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'LA PANTALLA GLOBAL'

Rock, cámara y acción: músicos que saltan a la industria del cine

EDUARDO GUILLOT. 20/02/2015

VALENCIA. En marzo llega a las pantallas españolas Chappie (2015), la nueva película del director Neill Blomkamp, que se dio a conocer con District 9 (2009) y no tardó en marcharse a Estados Unidos, donde rodó Elysium (2013). Como sus anteriores trabajos, Chappie es un film de ciencia ficción distópica que combina el espectáculo y los efectos especiales con algunos apuntes críticos (siempre muy superficiales) sobre el funcionamiento de la sociedad contemporánea.

En el reparto destaca la presencia de Hugh Jackman y Sigourney Weaver, pero también la de otro par de intérpretes para quienes la película supone su debut en la gran pantalla: Ninja y Yolandi Visser. O lo que es lo mismo: Die Antwoord. Cineasta y grupo, ambos sudafricanos, ya habían colaborado brevemente en 2012, cuando Blomkamp rodó un clip titulado Is it dead? con Visser y una criatura inspirada en el videojuego Halo, que lleva años tratando de adaptar al cine.

Die Antwoord se unen así a la extensa nómina de músicos que en algún momento han dado el paso de ponerse ante la cámara. Una historia que se remonta a los mismos orígenes del rock and roll, cuando las poderosas industrias de la música y el cine (ambas destinadas al entretenimiento) descubrieron que hacer películas con las estrellas era un negocio muy rentable. De inmediato pusieron manos a la obra para idear argumentos que les permitieran cualquier excusa, por peregrina que fuera, para introducir en la acción a los artistas cantando (es decir, promocionando) sus éxitos más conocidos, pero no tardaron en dar un paso más y convertirlos en actores. Se suponía, aunque fuera mucho suponer, que si sabían estar en un escenario es porque sabían actuar. Y el mito fundacional del rock, Elvis Presley, fue el primero que lo hizo.

Presley protagonizó una treintena de películas, mayoritariamente olvidables, y en todas ellas se vio obligado a dejar caer algunas canciones, ya que las bandas sonoras eran una fuente de ingresos tan importante como la taquilla. Inauguró así una larga lista en la que abundan los casos de puro narcisismo, pero también selecciones de casting muy conscientes, que permiten realizar interesantes lecturas de algunas películas a partir de la elección de su protagonista.

En el texto Teoría y práctica del rockumental, el crítico catalán Quim Casas se pregunta: "¿Acaso no puede verse Performance (Nicolas Roeg y Donald Cammell, 1970) como un documento en torno a los desvaríos lisérgicos, sexuales y creativos de Mick Jagger, quien encarna en esta historia de ficción a una estrella británica del rock enfrentada a un gángster psicótico mientras explora sonoridades electrónicas y nuevos estímulos sexuales, toma todo tipo de sustancias alucinógenas y se aventura por la psicodelia?" Según Casas, "deberíamos contemplar Performance como el mejor documental posible sobre Mick Jagger, pese a tratarse de una película en la que, a priori, el cantante de los Stones solo daba rienda suelta a su afán por la interpretación cinematográfica, transmutándose en un personaje que era él mismo reflejándose en el espejo de la ficción". Una interpretación sumamente interesante.

Quizá no sea casual que fuera el mismo Nicolas Roeg quien escogiera a David Bowie para protagonizar El hombre que cayó a la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1976), acentuando su condición de extraterrestre en la escena musical de su tiempo. Y siguiendo con este tipo de análisis, se podría incluso llegar a deducir que Tony Scott volvió a contar con él en El ansia (The Hunger, 1983) para representarlo como un vampiro moribundo, en el ocaso de su existencia. Tentadores paralelismos que permiten fantasear con los posibles significados ocultos que sugiere la presencia en pantalla de las estrellas del rock.

MÁS QUE UN CAPRICHO

Precisamente, tanto Jagger como Bowie tienen carreras bastante longevas en el cine, donde se han permitido interpretar papeles dramáticos sin necesidad de cantar, como le había ocurrido a Elvis. En ambos casos, trataron de legitimarse como actores obteniendo desiguales resultados, ya que mientras los devaneos de Jagger quedaron siempre en mera anécdota, Bowie logró algunas buenas críticas por su participación en títulos como Feliz Navidad, Mr. Lawrence (Merry Christmas Mr. Lawrence, Nagisa Oshima, 1983), donde compartió protagonismo con otro músico, el japonés Ryuichi Sakamoto, o Principiantes (Absolute Beginners, Julien Temple, 1986). También se uniría a la troupe de David Lynch en Twin Peaks: Fuego camina conmigo (Twin Peaks: Fire Walk With Me, 1992) y perdería el decoro en Dentro del laberinto (Labyrinth, Jim Henson, 1986), que ya se sabe que la de los ochenta no fue su mejor década.

