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LA PANTALLA GLOBAL

El cine de guerrilla de Vicente Pérez Herrero

EDUARDO GUILLOT. 07/11/2014 El cineasta valenciano ha presentado en los festivales de Montreal y Ámsterdam 'Crustáceos', un singular cruce entre ficción y documental

VALENCIA. Es un hecho: Cada vez hay más cine que nace, crece y se desarrolla al margen de las pantallas de estreno. El valenciano Vicente Pérez Herrero lo sabe bien. Hace solo una década, estrenaba comercialmente dos películas: La ficción Cien maneras de acabar con el amor y el documental La piel vendida. Desde entonces, las cosas han cambiado mucho.

"La situación se ha polarizado. O haces películas de gran presupuesto, como las de terror y demás, o te decantas por un cine de autor en el que hay que echar mano de la imaginación, arriesgar en contenidos y lenguaje cinematográfico, con una estructura de producción mucho más frágil", comenta el cineasta.

Habla desde la experiencia, ya que ha realizado su última película, Crustáceos (2014), en tales condiciones. Lejos queda la época en que se intentó acuñar la etiqueta de cine valenciano. "Resulta un poco arriesgado decirlo, pero es así: Cuando al cine se le ponen apellidos, siempre es para peor. En todo caso, yo nunca he sido un representante del cine valenciano. Incluso Cien maneras de acabar con el amor tenía partes rodadas en Madrid y Valencia, tratando de juntar las dos ciudades en una, lo cual despistó a mucha gente".

También puede despistar el enfoque de Crustáceos, una película que se mueve entre la ficción dramática y el documental, retratando la España convulsa de las movilizaciones ciudadanas recientes (15-M, desahucios, marea blanca, recortes), pero también a una galería de personajes que se sitúan alrededor de esos hechos y lidian con sus conflictos emocionales.

"Ya se estaban rodando cosas sobre lo que está sucediendo, así que yo no quería hacer un documental al uso, sino contar una película que transmitiera sensaciones", explica Pérez Herrero. "Deseaba captar el más allá de la indignación, la indefensión, la sensación que te queda cuando vuelves a casa después de la manifestación, cuando tu historia personal sigue, independientemente del cataclismo. Es como intentar establecer vasos comunicantes entre la realidad social del momento y la intimidad de cada uno. He tratado la parte documental como si fuera ficción y la de ficción como si fuese documental. Por eso casi no hay diálogos, o son los que he capturado en momentos espontáneos durante el rodaje. Buscaba esa interactuación, unir esas dos cosas".

El resultado es un ejemplo de cine de no ficción en el que se combina la dramatización con la voz en off, los rótulos sobreimpresionados en pantalla con la música, la mirada intervencionista con la no intervencionista. Una apuesta arriesgada, que obliga a armonizar muchos elemenos diferentes.

"Ha sido bastante complicado, porque en un principio tenía la intención de jugar con los elementos como un pintor con los colores, más que con una idea final, que no sabía cuál iba a ser", reconoce el cineasta. "Tenía gente en la calle, músicas, reflexiones personales... De hecho, hubo varios montajes. Después tomé la decisión de optar por el blanco y negro y darle una carga anímica personal, retratando también un Madrid solitario, casi desierto. Cuando no tenía claro cuál sería el resultado final de la película me fui a grabar desahucios, pero dejé de acudir porque me hervía la sangre y pensaba que podía cometer cualquier barbaridad. No hay cosa más brutal y desagradable que un desahucio".

El estreno comercial de Crustáceos se antoja complicado, aunque ya ha pasado por algunos certámenes internacionales, como el World Film Festival de Montreal (Canadá) o el International Documentary Film Festival de Ámsterdam (Holanda). "Es el más importante de cine documental a nivel mundial, y allí la película despertó mucho interés. Dijeron que es una oda. Incluso se extrañaron bastante de que hubiera sido admitida, porque el IDFA es un festival de cine documental clásico, y estos híbridos causan bastante extrañeza".

Ahora la lucha se focaliza en lograr que la cinta no pase a engrosar las listas del llamado cine invisible. "Cuando realizas una película de guerrilla no te planteas si va a ser visible o invisible, porque si lo hicieras, directamente no la rodarías. Siempre tienes la esperanza de que despierte algún interés, que depende de la energía que se pueda generar en torno a la película".

