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La ciudad y sus vicios

Doce apóstoles guiris (o ya no tan guiris) eligen su Valencia para el verano

VICENT MOLINS. 05/07/2014

Bernd Knöller, Soledad Vélez, Bertrand Mazurier, Rick Treffers, Helena Westwater, Lorenzo Donvito, Germán Carrizo, Carito Lourenço, Marie-Lou Desmeules, Jorge López, Jorne Buurmeijer, Sven Schwinning y sus 'valencias' 

VALENCIA. Muchas veces vi a Bernd Knöller por la calle y siempre miré hacia arriba (por lo espigado del personaje) y apunté los ojos con la curiosidad del que encuentra a un personaje especial de su ciudad en acción. Knöller, jugando a la excelencia discreta año tras año montado sobre el restaurante RiFF, es paradigma de adaptación, a pesar de que tiene un acento indeleble que un asesor en imagen le debió pedir que jamás abandonara.

En un lugar como éste, más preocupado por cómo quedar delante de los que vienen de vacaciones antes que por los que ya están, donde lo turístico fue rebasando las otras prioridades, ejemplares como Bernd rompen los esquemas. Son aquellos que vinieron casi antes que nadie y todavía no se han ido.

"Mi cumpleaños es el 19 de marzo y eso me parecía un buen augurio para empezar aquí. Además estaba el mar (y sus productos) al lado, el sol, las chicas... porque algo de amor había, y hay. Desde que viene, hace 23 años, soy fan de Valencia, ya ves. Eso sí, todavía no entiendo cómo no hacen más publicidad del jardín del Turia", irrumpe Bernd Knöller, alemán que deambula de hallazgo en hallazgo, como acabado de aterrizar: "un sitio que he descubierto, y me parece un escándalo no haberlo hecho antes, es el Puerto de Catarroja. Lo ponía en el GPS del coche y me decía que en sólo 10 minutos estaríamos allí. No podía creer que una belleza así, desconocida, estuviera tan cerca". "Un restaurante que me gusta mucho -Knöller sigue a lo suyo- es Delicat (Conde de Almodóvar, 4), Paquito Parreño es muy amigo, ha estado en el RiFF 4 años, y cocina de miedo. Su chica Cati es una maravilla. Ah, y aunque no soy muy de bares, te digo que la mejor cerveza artesanal (con diferencia) se puede beber, y es lo que hago a menudo, en Ruzanuvol (Lluis de Santángel, 3)".

Del alemán a una chilena. Soledad Vélez es una cantante de "folk-rock terroso" -leí en uno de sus perfile junto a la cuestión: de dónde demonios ha salido esta mujer. Vélez, enemiga de las prisas, atravesando océanos musicales, salió de Chile hace 6 años. "El 6 de mayo de 2008 llegué a Valencia. Vine desde tan lejos porque tenía un amigo aquí y un proyecto musical conjunto". En verano ella se lanza al norte recorriendo montañas, pero cuando se apea en casa señala en su mapa dos puntos: "me gusta un nuevo bar cerca de la Plaza de España que se llama Cracovia (Alzira, 25), está súper bien, lejos de los ruidos, bien ubicado; y me gusta El Cinco (Denia, 5), en Ruzafa, que es donde vivo". Soledad Vélez, antes de marcharse, atiendan, tiene un mensaje: "hay que ir más a l'Albufera a dar paseos en barca. Es una de tantas cosas buenas que tiene Valencia, poder acercarse a un entorno natural en pocos minutos".

Al habla con Bertrand Mazurier, parisino irridento, el hombre de los quesos cósmicos ante el mostrador de su tienda en el Mercado ruzafeño. Catedrático del queso. Una palabra suya bastará para seguir probando piezas. "Nos marchamos de París para hacer un viaje en caravana, para descubrir nuevos lugares, y descansar de nuestra ciudad, pero al final nunca salimos de España. Primero estábamos en Denia y cuando tuvimos que decidir ir a una ciudad más grande, elegimos Valencia, porque Alicante era muy pueblo. Cuando llegué me sorprendió lo mal que se cuidaban, y se cuidan, los edificios.

