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epígonos del 'encubierto'

La leyenda de los 'pequeños Nicolás' del XVI valenciano es aún un arcano

C. AIMEUR. 01/12/2014 La simulación y la usurpación forma parte de la Historia, con casos tan llamativos como los falsos imitadores del rebelde que lideró las Germanias unos meses

VALENCIA. Pícaros, sinvergüenzas, aprovechados, fantasiosos, desde que el hombre es hombre toda clase de personajes de baja estofa y nula condición moral se han aprovechado de la credulidad de personas sencillas para medrar. Los recientes casos del pequeño Nicolás o Mario Alvarado no son excepciones, sino que forman parte casi indisociable de la condición humana.

En la historia de Valencia existe un ejemplo notable en la figura de los imitadores de L'Encobert, un personaje mítico como pocos, que fue retratado en el XIX por el novelista valenciano Vicent Boix, recuperado por Josep Lozano en Crim de Germania y sobre el que disertará el historiador valenciano Vicent Baydal en el número de diciembre de la revista Plaza en el artículo 'Los Encubiertos: el milenarismo valenciano'.

La historia de estos émulos no se entendería sin el personaje inicial, el Encubierto verdadero, ése que ha inspirado novelas y cuya repercusión social en el momento vendría a ser algo así como una suerte de Pablo Iglesias (salvando las distancias, claro) para los agermanados. Su aparición en pleno conflicto con Carlos V, cuando los rebeldes valencianos estaban a punto de ser derrotados por el rey, contribuyó a darle un mínimo aliento a la revolución y al tiempo fue tierra fértil para que toda clase de imitadores y seguidores surgieran en torno a su recuerdo.

"Soy hombre transmitido por los profetas Elías y Enoc y quiero sacaros de la necesidad y del sufrimiento a que estáis sometidos desde hace tantos años", escribe Lozano en su ficción. ¿Pero quién era L'Encobert, el Encubierto? Dice el historiador valenciano Pablo Pérez García, posiblemente uno de los mayores expertos en el personaje real, que se trata de una "figura compleja" que ha sido al mismo tiempo "construida y reconstruida". Presentado como hijo raptado del príncipe Juan y de su esposa Margarita, hay más ficciones en torno a su figura en las crónicas del momento que hechos fidedignos. "Hubo, desde luego, alguien real de carne y hueso, o, por mejor decir, dos o tres personas e, incluso, puede que alguna más", comenta Pérez García. Pero es inasible. Intangible. Hoy diríamos que es un viral de origen dudoso.

Del primero, del verdadero, sabemos que apareció en Xàtiva y Alzira en marzo de 1521 y que se llamaba Enrique Manrique de Ribera o Enrique Enríquez de Ribera, según Pérez García. Saber su nombre aproximadamente, dice, "es, sin duda, importante, pues nos permite deducir que aquel ‘castellano de hablar palaciego' de los documentos tal vez era de origen andaluz. Más allá de esto y de alguna que otra descripción física que en realidad podría coincidir con la de muchos miles de hombres jóvenes de comienzos del siglo XVI, las restantes facetas de su personalidad son el resultado de una complejísima decantación de testimonios, prejuicios, filtros e interpretaciones que los historiadores solemos compendiar mediante el sustantivo construcción".

LA BREVE HAZAÑA DEL ENCUBIERTO

Tras la muerte del dirigente agermanado Vicent Peris en los carnavales de 1522, el vacío de poder y la consiguiente frustración de los rebeldes de Alzira y Xàtiva, este l'Encobert supo aprovechar muy bien las circunstancias, haciéndose con el poder y situándose al frente de la resistencia armada. ¿Cómo lo hizo? Tenemos las ficciones de Lozano y Boix para imaginárnoslo, porque como apunta Pérez García, "carecemos de testimonios directos". Su liderazgo de la revuelta fue breve porque bien pronto fue asesinado. Lo que no está claro es si fueron cazarrecompensas, sicarios de Cenete o incluso partidarios traidores, a la manera de Viriato.

