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REPRESENTANTE VALENCIANO DE LANG LANG, SOKOLOV, DUDAMEL Y BARTOLI

El hombre de la música: Enrique Subiela

C. AIMEUR/FOTOS: E. MÁÑEZ. 18/02/2015 El valenciano es el agente internacional de música clásica más importante de España; representando a Lang Lang, Gustavo Dudamel, Grigory Sokolov y la diva Cecilia Bartoli

VALENCIA. Está a punto de atardecer. Enrique Subiela (47) se sienta en el piano de su casa, con vistas al antiguo jardín del cauce del río Turia. Sobre el piano las fotografías de sus dos hijos. Ese mismo piano es el que en alguna ocasión ha tocado Lang Lang durante sus visitas a Valencia.

Subiela fue pianista. Dio clases de piano. Ofreció recitales. Hoy organiza los mejores conciertos de música clásica. Es la referencia, el agente del futuro, heredero de otros como Alfonso Aijón, legendario promotor de Ibermúsica, a los que ya supera. Si creyera en el destino, diría que estaba predestinado a la música clásica. Pero él es una persona práctica, realista. Piensa que tuvo suerte y que hizo bien. Aprovechó sus oportunidades. Sin forzar. Tuvo una buena mano y jugó bien sus cartas.

Visto con perspectiva, se podría decir que Subiela comenzó a triunfar a los 21 años de edad, cuando aceptó que había fracasado en su empeño de ser pianista de conciertos. Fue en un curso en Siena. Miró a su alrededor y descubrió a pianistas extraordinarios, de 30 años, mejores que él, según su propia descripción, que «no tenían la vida resuelta».

Exigente, sereno, consciente de sus posibilidades, decidió que no tenía el nivel para ser solista y así se lo comunicó a su familia. «Fue un drama», recuerda ahora en una cafetería cerca de su casa. «Mi familia y todos los que sabían los sacrificios que había hecho no lo podían aceptar», dice. Pero hubieron de hacerlo. Con la misma determinación que le impulsó de pequeño a sentarse varias horas al día delante de las 88 teclas, bajó del tren de la ilusión familiar.

Con Lang Lang en el Camp Nou

LOS GOLPES DE LA FORTUNA

«Es cruel renunciar a tu sueño», explica, «pero le pasa a mucha gente. Tienes que aprender a convivir con la frustración de que no vas a ser lo que querías ser». Y él lo hizo. Subiela, que le gusta emplear símiles a la hora de hablar, se bajó del tren y se sentó en el andén vacío de esta nueva estación de su existencia, y esperó a que llegase otro. «No creo en el destino, creo en los golpes de fortuna», dice, al volver la vista atrás. Y él piensa que supo aprovechar los suyos. Tras un par de años de reorientación personal, su fase nini, reinició su vida con una academia de música, Duetto, sin esperar nada más que el vivir el día a día. Le ilusionó el proyecto y se volcó en él con la misma pasión que había hecho con el piano años antes.

Como complemento y forma de atraer a los mejores docentes, Subiela y sus compañeros de Duetto se afanaron en intentar conseguir conciertos para sus profesores «a nivel local». Fueron unos pocos pero le ayudaron a comprender la dinámica de los espectáculos, cómo organizarlos, cómo financiarlos, cómo hacerlos rentables. En definitiva: conoció por dentro el negocio.

Todo cambió cuando a mediados de los noventa organizó una serie de recitales para la Politécnica de Valencia por el 25 aniversario de la creación de la universidad. Valencia entonces no era sinónimo de nada que no fuese diversión, eran los años de la ruta del bakalao, la que los puristas la llaman ruta destroy, porque hasta para describir a la estupidez hay purismos. Ni se vislumbraban los grandes eventos, la corrupción era un pecado secreto, nadie quería epatar al mundo y Calatravaland sólo era una promesa sobre una maqueta.

Subiela no lo sabía pero acababa de empezar una de las carreras más importantes de la vida musical valenciana de los últimos años. En la sombra, entre bambalinas, organizando, promoviendo, haciendo factible que los mejores visiten España, Valencia. Hoy está considerado como uno de los principales agentes internacionales de música clásica. Su lista de representados es sencillamente impresionante, e incluye a los dos grandes pianistas de nuestro tiempo: el virtuoso Grigory Sokolov y el talentoso Lang Lang.

Con Gustavo Dudamel y Frank Gehry

Pero ¿cómo se llega hasta allí desde una humilde academia en la entonces poco internacional Valencia? Subiela tiene su propia teoría. Habla de los círculos concéntricos de una diana, de membranas que se rompen y de estadios que se han de pasar. Y esa membrana él la rompió con Sokolov. Entonces era sólo un excéntrico pianista ruso que estaba considerado como una promesa. Hoy es, para muchos críticos, el mejor. Desde el principio pianista y ex pianista congeniaron. Sokolov no es una persona extrovertida, precisamente, pero con Subiela se entendía bien. A la primera. Casi con sólo mirarse, como aquel que dice. «Está muy focalizado en su trabajo, muy centrado en la música», asegura.

Tras Sokolov llegó Jordi Savall, un artista con el que ya no mantiene relación pero del que sigue hablando maravillas. «Es un visionario del mundo de la clásica; fue el primero en montar su propia discográfica, capaz de rentabilizar su talento musical. Entendió todo este mercado como una globalidad, con una conciencia clara de su función social».

