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CRÍTICA DE CINE

Ninja Turtles
Más grande, más dineros, más nada

C. A.. 20/10/2014 La nueva versión de las aventuras de las Tortugas Ninja es un desperdicio de tiempo y recursos; no es mala, es simplemente estéril

VALENCIA. ¿De verdad era preciso? ¿Acaso existía una demanda social desconocida? ¿Hubo manifestaciones reclamando una nueva versión? ¿Hubo concentraciones en las principales plazas de las ciudades estadounidenses? Esas preguntas se repiten en la mente de cualquier persona de un mínimo de edad, con unos mínimos conocimientos culturales, una mínima formación y una mínima sensibilidad, a lo largo de los 101 minutos que dura la nueva versión de las aventuras de las jóvenes tortuga ninja mutantes, Ninja Turtles.

Vaya de antemano una precisión: La película no es aburrida. Eso no significa nada pero parece que es importante. En estos tiempos de banalidad, de superficialidad a flor de piel, entretenerse es el paradigma al que todo creador debe aspirar. Basta con entretener. Qué bajo ha caído nuestro listón de exigencia. Antes nos entreteníamos con Regreso al futuro, Los cazafantasmas, Indiana Jones, La guerra de las galaxias... Ahora tenemos que oír como argumento incontestable que tontadas prescindibles como Ninja Turtles son entretenidas. Pues no. Entretener no es una virtud: es una obligación. Que sea entretenida, repetimos, no significa nada.

Como a ello se une el hecho de que no es un largometraje largo, apenas la hora y media de rigor antes mentada, créditos aparte, habrá espectadores que salgan de la sala con la sensación de haber aprovechado el dinero. Pero es mentira. Ninja Turtles es una metáfora de la decadencia de nuestra sociedad, la occidental, de los modos de producción y del capitalismo en sí. Es al cine es lo que las preferentes de Bankia a las finanzas: una estafa

Ninja Turtles forma parte del espurio intento, pereza empresarial, de reflotar una franquicia histórica que ha regresado en los últimos años de la mano de Nickleodeon. Como quiera que en la actualidad prima la cobardía, el miedo, el pragmatismo más ramplón y atenazador, la resurrección se enmarca en la búsqueda desesperada de unos resultados económicos más que ventajosos, previsibles y fáciles. Sabemos que funcionó; apostemos por ella. Nada que ver por ejemplo con la valentía demostrada por Disney al lanzar Tomorrowland o con las buenas sensaciones que está suscitando la nueva entrega de La guerra de las Galaxias que está rodando J.J. Abrams.

Si la serie que ahora se emite en Clan es un mero volver a lo ya andado, la película es ya la apoteosis del vacío intelectual, una producción insustancial que cualquiera podría haber filmado. Cualquier persona con 125 millones de dólares, claro. No se precisa inteligencia, ni sensibilidad, ni nada. Es una mera demostración de capacidad financiera. Nada más. Todo ello no implica, insisto, en que sea aburrida. O siquiera mala. Como producto en sí, a los niños les divierte y ése es su objetivo final. Simplemente, es estéril. Mañana podrían desaparecer todas las copias de la película del mundo que no sucedería nada. No sería siquiera importante.

Con una estructura tópica (desde el encuentro de los quelonios con April hasta la pelea final), la película se desarrolla acumulando chistes torpes de manera tan burda que parece una parodia de la serie original, en la que lo que no es tópico es plagio. Hasta hallazgos como la secuencia del ascensor, hacia el final de la película, que tanto divierte a los más pequeños, está extraída de un viejo film de los ochenta, Granujas a todo ritmo (John Landis, 1980), retocada, cómo no, con unas gracietas bobas de adolescentes inconscientes.

No hay ningún atisbo de talento ni de creatividad en este subproducto que, por si fuera poco tiene serios problemas para respetar el original. Tampoco es cuestión de rasgarse las vestiduras, estamos hablando de las Tortugas Ninja, pero el arabesco argumental para convertir a los quelonios en mascotas de April es de traca. Ya no hay nada de la contaminación radioactiva original (¿miedo a Fukushima?) y las tortugas son más grandes, mucho más grandes (padecen hipertrofia muscular), y los chistes son tan básicos que sólo divierten a personas de menos de diez años. Hay hasta una broma con un pedo. Ni en Scary movie.   

Michelangelo no es divertido; es idiota. Raphael es un malcarado. Donatello bordea el frikismo. Whoopi Goldberg aparece casi tanto en la película como en el tráiler. Al final la película es un callejón sin salida y una nueva demostración de impotencia creativa (que no técnica). 

Hollywood no ha sido la fábrica de sueños a base de refritos como éste. Hollywood no es lo que es por este tipo de películas. Esto es una triste pizza recalentada que había sido congelada, sacada del congelador, vuelta a congelar y vuelta a descongelar. Cabe incluso preguntarse si es moral invertir 125 millones de dólares para hacer esto. Ninguna lógica empresarial que respete los derechos humanos puede justificar semejante dispendio hijo de nuestro tiempo, puro zeitgeist.

Desde que se anunció en octubre de 2009 esta nueva versión muchos se temían lo peor. Y así ha sido. Ejemplo de lo peor del cine contemporáneo, Ninja Turtles ha inaugurado una nueva franquicia pero será olvidada en un par de décadas como su productor, el infame Michael Bay, un personaje tan lamentable que resulta simpático y que ha sido capaz de crear un imperio a base de nada, su director el artesano Jonathan Liebesman y, seguramente, su actriz protagonista, Megan Fox, una intérprete sin capacidad interpretativa. Que sea una estrella es para hacérnoslo mirar.

Si Ninja Turtles tiene alguna virtud es hacernos recordar el film de Steve Barron (1990) que, siendo mediocre, se revela como tierno y honesto. Los niños, eso sí, se divierten con esta nueva versión, qué menos con lo que ha costado el invento, pero no más que con un capítulo de Bob EsponjaAy, Gremlins, qué afortunados fuimos de haberos conocido.

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