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VANGUARDIAS ESCÉNICAS

El teatro explora la vigencia del nazismo

BEGOÑA DONAT. 21/01/2015 El totalitarismo alemán es objeto de reflexión en dos piezas que señalan su estado larvario en la actualidad

La joven del Vístula

VALENCIA. Sobre el escenario de la Sala Círculo de Valencia, hasta el próximo 25 de enero, se ha esparcido un buen puñado de tierra. Es un elemento evocador de las víctimas del nazismo en la II Guerra Mundial presente durante el montaje de La joven del Vístula. Pero no sólo aspira a aludir a los muertos de la contienda histórica. El autor del montaje, Ismael Bereje, pretende que el drama sea una remembranza del sinsentido en tantos otros conflictos bélicos que no por esgrimir grandes titulares en los medios resultan menos trágicos.

"En esta anestesia social y cultural que vivimos, no somos conscientes de lo que sucede en el día a día. Excepto el episodio de los Balcanes, el resto de guerras nos pillan muy lejos. Cada vez que pongo el telediario siento que nos resbala. Así que he escrito a partir de un tema clásico, sirviéndome de un lenguaje poético, pero trato de hablar también de Nigeria, de Gaza, de Siria..., de cualquier país en convulsión", explica Bereje.

La propuesta cobra más fuerza por la labor pedagógica del colectivo que forjó hace más de dos décadas junto a María Jesús Suárez y Sergi Juesas, Camí de Nora. Miles de alumnos de todos los ciclos escolares del Camp de Morvedre han participado en sus actividades, mientras en paralelo desarrollan montajes para público adulto como La joven del Vístula.

La historia que acercan ahora a Valencia se desarrolla en el domicilio de una familia que vive junto al río más importante de Polonia, el Vístula. Los Hoffman son visitados por Lea, una joven que murió en el campo de concentración de Treblinka y que deshebra un monólogo en el que intenta comprender la barbarie humana.

'La joven vístula'

 

PASTICHE DE CINE Y LETRAS

"Leí como un bellaco,  desde el miedo y el desconocimento que aqueja al ser humano ante algo que es inasumible",  describe el dramaturgo. Entre los libros devorados, Mis memorias, de Violeta Friedman, superviviente del campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau; El Tercer Reich, donde el historiador y politólogo alemán Wolfgang Benz se sirve de 101 preguntas con sus consiguientes respuestas para analizar el periodo en el que el nacionalsocialismo ostentó el poder; Si esto es un hombre, en la que Primo Levi relató la vida cotidiana durante su reclusión en Auschwitz, La madre de los niños del holocausto, donde Anna Mieszkowska detalla la biografía de Irena Sendler, la heroína polaca que salvó a 2.500 críos judíos de la muerte; La llave de Sarah, novela de ficción de Tatiana de Rosnay que toma como punto de partida un hecho real, la redada de Vel d'Hiv, acaecida en julio de 1942 en París, y durante la cual más de 13.000 judíos fueron arrestados y encerrados en un velódromo próximo a la Torre Eiffel.

Entre las películas revisadas, Bereje alternó las grandes producciones estadounidenses , caso de La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993), Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998) El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008) y El lector (Stephen Daldry, 2008), con producciones europeas como El hundimiento (Oliver Hirschbiegel, 2004), Sophie Scholl: los últimos días (Marc Rothemund, 2005) y clásicos de la talla de ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg) (Stanley Kramer, 1961) y la miniserie Holocausto (Marvin J. Chomsky, 1978).

No obstante el cúmulo de referencias, el autor no temía repetir en su montaje argumentos ya frecuentados en cine y literatura. "Sabía que no iba a contar la historia desde un lugar parecido, porque tiene que ver con mi mundo interior y con cómo he filtrado hoy la violencia explícita nazi y los dramas irresolubles. Mi objetivo ha sido buscar la luz y la esperanza".

Lo que no quita para que en Bereje palpite un poso de pesimismo anclado en conflictos enquistados como Gaza -"llevamos 15 años de acoso sin interrupción y viendo de dónde viene, de una sociedad que vivió la agresión histórica que trato en la obra, me hace pensar mucho. Especialmente en la falta de razón que tiene el ser humano cuando entra en terrenos de territorialidad y posesión"-, y larvarios, como los prejuicios crecientes hacia los musulmanes - "me preocupa más el hecho de que estamos demonizando, criminalizando y sepultando en el ostracismo a personas ya integradas en Occidente, a que un grupo de yihadistas nos pueda poner bombas"-.

En último término, La joven del Vístula tiene el propósito de alcanzar una repercusión social positiva y postularse como denuncia a fin de mover conciencias. "Buscamos apelar a la pertenencia del ser humano al conflicto. La sensación de que una guerra nos es ajena por la distancia geográfica que media nos tiene anestesiados, pero la reflexión sobre la tierra, sobre la diferencia con respecto al otro, es común a todos".

