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CRÍTICA DE CINE

Trash
Dickens salvará al mundo y todos seremos muy felices

CARLOS AIMEUR. 28/11/2014 La última película de Stephen Daldry constituye un empacho de dulce que satura y eleva los niveles de glucosa de manera peligrosa

VALENCIA. ¿Basta con las buenas intenciones? ¿O una película debe cumplir unos mínimos de rigor, de honestidad, de coherencia? ¿Hasta qué punto es justificable suavizar una historia, un espacio, un contexto? Y una vez hecho: ¿Cuál es la óptica adecuada? ¿Mantener la mentira? ¿Llevar la ilusión hasta sus últimas consecuencias? Trash, ladrones de esperanza, la nueva película de Stephen Daldry (Billy Elliot, Las horas) que llega este viernes a los cines, es un largometraje que plantea interrogantes morales y éticos, pero seguramente no son los que esperaba su director.

Eximia representante de la ola de cine realista social rosa que procede principalmente de Gran Bretaña, el filme es una adaptación de una novela de Andy Mulligan. Con guión del de por sí sensiblero Richard Curtis (Love Actually), y con la presencia de Rooney Mara y Martin Sheen como meros comparsas de lujo, Trash es tan entretenida como prescindible, tan divertida como previsible, y se revela como un largometraje que nace viejo, con una premisa argumental simple y un concepto narrativo que bordea el racismo.

Exhibida y presentada como un canto a la amistad, la película es poco más que una revisión de lo más elemental del espíritu de Dickens, y muy especialmente de su Oliver Twist, llevado a nuestro tiempo y ubicado en Brasil, localización exótica y remota para el espectador medio occidental y muy especialmente el anglosajón.

Por mucho que se la haya querido comparar con la ganadora del Óscar Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008), la realidad es que Trash a duras penas es una parodia de aquella. Si el film de Boyle estaba insuflado del espíritu de Frank Capra, el de Daldry empalaga y en ocasiones produce vergüenza ajena. Si el film de Boyle mostraba, aunque fuera de manera tangencial, la realidad de Bombay, el de Daldry no se acerca ni de lejos a hacer una caricatura de las favelas de Rio de Janeiro que sí fueron bien reflejadas en Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002). Trash tiene todo lo malo de Slumdog Millionaire y ninguna de sus pocas pero notables virtudes.

El argumento de Trash se centra en tres adolescentes que viven de buscar en un vertedero. Dos de ellos, Rafael y Gardo, encuentran por azar una cartera que parece contener un gran secreto. Ante el interés que muestra la policía por dicha cartera, acuden a su amigo Rata para resolver el misterio. En ese momento comienza una carrera en pos de ese gran secreto, relatada de tal forma que la película tiene mucho más que ver con la saga Jason Bourne que con el cine de denuncia social.

Si se analiza Trash a partir de su guión, cae como un castillo de naipes. La historia carece de tensión alguna. Nada de lo que ocurre en ella emociona o asusta. Mediado el largometraje, la resolución del secuestro de uno de los niños es tan decepcionante que a partir de ese instante el espectador se ve en la tesitura de, o aceptar la mentira que se le cuenta y no ofenderse con la verdad que se soslaya, o simplemente aislarse mentalmente y disfrutar de la película como el que observa un partido de segunda ronda de un torneo de tenis ATP 500. Sólo la natural simpatía hacia el trío protagonista, son niños, son pobres, están solos, compensa en parte el visionado de una sucesión de peripecias resueltas la mayoría de las ocasiones con argucias de novato y un maniqueísmo de manual.

Es tal la torpeza que incluso la denuncia de la corrupción y del abandono de los niños en los países en vías de desarrollo, queda finalmente relegada a una mera anécdota, un simple Macguffin, como si fuera sólo parte del peaje de ir a rodar a un país no occidental. Los guiños al espectador concienciado con las alusiones a los sobornos de la FIFA y de las grandes empresas a los políticos quedan sepultados y desdibujados, hasta el punto que resultan poco menos que chistes de bar. Y todas las buenas intenciones, qué buenos son los blancos que se preocupan de nosotros, los pobres niños brasileños, acaban diseminadas en el vertedero en el que se ambienta parte de la película, como restos de la basura espiritual de la sociedad occidental.

¿Qué la sostiene? La soltura técnica, sin duda, que evidencia una vez más Daldry. Su limpia prosa cinematográfica se impone en algunos momentos a la mediocridad de un guión que bordea la indecencia. Cierto es que Daldry, como director, ha sido incapaz de corregir los numerosos fallos e incoherencias del libreto, pero cabe reconocerle la habilidad para narrar los distintos episodios de esta fábula de una manera amena, y lograr que no se haga especialmente indigesta esta panzada de pastel.

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