De momento, y a la espera de que se concrete una opción comercial, planea proyecciones localizadas en diferentes ciudades españolas. "Voy a hacer estrenos puntuales, tratando de que haya alguna repercusión. A ver cómo sale. Antes buscabas una sala, mantenías la película una semana... Pero muchos cines han desaparecido y hay que optar por buscar días determinados, intentar que la película destaque y se hable de ella".

MIRADA DOCUMENTAL

No es el único título suyo que se podrá ver este año, ya que TVE emitirá en breve Flamenco de raíz, un proyecto de 2011 en espera de difusión. En este caso, un documental en sentido estricto, que convierte Malamuerte (2009) en la última incursión de Pérez Herrero en la ficción.

"Crustáceos es una película híbrida, pero en este momento quiero volver a la ficción, que también será de guerrilla. Yo empecé rodando en 35 mm., y en Malamuerte tuve un equipo de treinta personas... Ahora quiero experimentar con formatos diferentes en cuanto a lenguaje y estructura, encontrarme a gusto y trabajar con la mayor libertad. A veces, menos es más. Verse obligado a hacer una película con presupuestos ínfimos y reduciendo el tiempo de rodaje o las localizaciones es una muerte segura, así que prefiero hacer de la carencia una virtud y darle la vuelta a la narración, porque ya no puedes contar las cosas del mismo modo".

La opción escogida en Flamenco de raíz es la del obervador externo. "En este caso, buscaba mirar desde fuera. Yo no conozco el género, ni siquiera sé distinguir los palos, pero creo que los documentales más interesantes son aquellos en los que abordas un tema que te resulta ajeno. Siempre puedes ofrecer una mirada más interesante sobre una ciudad a la que llegas que sobre aquella en que estás viviendo, porque transmites la impresión que te causa. Y eso me pasó con el flamenco", asegura.

La película se centra en El Álvarez, un cantaor a quien Pérez Herrero ve como "la quintaesencia del flamenco no comercial, un maestro de los fandangos que se ha ganado la vida como barrendero y al que resulta muy difícil grabar, porque tiene que ser entre amigos muy determinados; él es payo, pero tiene que estar rodeado de gitanos para encontrarse a gusto".

El otro pilar del film es Joaquín San Juan, de la escuela flamenca Amor de Dios. "Él fue quien me dijo que el flamenco no es folk, sino una contracultura, un grito de los desheredados, y una forma de vida. No se puede hacer un documental sobre flamenco como algo inocente, explotando la imagen de la España de la mujer con el clavel en la boca. Hay mucho más. Y esa es la mirada".

De algún modo, Flamenco de raíz cuenta una historia secreta del género. "Sí, sí, especialmente en la parte en que habla Talegón de Córdoba, un cantaor que recuerda los años duros del flamenco. Yo quería entrar ahí, pero no es nada fácil. Sobre todo, en la época de posguerra y la relación con los señoritos. A las dos de la mañana cerraban los cabarés y entonces las prostitutas se los llevaban a las ventas, a las afueras de la ciudad, que eran territorio sin ley, abierto toda la noche. Ahí se mezclaba lo más grande del cante y el baile, las señoritas, los señoritos golfos y otros que eran grandes conocedores del flamenco, auténticos mecenas. La película lo cuenta un poco, pero es complicado entrar en esos temas".

En el horizonte de Pérez Herrero, otro proyecto de guerrilla. "Se llama El collar de sal. Tiene mucho que ver con el lugar que me acoge ahora: Gilet. Uno es de la tierra donde duerme. Está relacionado de alguna manera con Crustáceos, porque recupera la memoria y se sitúa entre la esperanza y el derrumbe de las cosas, todo muy conectado con las texturas de la zona: los campos de naranjos, el paso del tiempo y de la vida narrados a través de las estaciones: el tiempo de los nísperos, de los naranjos... Son varios cuentos hilados, una especie de Las mil y una noches, por decirlo de alguna manera, pero con espíritu mediterráneo". Su productora se llama Tiempos Difíciles, así que sabe a lo que se enfrenta.

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