Son muchos los que han hecho del cine una carrera paralela, que incluso a veces les ha funcionado mejor que la musical. The Who, por ejemplo, tampoco pasaban por sus mejores momentos en los ochenta, después de haber sido una de las bandas clave del rock inglés de los sesenta y setenta, así que su vocalista, Roger Daltrey, que ya había trabajado a las órdenes de Ken Russell en Tommy (adaptación de la ópera rock del grupo) y Lisztomania (ambas de 1975), decidió centrarse en hacer películas. El legado (The Legacy, Richard Maquand, 1978), McVicar, el enemigo público número 1 (McVicar, Tom Clegg, 1980) o Corrupción en Chicago (Cold Justice, Terry Green, 1989) son solo algunas de los cincuenta títulos en que ha participado.

Otro que se ha prodigado es John Doe, figura capital de la escena punk de Los Ángeles como guitarrista de X, con larga carrera solista, que además ha actuado en más de sesenta películas. En una entrevista realizada en 2005, contaba la experiencia a quien esto suscribe. "Allison Anders me propuso trabajar en su primera película, Border Radio (1987). Fue una experiencia agradable, así que me puse a hacer castings para conseguir papeles, como cualquier otro actor. Algunas veces los consigo, pero la mayoría de ellas, no. En música, tienes que ser la persona que representas, mientras que en las películas encarnas un personaje, y la gente sólo te juzga como actor".

Un caso similar es el de Henry Rollins. Al cantante de Black Flag se le ha podido ver en más de cuarenta películas, entre ellas Carretera perdida (Lost Highway, David Lynch, 1997) o la divertida Con la poli en los talones (The Chase, Adam Rifkin, 1994), pero también Jack Frost (Troy Miller, 1998). Otros cuidan mucho más sus apariciones, ya que no las necesitan para llegar a fin de mes. Es lo que ocurre con Tom Waits, que ha trabajado en treinta films a las órdenes de Francis Ford Coppola, Jim Jarmusch, Héctor Babenco o Terry Gilliam, y también con Bob Dylan, quien parece moverse por impulsos, e igual rueda con el legendario Sam Pekcinpah que se deja embaucar para aparecer en la bochornosa Corazones de fuego (Hearts of Fire, Richard Marquand, 1987). Otro que tampoco anduvo fino en los ochenta.

Debbie Harry (Blondie), con más de medio centenar de films, los raperos Ice T, Ice Cube y Queen Latifah, la incombustible Madonna (que también ha dirigido), Patsy Kensit (Eight Wonder), Meat Loaf, Cher, Adam Ant, Chris Isaak, Kris Kristofferson, Jon Bon Jovi o Sting son otros de los que se han tomado más o menos en serio sus trayectorias actorales, al igual que los franceses Johnny Hallyday, Jacques Dutronc, Serge Gainsbourg y Vanessa Paradis. Aunque ninguno tanto como Mark Whalberg, que comenzó su carrera artística grabando discos de rap bajo el nombre de Marky Mark, pero a principios de los noventa decidió centrarse en el cine, donde se ha labrado una sólida reputación que incluye dos nominaciones al Oscar.

PROBAR NO CUESTA NADA

Muchos otros nunca se plantearon iniciar una carrera como actores, pero no le hicieron ascos a ponerse ante la cámara cuando se lo pidieron. Por ejemplo, Kevin Ayers, que protagonizó la española Percusión (Josetxo San Mateo, 1980). O PJ Harvey, que aceptó el papel de una moderna María Magdalena en The Book of Life (Hal Hartley, 1998). A Jimmy Cliff, por su parte, le bastó una película, la seminal Caiga quien caiga (The Harder They Come, Perry Henzel, 1972), para convertirse en una gran estrella del reggae. Otros, como Whitney Houston, Roland Gift (Fine Young Cannibals) o Art Garfunkel, probaron unas cuantas veces y finalmente lo dejaron. Y los hay que se han pasado la vida haciendo apariciones especiales o breves cameos, como Alice Cooper o Iggy Pop, que incluso protagonizó la española Atolladero (Óscar Aibar, 1995) y hasta rodó un video para apoyar una campaña de crowdfunding de Dario Argento.

¿Y en España? Pues también. Además de los artistas de la canción que participaron en películas con la intención de promocionar sus carreras, desde los años sesenta el fenómeno también ha tenido episodios señalados en nuestro país, empezando por la pareja Pili y Mili, que apareció en ocho films. Miguel Bosé, Javier Gurruchaga o Coque Malla han sido habituales ante la cámara (en el caso de Bosé, también en cintas de producción francesa e italiana), y no hay que olvidar que Alaska fue una de las protagonistas de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980), el debut de Pedro Almodóvar, o que Albert Pla tuvo un papel destacado en A los que aman (Isabel Coixet, 1998).

Pero el caso más delirante, sin duda, fue el de Marta Sánchez, a quien bastó un solo título para pasar a la historia del disparate cinematográfico. ¿O es que ya nadie se acuerda de Supernova (Juan Miñón, 1992)? Se anunció como "la primera y última película de Marta Sánchez", jugando con el doble sentido de la frase, pero la profecía no pudo ser más acertada. Por suerte para todos.

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