Recuerdo que El Carmen me parecía que estaba como después de una guerra, lleno de solares, edificios cayéndose... No entiendo, cuando se hace un nuevo edificio, que no se repete el patrimonio, sino que se tira lo que había antes y a tomar por culo". Bertrand Mazurier incluye en su repertorio urbano escenarios que marcan diferencias: "un lugar imprescindible es el horno San Bartolomé (Duque de Calabria, 14), de Jesús Machi.

Amasan un pan brutal, la baguette yo creo que la hacen mejor que en París. También es básico el Viridiana (Gorgos, 29), una comida casera muy bien hecha, española, sin trampas, sencilla. Y Pink Flamingo (Pedro III el Grande, 7), donde hacen unas pizzas que son otra cosa, con masa espectacular".

Adiós Bertrand, pase Helen Westwater, curator de La Ola Fresca, una habitación de comidas y refrigerios con vistas a Benimaclet. "Vine en 2007, con una gran ola desde la costa de Cornwall, en Reino Unido, para buscar trabajo en la America's Cup. Aunque la copa se fue, yo me quedé". A Westwater, una mujer de sonrisa y salitre, le impactó al alcanzar la orilla "la facilidad de circular en bicicleta por toda Valencia".

Y pedaleando nos surca su geografía: "iría al bar La Paca (Rosario, 30), en el Cabanyal, y digo su nombre susurrando como si fuera un secreto, aunque creo que ya es un lugar bastante conocido.

También a la plaza de Benimaclet todos los domingos de julio para el 'Cine de Estiu'. Y a Sebastian Melmoth (San Fernando, 17), la tienda para caprichos y colección". A Helen le gustaría acercarse a la cabanyalera Casa de La Palmera, "pero ya no está". La derribaron.

Entre los venidos, puede que la pareja del momento sea la que forman Germán Carrizo y Carito Lourenço, un tándem gastronomico, jefes de cocina de Vuelve Carolina y El Poblet en Valencia, apéndices en la Tierra de Quique Dacosta. Germán y Carito andaban estos días berreando por Twitter los goles de Agentina. "Llegué el 23 de mayo de 2006 -comienza Carrizo-. Mi hermano había vivido aquí y me dijo que era muy parecido a Mendoza, mi ciudad.

Trabajé en el restaurante Submarino, en el Oceanogràfic; infraestructuras como ésa eran algo soñado para mí. También me impactó la diversidad de culturas, porque venía de una provincia pequeña".

Carito Lourenço alcanzó Valencia al mismo tiempo, ambos sumergidos en el Submarino: "desde que comencé a estudiar gastronomía siempre tuve claro que quería venir a España. Y cuando lo hice, de Valencia me impactó la forma de comer.

La gran mayoría de las personas que conocía comían fuera de casa más de 3 veces por semana. También la variedad de platillos, la diversidad de sabores que se servían en una misma comida. No estaba acostumbrado a las frituras, los embutidos, los pescados y los mariscos, los arroces...".

Los argentinos Carrizo y Lourenço, ante el órdago de tener que rebuscar entre sus lugares y establecer una ruta, se inclinan por todos aquellos templetes en los que se da de comer. "Tengo la seguridad de que me he hecho cocinero porque me encanta comer", enuncia Germán. Y delinea su camino: "mis lugares favoritos son el Ginger Loft, que reabrirá próximamente; la pasta de L'Alquimista (Lluis de Santángel, 1); el renovado restaurante Ca Duart (Ciscar, 22), casa de mi amigo Charly; tomar un arroz de rodaballo en el Saler; el sushi de Momiji en el Mercado de Colon; algo que me gusta mucho son los zumos de fruta y verdura de PuntDeSabor (San Vicente, 16); los panes de Jesús Machi...".

Turno ahora para Carito Lourenço, que además de insistir en Ca Duart, L'Alquimista y las masas de Machi, sugiere: "déjame pensar... Voy a un mexicano nuevo, La Venganza de Malinche (Burriana, 47), La Parillita Argentina (Salamanca, 7), el Coffee Corner (Pérez Pujol, 6), los quesos de Manglano. Básicamente sitios con alma, donde se pone un cuidado especial y se intenta ser auténtico, dar el mejor producto posible".

