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REPORTAJE COMPLETO - diciembre

El AVE nuestro de cada día

A. FERRANDO / FOTOS: E. MÁÑEZ. 13/02/2015  · FOTOGALERÍA ·

VALENCIA/MADRID. Desde la puesta en marcha de la línea de alta velocidad entre Valencia y Madrid en 2010, el flujo de pasajeros no ha dejado de crecer, hasta superar los dos millones el pasado año. Muchos de ellos son recurrentes, los habituales de este tren que viajan dos y tres veces -y algunos más- en la misma semana. Según datos de Renfe, el 40% de los clientes se desplaza al menos una vez cada quince días y el perfil medio es el de un hombre de 44 años que lo hace por motivos de trabajo. Pero no nos valen las generalidades, queremos saber quién utiliza el AVE, escuchar sus historias, conocer sus rutinas.

Miguel, ejecutivo de una multinacional financiera, va cada semana a Madrid para una reunión de tan sólo 15 minutos. Es uno de esos habituales. El AVE lo permite, y de hecho es una de las prácticas más extendidas, los viajes de ida y vuelta en el día. La rapidez del tren hace que la efectividad de los días de trabajo se lleve a extremos. Alfredo, que es ingeniero, nos cuenta cómo su empresa cerró la oficina que tenían en la capital y ahora funciona con visitas constantes y reuniones que habitualmente se celebran en los bares de buenos hoteles, sin el compromiso de mantener los costes de una sede.

Flexibilidad y dinamismo son herramientas fundamentales para no desfallecer y destacar en el contexto actual, tanto para los empresarios, como para los profesionales por cuenta propia que vamos encontrando vagón arriba, vagón abajo. Así lo afirma Jaime Esteban, inversor, que viaja a Valencia en una mesa de cuatro, rodeado de jóvenes responsables de start-ups, de vuelta tras una jornada de reuniones en común: «El negocio sigue estando en Madrid, somos mayoritariamente los de Valencia quienes vamos allí a trabajar y no al revés, pero ahora se da el salto más fácilmente».

Neil, norteamericano dedicado al asesoramiento en fusiones y adquisiciones, con residencia y oficina principal en Valencia, aunque con sedes en Madrid, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos y China,
viaja como mínimo una vez a la semana. «Para los socios es una ventaja esta conexión rápida y no hay que pensar demasiado a la hora de poner reuniones». Además, el AVE de lunes a viernes es lugar de paso que sirve para citas y reencuentros con personas difíciles de localizar.

USOS Y COSTUMBRES

El trayecto de poco más de hora y media se rentabiliza al máximo. Unos leen prensa, otros repasan informes o preparan presentaciones, muy pocos duermen. Aunque el ambiente es diferente en los trenes de vuelta por la tarde, en ellos se percibe mayor soltura. Rodeado de ejecutivos, en una esquina destacaba con su camiseta de El gran Lebowsky, Kevin, un universitario que semestralmente coge el AVE para acudir a la asamblea de estudiantes.

Y aunque a ciertas horas son los menos, también hay quienes antes de llegar al pantano de Contreras ya están charlando con los compañeros en la cafetería, como Antonio y Artur, sosias del Justin Theroux de Mulholland Drive y seguidor de esta revista -el primer día a la venta ya la llevaba en su cartera-, que iban camino de la Feria Empack de packaging.

En un entorno tomado por el color marengo, la chaqueta roja de Saioa se antoja un oasis de frescura, aunque ella mantenga una concentración máxima en su ordenador. Pamplonesa ubicada en Valencia y financiera de una empresa médica, hace ida y vuelta en el día más de una vez al mes y conecta también con Madrid para volver a visitar a la familia. La España viajera siempre tiene que fichar en el centro de comunicaciones de la península.

Con una red ferroviaria regional y de media distancia que tiende al raquitismo, España ha decidido sobresalir en la alta velocidad para ser el primer país europeo en el ranking y tan sólo segundo a escala mundial, por detrás de China. Cifras a un lado, si hablamos de los beneficios que ha reportado el AVE entre Valencia y Madrid, la respuesta es obvia: la comodidad de acercar ambas ciudades en un tiempo mínimo y sus implicaciones para la vida corriente. Ahora también Córdoba o Montpellier, por poner dos dispares ejemplos, están ahí al lado.

Al referente cultural que es Madrid no se le puede hacer sombra y el AVE también aproxima la música, el teatro o las exposiciones. Políticas y ejecutivos, obligados a pasar por la capital por asuntos profesionales nales, cuentan también cómo aprovechan los huecos para tomar el pulso que la gran ciudad les ofrece. En uno de los viajes nos encontramos con Diego, que volvía del concierto de Angus & Julia Stone, y que pese a ser un melómano siempre prefiere ir leyendo un libro como forma de verdadera evasión en tiempos de constantes estímulos y multipantallas.

En el imperio de las tabletas y los ebooks, algunos románticos del papel se mantienen irredentos. Ignacio, senador y cliente fijo de este tren, prefiere ir cargado con alguna de sus lecturas —siempre ensayos o biografías—, que llevar un libro electrónico, «un invento criminal», afirma sin medias tintas. «Cuando quieres a una persona necesitas tocarla, ¿verdad?, pues esto es igual», remata, y no podemos estar más de acuerdo.

