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Darío Adanti: "Provocar
es parte de la función
social del humorista"

C. AIMEUR/ FOTO: J. L. LAGARDERA. 05/03/2015 El dibujante, uno de los fundadores de 'Mongolia', participa en la Circumvention Tech Festival que se celebra en Valencia hasta el viernes

VALENCIA. Es Gengis Kahnes (sic) en la revista satírica Mongolia, según su página de Facebook. Según su Twitter, es "otro argentino en Madrid". Pero Darío Adanti (Buenos Aires, 1971) es eso y mucho más, porque también es el dibujante del celebrado cómic Mis problemas con Amenábar, ha sido colaborador habitual de El Jueves, ha ilustrado en los principales medios nacionales, ha escrito y dirigido cortometrajes...

Adanti estuvo este miércoles en Valencia para tomar parte en la Circumvention Tech Festival que se celebra en Las Naves hasta el viernes y que reúne a unos 500 especialistas de distintos campos para abordar los derechos digitales, y la lucha contra la censura y la vigilancia en Internet. Adanti intervino en la mesa redonda sobre el estado de las Libertades en España, y durante su intervención expuso su experiencia a lo largo de estos años, sobre todo con la revista Mongolia, que se financia principalmente por suscripcciones, y que este 23 de marzo cumple tres años en la calle.

–Decía el maestro Azcona que el humor es la única arma del pobre contra el poderoso.
–No le faltaba razón. Nosotros nos planteamos así la sátira. Cuando nos juntamos para crear la revista hicimos un decálogo que lo sacamos en el Libro rojo de Mongolia. Esa idea la incluimos y para plasmarla me inspiré en un fragmento de Martín Fierro [un poema narrativo argentino, escrito en verso por José Hernández en 1872]; mira tú qué postmoderno (ríe).

–Eso me lo tiene que explicar.
–Cuando al Martín Fierro lo rodea la patrulla de frontera, él se baja del caballo con el cuchillo y lo rodean cuatro o cinco militares. Cruz, el jefe de la partida de milicos, dice: ‘No, así no se mata a un valiente'. Y se pone de su lado y huyen juntos. Entonces, cuando estábamos redactando el decálogo, me acordé de esta frase que me había dicho un jefe en un diario porteño en el que trabajaba. Acto seguido me apuntó que siempre había que tener muy presente la relación de poder, donde estaba uno y donde estaba el que uno critica. Así que pusimos que si tú, en la sátira, te ríes del que tiene el mismo poder que tú, eres un gracioso; si te ríes del que tiene menos poder, eres un poco hijo de puta, como el señorito que se burla de la criada; y si te ríes de alguien que tiene más poder, eres un valiente.

–Y eso se lo marcaron a fuego en la revista.
–Si queríamos hacer una revista de sátira política, teníamos que meternos con los que tienen más poder. También están los matices. No siempre el tema del chiste es donde apunta el chiste. Creo que estamos en una época en la que la gente se ha desacostumbrado a entender la ironía. Tú haces un chiste sobre los pobres para criticar a los ricos y te pones la camiseta de los ricos para hacerlo... pero como el chiste va sobre los que no tienen dinero, hay gente que no entiende la ironía y te ataca: ‘Te estás metiendo con los pobres'. Y te llaman fascista.

–¿Les ha pasado mucho eso, que no capten su ironía?
–Sí, mucho. Con varios temas. Cuando haces chistes sobre temas sensibles como enfermedades mortales, inmigración... hay un sector de la población con una especie de progresismo emotivo, pero que no ha llegado a madurar intelectualmente, que te puede llegar a atacar porque no le gusta el humor negro y te acusan enseguida de muchas cosas. Por ejemplo, nosotros nos podemos reir de la señora Ana Mato, o del ministro del Interior [Jorge Fernández], pero no lo hacemos del inmigrante que muere en las costas. Eso hay gente que no lo entiende.

–¿A qué atribuye esa incomprensión?
–Creo que se ha perdido el humor negro español, una tradición que viene de antiguo, de Quevedo, de antes de él, que iba en contra de la moralidad impuesta por la religión católica en España. Incluso en el franquismo el humor negro era brutal, con Azcona que antes me citaba, con Berlanga. El humor negro es brutal en España.