Datos seguros. Una misiva del virrey del momento da fe de que fueron vecinos de Burjassot los que, atraídos por la alta suma que se ofrecía por su cabeza, le dieron caza el 18 de mayo de 1522. Su liderazgo había durado pues apenas unos meses. Hay incluso quien sospecha que fueron hombres próximos a él. En principio el premio iban a ser 400 ducados, pero la suma de la recompensa subió a 2.200 libras. Se la repartieron sus asesinos, que fueron Pere Loasa, Joan Bueso, Francisco Rida, Damià Verdegur y Cosme López, y parece fuera de toda duda que la mano ejecutora fue la de Loasa, quien fue el encargado de asesinar a este supuesto hijo de reyes.

¿Qué sabemos de Pere Loesa, el ejecutor? Habla Pérez García. "Cortó la cabeza de l'Encobert para que fuera mostrada públicamente en Valencia. Ahora bien, más allá de este dato preciso y de la recompensa que recibió por ello, el resto es básicamente hipotético: ¿era un sicario del marqués de Cenete? ¿era un hombre de Manrique que decidió traicionarle en un momento dado? ¿le movió únicamente la codicia? ¿perseguía algún otro fin? No tengo una respuesta firme para ninguno de estos interrogantes". Más preguntas sin respuestas, más caldo de cultivo para las fábulas.

En su libro Epígonos del encubertismo. Proceso contra los agermanados de 1541, Pabló Pérez García y Jorge Antonio Catalá Sanz incluyen un detallado relato de la muerte y cómo se hizo pública. "Los autores del crimen se hallaban en camino hacia Valencia cuando tropezaron con el gobernador Lluís de Cabanyelles. Loesa llevaba la testa del rebelde prendida en una lanza mientras sus compañeros tiraban del cuerpo fallecido. Cabanyelles, satisfecho, quiso presidir la macabra comitiva. Juntos llegaron todos al portal de Serranos. Allí les aguardaba un alguacil de la Inquisición que ordenó arrastrar el cadáver hasta la sede del tribunal". El cuerpo muerto de l'Encobert fue abrasado en el quemadero de la Inquisición y su cabeza expuesta en el portal de Quart. Aquello no fue sino el principio.

DONDE NO LLEGA LA VERDAD, LLEGA LA MENTIRA

Tras su muerte se inició una leyenda a la que contribuyó la mentalidad de la época. De hecho, el mismo Encobert original nace dentro de las tradiciones proféticas milenaristas que circulaban por la Península Ibérica en aquellos momentos. Que si iba a venir el Anticristo, que si el final del mundo estaba cerca... A todo esto hay que unir el contexto de una guerra revolucionaria como lo fueron las Germanías valencianas.

La proliferación de farsantes que se arrogaron su herencia se sucedió durante los años siguientes, la mayoría con ninguna fortuna. La pregunta es si podríamos decir, salvando las distancias, que fue un fenómeno similar al del pequeño Nicolás o el de Mario Alvarado. Pérez García lo matiza. "Alvarado y el pequeño Nicolás son personajes que la prensa ha contribuido, y mucho, a construir, pero más allá de esta circunstancia, todo parece indicar que Mario Alvarado y Francisco Nicolás Gómez forman parte de lo que vulgarmente llamamos sistema, mientras que aquellos encubertistas de 1522 o de 1541 eran elementos excéntricos al sistema vigente".

Otro matiz importante lo proporciona el propio Vicent Baydal. "Hay que analizar los encubertistas posteriores y diferenciarlos uno a uno", dice el historiador valenciano y colaborador de ValenciaPlaza.com. "Hay algunos que dan todo el perfil de creérselo, de haber llegado a la conclusión de que tienen un papel mesiánico y de que, aunque sepan que están engañando, lo hacen por el bien de la Humanidad, ya que Dios los ha elegido, o a esa conclusión han llegado a través de lo que les dicen otros, por ejemplo astrólogos y pseudoprofetas", añade.