'La ola'

LA TERCERA OLA

En abril de 1967, un profesor del instituto Cubberley de Palo Alto, California, llamado Ron Jones, fue más allá de la denuncia y en un experimento llevado a cabo con sus alumnos de secundaria durante sus clases sobre la Alemania nazi intento demostrarles lo sencillo que puede ser integrarse en una sociedad totalitaria. La iniciativa se bautizó como La tercera ola, en referencia al Tercer Reich y a la ola más fuerte de las que monta un surfista.

El alumnado acogió la experiencia con gran entusiasmo, tanto, que el docente tuvo que finalizarlo porque temió que se le fuera de las manos. Todd Strasser, bajo el seudónimo de Morton Rhue, recogió el hecho verídico en un libro titulado La ola que fue llevado a la televisión en 1981, y después al cine en 2008 con resultados frustrantes para Jones, en los dos primeros caso por la edulcoración de lo sucedido, "porque el Holocausto no lo salvó una historia de amor", y en el tercero por la idea simplista de que toda la responsabilidad fuese del profesor. La única lectura que ha despertado los elogios de su protagonista sube a escena del 30 enero al 22 de marzo en el Teatro Valle-Inclán de Madrid, escrita por Ignacio García May a partir de una idea de Marc Montserrat Drukker, quien también se encarga de la dirección.

"A diferencia de otros proyectos anteriores inspirados por esta historia, La ola no pretende utilizar la anécdota central para construir un thriller más o menos convencional, sino seguir los hechos de la manera más fiel posible, tal y como fueron consignados en su momento por el propio Jones en diversos artículos y entrevistas y recopilados más tarde por diversos ex alumnos participantes en el experimento", especifica May.

Montserrat Drukker averiguó que la novela es de lectura obligatoria en EEUU, Alemania e Israel, donde en muchos de sus kibutz se toma como punto de partida para representaciones de teatro amateur en escuelas. "Desde el primer momento que conocí la historia de este experimento sobre el fascismo nazi supe que tenía la necesidad vital, y la obligación ética, de contarla desde el teatro", apostilla.

En total, el director dedicó tres años al trabajo de campo, a través del cual llevó a cabo un análisis de las circunstancias políticas, sociales y culturales en los EE.UU. del periodo. Durante ese tiempo de investigación exhaustiva entró en contacto con Ron Jones, quien le facilitó el acceso a varios participantes originales en el experimento. En concreto, menciona en sus agradecimientos a Philip Neel y Mark Hancock.

'La ola'

LA DÉCADA PRODIGIOSA

"La experiencia tuvo lugar en una época convulsa, en plena guerra de Vietnam y los primeros intentos de integración de los negros -contextualiza el impulsor del proyecto-. En 1965 empiezan a aceptar a la gente de color como invitada en la universidad y existen movimientos pacifistas, pero estos avances conviven con el Ku Klux Klan y el partido nazi americano, aceptado democráticamente".

A diferencia de la actualidad, en que internet permite comprobar ipso facto la veracidad de un hecho, entonces los únicos elementos para contrastar la realidad eran los periódicos y la televisión, cuyos contenidos eran, a menudo, sesgados. Y en ese caldo de cultivo, en una escuela de clase media alta, que un profesor planteara a alumnos de 15 y 16 años una iniciativa que iba a cambiar la escuela y el país fue abrazado con afán.

Jones decidió crear un movimiento nazi dentro del microcosmos del aula, así que puso en marcha un juego de rol para que los alumnos pudieran vivir la experiencia de primera mano.  "Se sirvió de las bases de cualquier fascismo, como el orgullo y la nación -cuenta Montserrat Drukker-. Se creó como una especie de Gestapo interna y una serie de cabezas pensantes empezaron a revelarse. Al principio los echaba de clase, como sucedió con los judíos. Luego se empezaron a gestar complots, como ocurriera con la mano derecha de Hitler, que quiso acceder al poder. Al final, sintió que se perdía el control y le puso fin. Lo importante del experimento, y por extensión, de la obra, es que deja de manifiesto que las bases del fascismo son positivas: la disciplina, la comunidad y la acción, hasta que dejan de serlo".

El montaje se priva de verter opiniones y se limita a representar lo sucedido, subrayando que es posible forjar una sociedad como la que dio pie, en la Alemania de los años treinta y cuarenta, al nazismo y a los campos de concentración. Es más, Ron Jones afirma que La ola no sólo puede ocurrir en un totalitarismo a nivel político, sino en un matrimonio, en una situación de bullying escolar, en una relación laboral... "Eso hizo que cualquier persona del público que ya viera la obra la temporada pasada en el  Teatre Lliure se quedase muda, porque entendieron que los fascismos no se desencadenan en situación de preguerra o de guerra, ni siquiera de pobreza, sino en el sitio más inesperado posible".

Cuando a Marc Montserrat Drukker se le pida que resume el quid de la obra, lo acota a la violencia del silencio. "Uno de los grandes males en la historia del ser humano es el callar cuando ves u oyes y presencias algo que no está bien, ya sea una persona que insulta a otra o un hombre que trata mal a su pareja. La pasividad provoca cualquier holocausto". 

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