De tocar y de reducir los kilómetros van también las relaciones a distancia que se facilitan con el AVE. Iria es una actriz madrileña que durante un tiempo tuvo que gestionar entre las dos ciudades su noviazgo; ahora por fin la pareja vive junta en Valencia pero recuerda, «lo bonito era planificar el calendario de mis idas y sus venidas».

Sobre lo que ha significado el AVE en las relaciones económicas, todos coinciden en que el turismo va mayoritariamente hacia Valencia y el trabajo hacia Madrid. Mención aparte merece el uso del tren como conector para vuelos internacionales dado que el aeropuerto de Manises ha quedado como núcleo de provincias y casi limitado a compañías de bajo coste.

En sentido inverso, con las facilidades que ofrece el nexo Joaquín Sorolla-Atocha, muchos madrileños se plantean venir a pasar un día a nuestra ciudad, en fines de semana, o a una comida de negocios, como es habitual para Ramiro Martínez-Pardo, que en esta ocasión volvía hacia Madrid precisamente de la fiesta de presentación de la revista Plaza, celebrada la noche anterior.

La ciudad amable y con playa que es Valencia queda a un suspiro. «Mucha gente del resto de España está descubriendo la gran calidad de vida que tenemos, una ciudad con mar y en la que a cualquier sitio se puede ir andando», destaca la diputada por el PP Marta Torrado, otra de las fijas de la conexión AVE entre semana. Una accesibilidad que contrasta, y mucho, con Barcelona, «para ir allí hay que coger el tren de la bruja», bromea Rafael, bajo su gorra de tweed y su ingenio de ingeniero informático, siempre en danza por el eje Valencia-Madrid-Zaragoza.

TURISTAS Y POLÍTICOS EN CAMPAÑA

Sin embargo, pese a ser mayoría, no todos son profesionales atareados, armados con su portátil. También nos encontramos a personas como Julia y Paquita, que una vez al mes vienen a Valencia para visitar a su médico, oftalmólogo especialista de La Fe. Con la llegada del AVE se han creado esta necesidad, que antes hubiera sido probablemente impensable. La satisfacción entre esta población es generalizada: rapidez, puntualidad, buena atención, lo práctico de llegar al centro de ambas ciudades... Pero hay viajeros menos complacientes que sí tienen algunas quejas que aportar más allá de la falta de wi-fi o la mala cobertura: «El servicio de cafetería no está a la altura de lo caro que es el billete», remarcan Pablo y Jordi, creativos publicitarios. Nada fresco, nada natural, nada de calidad, así que mejor darse los homenajes al llegar a destino, o desayunar bien antes de salir de casa, a no ser que se viaje en Preferente.

No todo va a ser cumplir con citas. El tren veloz trae sobre todo extranjeros de visita a Valencia, en casiones también en fugaces viajes de ida y vuelta, como el que hacía un miércoles Marina, asistente de vuelo rusa residente en Arabia Saudí que venía con la Ciudad de las Artes y las Ciencias y el Mercado Central, polos opuestos de nuestra oferta arquitectónica, en su lista de tareas para la rápida incursión. O dos ejecutivos chinos del sector agroalimentario, llegados desde Beijing por primera vez a España, que venían a Valencia para hacer negocio con la harina de coco. El paisaje manchego tan plano, muy bello ahora mismo en su paleta de colores otoñales, nos decían, les recordaba mucho a Mongolia, que calificaron de «provincia china», en una demostración sutil de la voracidad del gigante asiático.

Algo más de tiempo había dedicado a nuestra ciudad, Nate, un joven estadounidense de Florida que durante unos meses va recorriendo Europa a ser posible en tren. Después de tres días en Valencia lo que más destacaba era el parque a lo largo del antiguo cauce del Turia, además del consabido conjunto Calatrava de su extremo sur.

Por otra parte, ha resultado curioso que a cinco meses de las elecciones todos los políticos que nos hemos encontrado en el AVE se hayan mostrado tan encantados del contacto con la ciudadanía que les ofrece este transporte. Diríamos que excesivamente entusiastas dado el contexto generalizado de desprestigio y hartazgo. Como dato llamativo, la senadora Carmen Alborch nos contaba: «Desde que Pedro Sánchez es secretario general, viajamos en Turista ». La importancia de la imagen a unos meses de las elecciones, es evidente.

Ninguno ha reconocido haber sido increpado o molestado, todo son parabienes y simpatizantes, también José Luis Olivas, ex presidente de la Generalitat y de Bancaja, que volvía a media tarde a Valencia -donde nos dijo, reside- de una intensa jornada de reuniones. Sus problemas jurídicos y judiciales le invitan a mantenerse en un perfil bajo.

Suerte que una de las virtudes de los viajeros de este tren es la discreción. Acostumbrados a encontrar famosos, futbolistas, políticos, en el ir y venir nadie presta demasiada atención. Rafael, ejecutivo del sector petrolero, reconoce que «gente conocida se ve mucha, pero interesante es otra cosa, y a los politiquillos ni los miro».

(Este artículo se publicó en el número de diciembre de la revista Plaza) 

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