De la mano de su amigo Luca Chiantore se reencontró con Sokolov. Seguía manteniendo la academia de música, y de hecho llegó incluso a editar un disco de música pop. La agencia de conciertos fue creciendo y la academia era un referente en Valencia. Pero aún faltaba el paso definitivo para la profesionalización completa: cerrar la academia.

LA BUENA REPUTACIÓN

Acabada la década de los noventa, con el fin del pasado milenio, inició su relación profesional con John Elliot Gardiner. Cuatro años después, con el británico saltaría un nuevo estadio, una nueva fase, otra franja de esa diana imaginaria con lo que daría comienzo una segunda etapa profesional como agente. Organizaron 14 conciertos a lo largo del camino de Santiago, desde Jaca hasta la ciudad compostelana.

Su trabajo comienza a ser más conocido y discográficas como Universal se fijan en el valenciano, un hombre eficaz, serio, disciplinado. A Gardiner le sucede Mischa Maisky, multiventas, estrella internacional como pocas, y al chelista, la diva, Cecilia Bartoli, Chechilia, como pronuncia él en perfecto italiano. «Es una artista que planifica rigurosamente su carrera, con periodos intensos que anteceden a periodos de descanso», explica.

Con su mujer, Sokolov y Cecilia Bartoli colándose en la foto

La diana se va reduciendo de grosor y el paso siguiente, Gustavo Dudamel, antecede al centro mismo, donde se encuentra Lang Lang. La relación con todos ellos es buena, pero se percibe esa especial sincronía con el pianista chino, del que dice que es, «sin duda, el músico más popular e influyente» de la escena contemporánea. Tiene algo de estrella pop, de personaje mediático, que compagina con la «complejidad artística», el negocio y la filantropía.

Dice Subiela que sólo Dudamel se aproxima a este nivel de implicación social y en el caso del venezolano es «porque sale de su ADN». En el caso de Lang Lang, él, que comenzó a trabajar con el asiático cuando sólo tenía 25 años, le ha visto madurar, crecer como hombre hasta ahora, que con 32 años protagoniza especiales de la RAI como los que están filmando durante toda la temporada, Viaggio in Italia, que incluirán conciertos en Roma, Milán, Torino y Florencia.

Siempre habla de su misión como artista. «Mira a ese señor de detrás. ¿Cómo podemos hacer que se interese por la clásica? Ésa es la pregunta. Hay que llevar el mundo de la clásica a cuanta más gente mejor, a más niños, a cuántos más desfavorecidos, mejor». Lo que él hace de implicación social no es una anécdota, sino que con el tiempo será un categoría. Los nuevos artistas van a tener que valorar su presencia social, su apoyo a causas humanitarias. «Dicen que es marketing, pues bendito marketing», dice Subiela. La nómina de artistas no ha dejado de crecer. Tanto que se ha visto obligado a cerrar su academia, había que dejar alguna maleta detrás, y centrarse en una agencia de management, la cual no hace sino que mirar al horizonte con optimismo. De estación en estación, ha ido pasando de un apeadero a las grandes capitales. Eligiendo siempre bien los trenes. Ha traspasado la membrana y está en el mismo centro de la diana.

Todo eso en un país como España, en el que, está convencido, «hay una decisión política» de tratar a la cultura como un bien innecesario. «Es despreciable que no entiendan que es un bien protegible», se lamenta. Contrapone el caso español con otros que conoce bien, como el francés, y se sorprende de la «cortedad de miras» de unos ministros, en especial el de Hacienda, que no han sido conscientes de que incrementando la presión fiscal sobre el mundo de la Cultura lo que se ha conseguido es el efecto contrario, reducir la recaudación. «Les defendería si se hubieran dado cuenta pero no reconocen el error. El público está dejando de ir a espectáculos en vivo, excepción hecha de los tops», asegura.

En su caso está sucediendo ya que hasta un tercio de sus conciertos son fuera de España. De hecho dirige sus miras hacia donde cree que «tienen algo que decir», Sudamérica, México, Europa y Oriente Medio con Lang Lang. Una salida que se produce, en parte, por el páramo cultural que sufre en España.

Con todo, aprecia el trabajo de algunos representantes institucionales a los que no les duele prendas alabar. Con «sus cosas», ¿quién no las tiene?, estima por ejemplo el trabajo que se ha realizado en el Palau de la Música de Valencia, mientras que manifiesta su escepticismo hacia proyectos como el del Palau de les Arts. «No somos La Scala de Milán. Han venido extranjeros, sí, pero ¿cuántos? Nunca se ha acabado de desarrollar el Palau de les Arts y tiene un problema, y es de modelo. La única solución que le queda es cambiar de dimensión. Hay teatros en el mundo fantásticos que son sostenibles. Ahí tenemos el ejemplo de Lyon. Podemos tener uno igual. En Valencia no tiene sentido contratar a Chailly. Además, sinceramente, de los 1.500 que van a la sala, ¿cuántos tienen paladar para diferenciar a Daniele Gatti [uno de los candidatos], de David Afhkham?», se pregunta.

Afuera ya comienza a ser noche cerrada. Nos despedimos. Subiela se encuentra con sus dos hijos que vienen del conservatorio. Este fin de semana se van a Italia, a Roma, toda la familia, para acompañar a su amigo Lang Lang. El pianista adora a sus hijos. Hay fotos en su casa en las que se le ve posando abrazado a ellos, felices. Se podría decir, viéndoles juntos, que son parte de su familia.

(Este artículo se publicó en el número de diciembre de la revista Plaza)  

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