William Friedkin, 1980), que despertó las iras del colectivo gay por los mismos motivos que lo haría años más tarde El silencio de los corderos (Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991).

El cine mainstream estadounidense terminaría por asumir la presencia gay cuando el sida llegó a la gran pantalla Títulos como el telefilm En el filo de la duda (And the Band Played On, Roger Spottiswoode, 1993) o la popular Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) ofrecían un discurso susceptible de ser aceptado por el gran público y con exento de condescendencia, al contrario de lo que había hecho Miradas en la despedida (Parting Glances, Bill Sherwood, 1986), una de las primeras películas del denominado New Queer Cinema, activo movimiento que en sus inicios contaría con el excelente trampolín que supuso el Festival de Sundance.

De hecho, los directores del New Queer Cinema reaccionaban al edulcorado tratamiento que recibía el colectivo homosexual por parte de la gran industria. Su apuesta entroncaba con la cultura queer y comenzó a definirse en películas más radicales, como La radio pirata (Young Soul Rebels, Isaac Julien, 1991), Poison (Todd Haynes, 1990) o Swoon (Tom Kalin, 1992).

Productoras como Killer Films, dirigida por la incansable Christine Vachon, fueron clave para dar voz a estos cineastas, que además terminaron por triunfar en todo el mundo gracias a títulos como Boys Don't Cry (Kimberly Peirce, 1999), que le reportó el Oscar a Hilary Swank, o Lejos del cielo (Far from Heaven, Todd Haynes, 2002), la magistral relectura del arquetípico melodrama Solo el cielo lo sabe (All That Heaven Allows, Douglas Sirk, 1955) que protagonizó Julianne Moore.

ENTRE MUJERES

La historia del cine gay es, por extensión, la del cine lésbico, casi punto por punto. También tiene su excepciones tempranas, como la sugerida relación entre Louise Brooks y Alice Roberts de La caja de Pandora (Die Büsche der Pandora, G. W. Pabst, 1928). O las alusiones más o menos veladas en títulos como Rebeca (Rebecca, Alfred Hitchcock, 1940), La calumnia (The Children's Hour, William Wyler, 1961) o La casa encantada (The Haunting, Robert Wise, 1963). No obstante, hay analistas que sostienen una teoría según la cual el cine ha sido más indulgente a la hora de mostrar amores sáficos por su condición de industria machista y, por tanto, tendente a la pulsión voyeurista masculina.

Nuevamente hay que buscar las primeras muestras claras de lesbianismo fílmico en Europa, ya sea en la griega Los abismos (Les abysses, Nico Papatakis, 1963), inspirada en los hechos reales que también servirían a Jean Genet para escribir Las criadas; en títulos de Ingmar Bergman como El silencio (Tystnaden, 1963) o Persona (1966); o en la controvertida La religiosa (Suzanne Simonin, la religieuse de Diderot, Jacques Rivette, 1966), retenida por la censura durante un año, mientras que en Estados Unidos sería Robert Aldrich quien rompiera definitivamente la baraja con la magnífica El asesinato de la hermana George (The Killing of Sister George, 1968). A partir de los años setenta, llegarían el cine de explotación y el softcore, que propiciaron la proliferación de escenas lésbicas en infinidad de films de usar y tirar.

Sin embargo, y pese a la evolución paralela que ha tenido la visibilidad gay y lésbica en la gran pantalla, los títulos de mayor relevancia popular en la historia del cine homosexual siguen siendo, en su gran mayoría, los protagonizados por parejas masculinas. También en este terreno queda mucho camino por recorrer hasta alcanzar la igualdad.

Quizá sea el siguiente paso después de haber conquistado, al menos en cierta medida, una visibilidad que, en ocasiones, incluso se traduce en notables cifras de taquilla (como en el caso de Brokeback Mountain, Ang Lee, 2005), pero que hasta no hace mucho tiempo le había sido negada al colectivo homosexual en el cine convencional.

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