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CRÍTICA DE CINE

El Niño
Más talento que justicia

CARLOS AIMEUR. 02/11/2014 Daniel Monzón firma una película casi redonda que ha sido injustamente valorada por parte de la crítica, pero que el público está sosteniendo

VALENCIA. Hay un aserto que es dogma para muchos creadores: El público tiene siempre la razón. Con ello se viene a incidir en que el cine, el teatro, cualquier obra de arte, se hace con un fin, que es comunicar. Si esa comunicación no tiene receptores, es estéril. Con todo, el dogma, como todo dogma que se precie, tiene sus excepciones y, sobre todo, sus exégesis.

Una interpretación simple y mezquina bastante habitual es considerar que el juicio del público se mide por el número de entradas vendidas. Todavía hay gente que cree que un largometraje por el mero hecho de ser taquillero es bueno. Para sostener semejante sandez hay que obviar la existencia del marketing. Una de las estrategias más básicas de la industria cinematográfica, conocida como el cobrar y correr, consiste en estrenar un largometraje con centenares de copias tras una agresiva campaña publicitaria. Esto se traduce en un interés previo que se vuelve decepción cuando el espectador descubre que el largometraje en cuestión no merece la pena. En todos los casos, la información llega tarde para muchos. Es por eso que hay largometrajes con millones de espectadores que podrían ir directamente a la basura. La cantidad de espectadores no parece pues la unidad de medida más fiable. Defender esa idea es defender la estafa.

En el lado contrario se encuentran las películas que se sostienen por la propia publicidad que realizan los espectadores satisfechos, eso que tradicionalmente se ha llamado boca a boca, que aunque sea una expresión inexacta, lo correcto sería boca a oreja, describe gráficamente este mecanismo de comunicación interpersonal. Son estas películas las que, para bien o para mal, dan razón de ser al dogma. En muchos casos no son las más taquilleras, pero sus resultados suelen ser bastante dignos y la valoración activa por parte del público muy positiva.

Incluir a El Niño en esta categoría resulta hasta irónico, habida cuenta la excepcional campaña de promoción que ha realizado Tele 5 con el largometraje, casi diría que excesiva. Pero lo cierto es que dos meses después de su estreno, el film de Daniel Monzón aún resiste en la cartelera prenavideña tras haberse apagado los ecos de la promoción. El Niño resiste, a pesar del ruido de fondo, de los nuevos estrenos, y de la tibieza con la que fue recibida por una crítica que aún tenía demasiado fresca en la memoria la excepcional Celda 211, la película anterior de Monzón, que le consagró y que fue celebrada por espectadores y especialistas con una sintonía inusual.

Precisamente recordar a Celda 211 ha sido un error habitual a la hora de analizar El Niño, ya que ambas películas no tienen nada en común. La primera era una narración cerrada, mientras que ésta está construida a partir de una acertada estructura en paralelo de las dos historias que la conforman, heredera en cierta medida del clásico de los noventa Heat (Michael Mann, 1995). Por un lado se encuentra el intento de captura por parte de la Policía de un escurridizo intermediario apodado El inglés que opera en el Estrecho de Gibraltar. Por el otro se halla el proceso de inmersión de tres jóvenes en el mundo del narcotráfico.

Cada una de las historias tiene su evolución, su ritmo, y ambas, tras cruzarse en un par de ocasiones, confluyen de manera dramática en un garaje, en una secuencia de gran tensión resuelta sin alharacas y sí con mucha verdad. Todo tiene su razón de ser. Incluso las secuencias de amor entre el Niño, encarnado por Jesús Castro, y la musulmana Amina, que interpreta Mariam Bachir, contribuyen a dar sosiego a una narración que se pretende trepidante que no asfixiante. Cierto es que dan un poco de vergüenza ajena, los propios diálogos se burlan de la situación, pero son tan breves que no molestan. Se podría decir de ellas que son un valle en el hilo narrativo, no un socavón.

Es precisamente la forma en la que ambas historias coinciden, mérito del guión de Jorge Guerricaechevarría y el propio Monzón, donde se halla una de las virtudes del largometraje. Porque en todo momento el espectador espera ese encuentro, ese punto de unión, y a él se llega tras una evolución coherente, verosímil y racional de los acontecimientos. Los personajes actúan como se espera que actúen e incluso las sorpresas, pocas, que alberga la historia, son tan realistas que pueden parecer previsibles sino tópicas. Ambos, guionista y director, recorrieron los parajes de su película. Esa aproximación a la verdad se percibe.

Mención aparte merecen las interpretaciones. Castro solventa la dura papeleta de interpretar un papel muy exigente para un novato. En su contra juega que comparte secuencias con Jesús Carroza, impecable como El Compi, talento puro, y Said Chatiby, quien encarna con bastante brillantez el personaje de Halil, especialmente en el duro tramo final del largometraje donde da toda una lección de intensidad. El buen trabajo de Castro queda minimizado ante el despliegue de sus compañeros. El joven protagonista es bueno; sus compañeros, excepcionales.

La historia de amistad de estos tres personajes es, posiblemente, uno de los puntos fuertes del largometraje, tanto que eclipsa la historia de amor. En su complicidad se pueden hallar tanto comicidad como drama. Es creíble. Es brillante. No funcionan tanto, por ejemplo, los insertos de la familia de El Compi, ni esa broma final absurda sobre cuál será su destino, ni el plano con el vuelo del dinero, que parece más concebido para el tráiler que para la película. Son borrones que no pueden desmerecer el conjunto.

Tosar, por su parte, lo tiene más fácil. Como el policía dedicado y obsesionado con su trabajo compone un buen personaje, menos lucido que su Malamadre de Celda 211, cierto, pero tan real o más; lástima de peluquín, una elección errónea de caracterización que descoloca al espectador habituado a verle y le aparta del personaje, dificultando de entrada la empatía. Rodeado por un excelente plantel de actores, entre los que se puede citar a los siempre eficaces Sergi López, Bárbara Lennie y Eduard Fernández, su personaje sin arco se yergue como el narrador de la historia, sin que importe mucho al final que no evolucione; no le hace falta, es tan adusto como se espera de un héroe de acción.

Finalmente, pero no por ello menos importante, cabe destacar el brillante trabajo técnico en las secuencias de acción, muy especialmente las que se rodaron en el mar, que evidencian unos niveles de producción y preparación más que considerables. No son el principal valor del film, pero sí uno de los más reseñables por su dificultad. Las horas de espera, de planificación, de análisis y de producción, se ven sobre la pantalla.

Vista en su justa dimensión El Niño se yergue como un largometraje casi redondo, que alcanza muchos de los objetivos que pretende y lo hace con una soltura técnica y narrativa incuestionables. Su en principio larga duración, 130 minutos, se revela como ajustada ya que la película consigue mantener la tensión en prácticamente todo momento, toda una lección de ritmo y montaje. De ahí que no sea de extrañar que buena parte del público la haya decidido recomendar, haciendo que sobreviva ya nueve semanas consecutivas. Todo un logro. Quizás el público no siempre tenga razón; pero, en muchas ocasiones, sí que parece que sea así.

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