–En el caso de Berlanga es un humor basado en el realismo.
–Totalmente. Yo recuerdo haber estado viendo una película de él en Estados Unidos, no sé si Plácido (1961), y que me comentaran los norteamericanos: ‘¡Qué surrealista!'. Y yo decirles: ‘No, no... ¡Es costumbrismo!'. El problema es que en los años noventa las clases medias y bajas accedimos a cierto nivel adquisitivo, y se nos coló esa cosa burguesa que es la corrección política, y se perdió mucho el humor negro, algo que me parece casi cultural, que tenemos que defender. La gente que se indigna por una portada de nuestra revista es la misma que en el bar cuenta un chiste negrísimo, o lo ríe si se lo dicen en la intimidad o se lo envían por WhatsApp.

–¿Cómo les afectó el ataque de los integristas a Charlie Hebdo y el asesinato de sus dibujantes?
–Nos quedamos superpasmados, la verdad. Uno nunca espera que unos terroristas quieran atacar a unos humoristas. A mí me indigna mucho la politización posterior por parte de los gobiernos occidentales. Lo que me pregunto es por qué ahora como medida de protección proponen el control de la entrada de inmigrantes. ¡Pero si los dos terroristas eran franceses nacidos en París...! Es una gilipollez lo que están diciendo. Lo que sí que hay que preguntarse es por qué una minoría musulmana, después de toda una historia de descolonización, por qué después de tres generaciones de musulmanes nacionalistas laicos, por qué ahora los nietos de aquellos que se independizaron abrazan el yihadismo.

–¿El humor debe tener siempre sentido político?
–No siempre, igual que no siempre tiene que ser gracioso. El chiste en el fondo es una miniestructura narrativa. En muchas ocasiones, cuando escribes un chiste corto tienes que pensarlo más porque que la coma vaya acá o allá hace que tenga más gracia. A veces esperan que uno como humorista tenga detrás una ideología, y eso no es siempre así. Tú puedes tener intereses estéticos, no de la estética pura, sino de la estética del chiste. A mí hay chistes malos que me gustan cómo el de ‘iban dos y se cayó el de en medio', pero porque me gusta la estructura tan simple que me parece maravillosa. A veces se te ocurre un chiste muy negro muy negro cuya gracia es la provocación, como pasa con Ricky Gervais.

–Y usted es partidario de eso.
–Creo que provocar e incomodar a los lectores es parte casi de la función social del humorista.

–¿Qué busca el humorista?
–No sólo hace reír. El posthumor, por ejemplo, no busca la risa, sino que a veces intenta provocar la vergüenza ajena, la indignación... La risa de los homínidos era una forma de avisar que se estaba en medio de un juego. La empleaban para enseñar a pelear a los pequeños. Entonces reían y así sabían que era un juego, no una pelea. Creo que fue Mauro Entrialgo el que afirmó que un chiste es la ficción de una agresión. La única respuesta posible ante esa agresión es otro chiste, no cambiar de código. Cuando tú haces un chiste y el otro no entiende que es un juego y se ofende, es como si estuvieras jugando a algo que el otro no quiere y se ofende. De verdad, no sé por qué estamos tan dispuestos a ofendernos. Nos enfadamos en todo momento. Los seres humanos somos un bicho asqueroso. Si hay un humorista que no me gusta no hago campaña en contra de él, no digo que es una mierda, no me ofendo... Simplemente veo a otro humorista.

–Su relación con el Gobierno de Mariano Rajoy no es especialmente mala. No digo con los sectores conservadores, que les atacan, pero el Gobierno no les 'persigue'.
–Sí, es curioso. Creo que en eso, entiéndaseme, el Gobierno de Rajoy está siendo muy listo. Tenemos nuestros troleos por los conservadores, pero desde Moncloa parece que son conscientes que si intentaban censurar una revista de humor les iba a rebotar la pelota.

Efecto Streisand.
–Efectivamente. Eso amplificaría muchísimo más lo que pretendiesen acallar. Nos han ignorado y nos han dado vía libre. Pero igual con la Casa Real. Mira lo que le hicieron a El Jueves con la portada de Manel & Guillermo. Nosotros hemos hecho portadas muchos más bestia y no nos han hecho nada. Creo que salimos en una época que la Casa Real estaba tan cuestionada, por la crisis, por lo que se ha sabido de ella, que arriesgarse a emprender una batalla judicial les habría perjudicado más. No sé, eso sí, qué pasará ahora con la Ley Mordaza.

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