Asimismo, hay otro detalle que da si cabe más valor a las hazañas de los Alvarado y pequeños Nicolás de nuestro tiempo. Como bien señala Pérez García, "unos y otros han llegado o llegaron a ser creídos, pero los encubertistas lo fueron en una época de credulidad y Alvarado y Gómez lo han sido en una época escéptica y descreída. Los encubertistas no tenían la mirada puesta en la cartera de nadie, aunque todo parece indicar que este no ha sido el caso de Gómez y Alvarado", comenta.

Es más, Pérez García cree que lo extraño es que en su momento "no aparecieran más" encubertistas. De hecho en su libro antes citado, él y Catalá defienden la tesis de que estos encubiertos posteriores pertenecieron en muchos casos, sino todos, a algún tipo de secta islamófoba. Ya fuera por motivos religiosos o por simple deseo de aprovecharse, el destino de todos ellos fue el mismo: el patíbulo.

La horca en el plano de Valencia hecho en 1608 por el cartógrafo italiano Antonio Mancelli.

Ahí fue puesta por ejemplo la cabeza de Alonso de Vitoria, un personaje que llegó a Valencia en 1526 y fue ejecutado en 1529 junto al menos tres secuaces. Natural de Illescas, consiguió dinero de antiguos agermanados, diciendo que él era el verdadero encubierto, nieto de los reyes católicos, y no el muerto de 1522, que era otra persona. Así logro un caballo y ropa (iba "vestido de seda" escribió el notario Miquel Garcia) que le sirvieron para pasar por un caballero. La mentira duró hasta que fue delatado por un individudo, Joan Tries, quien como pago iba a recibir todas las propiedades que se les confiscó a Vitoria y sus seguidores. La suma total no llegó a cien ducados y el delator finalmente no recibió ni un maravedí. Atravesado por un hierro, el cráneo de Vitoria estaba aún en la horca cuando en 1541 otros tres nuevos encubertistas fueron ejecutados.

NI REBELDES NI PÍCAROS, AUNQUE ALGUNO...

¿Podemos interpretar a todos estos personajes como anécdotas del XVI o formarían parte de una categoría, la de los rebeldes? "Para ser completamente justos", dice Pérez García, "ni lo uno ni lo otro". "No eran revolucionarios o rebeldes. Nadie podría afirmar que estuvieran conspirando, que pretendieran derrocar al virrey, atentar contra las autoridades o perjudicar al rey. Pero tampoco eran unos pícaros, buscavidas o aventureros... aunque tengo mis dudas sobre las intenciones y el perfil moral del pelaire turolense Bernardino Acero, que es, en definitiva, el origen del rumor o la especie que dio lugar [en 1541] a la expectante creencia en el próximo regreso del Encubierto", explica.

Baydal sí que cree que hay otros casos en que los encubiertos son claramente unos estafadores. "Son gente astuta, en algunos casos inteligentes o más cultos que la media, que saben moverse en sociedad y aprovechar muy bien las carencias y necesidades que identifican en la gente. Tienen cierta capacidad empática y saben meterse en la mente de los otros, pero para aprovechar sus debilidades y engañarlos en beneficio propio", comenta.

En este sentido pues, sí que podría haber paralelismos entre los encubiertos falsos y Francisco Nicolás, Mario Alvarado o cualquier otro embaucador de ese calibre. Todos juegan con determinadas esperanzas de la gente. La principal diferencia, matiza Baydal, es la liga en la que juegan porque "los encubiertos en la de los pequeños, la de la gente sin excesivos recursos mientras que Nicolás y Alvarado lo han hecho en la de los grandes, por todo lo alto". "Y es por eso", dice, "que se han hecho tan famosos". Su caso, cree, sería más parecido al del pastelero de Madrigal, que se hizo querer pasar por un rey de Portugal muerto en combate.

En cualquier caso lo que queda claro es que, una vez más, el aserto de Eugenio d'Ors es cierto y merece ser ya tomado como dogma: "Lo que no es tradición es plagio". Y el pequeño Nicolás y Mario Alvarado no serían sino ejemplos modernos de esta capacidad humana ancestral de aprovecharse de la fe de otros. Posiblemente, si los que se fotografiaron la primera vez con el presunto colaborador del CNI hubieran tenido más conocimientos de Historia, habrían sido un poco más precavidos.

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