Marie-Lou Desmeules

Y de repente una canadiense. Marie-Lou Desmeules es una artista plástica que construye efímeras esculturas de plástico sobre cuerpos humanos. Esta semana el diario The Telegraph le dedicaba un reportaje. Vive en Valencia. "Después de 9 años maravillosos en Berlín -me cuenta Desmeules- conocí a mi novio, y tras dos meses decidimos dejarlo todo y encontrar otros mundos.

Me fui sin saber dónde, acabamos viajando por Asia y Canadá durante meses, y desde hace unos años estamos en Valencia.  Desde que llegué vi que la comida era espectacular, la vida no es cara, es una ciudad con tradiciones (a veces un poco raras), con el mejor clima del mundo, con la playa en plena ciudad. Desmeules, una escultura en vivo, conduce hacia sus recodos: "la terraza del MuVIM, llena de swing y de jazz; L'Alquimista (nueva mención), donde está la mejor pasta fresca; restaurantes como El Bouet (Puerto Rico, 36) o el Carosel (Taula de Canvis, 6), que tiene un menú fenomenal; la pizza napolitana de iDon (Burriana, 37), el menú vegetariano del Copenhagen (Literat Azorín, 8); o tiendas como Madame Mim (Puerto Rico, 80), de gusto oscuro; Senatibikes (Plaza del Ángel, 5), un lugar singular de alquiler de bicis; y A Vintage Jazze (Baja, 30), jazz gratis y objetos raros".

Hay un acuerdo tácito sobre Jorne Buurmeijer: no preguntar por él antes del mediodía. Es holandés, domina con prestancia el territorio a la vista de un hit como el restaurante La Salita, y hace unos cuantos años invitó a una cerveza a la cocinera Begoña Rodrigo en el último día de ella en Amsterdam. Casi desde entonces son pareja. "Llegué en 2005 por Begoña, también porque quería vivir en otro país, cambiar de aires.

Encontré en Valencia un sitio ideal para mí, porque no es ni pequeña ni grande, no te pierdes en el anonimato y tienes bastante que hacer y ver". Jorne, que se autodenomina "el guiri", dibuja sus puntos cardinales: "el mejor bar en Valencia, con distancia sobre los otros, es Saxo (Doctor Sumsi, 26). Un entorno de los años 70, con Fernando detrás de la barra, una ensalada de tomate valenciano, un poquito de carne roja, una botella de Alion. Me gusta mucho una visita por la noche a Ruzafa y cenar algo en Rodamón (Sueca, 47).

¡Y hay que ir La Salita (Seneca, 12), claro! Para tranquilizarme y desconectar, el Jardín Botánico es único, o la casa museo Jose Benlliure (Blanqueries, 23). Siempre recomiendo dejar las cosas superturísticas al lado e ir a sitios donde se pueda disfrutar de verdad".

Que pase otro holandés. Rick Treffers, el turista optimista, el cantante a domicilio, un hombre más de la Valencia cotidiana al que es sencillo encontrar por La Seu. "Es mi barrio favorito, tranquilo, romántico, histórico. Me gusta dar paseos por la ciudad en cualquier momento del día". Suele contar Rick que cuando su guitarra y él tuvieron su primer contacto con Valencia, le sorprendió el ruido: "en septiembre de 2011, al venir, comprobé que los petardos no sólo se tiran en fallas, sino durante todo el año.

En Holanda los cohetes cuestan un pastón y sólo se oyen (a saco) en Nochevieja. Pero la ciudad de los nanos y las tetas es 'different', el ruido parece ser la forma de ser y vivir, cueste lo que cueste".

¿Dónde iría Treffers en el verano a la valenciana? "Me quedaría conociendo turistas perdidos como yo. Los mejores bares para llevarlos y charlar son el Café Museu (Museo, 7), un toque valenciano y a la vez cosmopolita; el bar y tienda de vinilos Monterrey (Baja, 46); Wayco (Gobernador Viejo, 29), un coworking con una terraza interior chulisima; y Anita Giro (Pintor Domingo, 7), cerca del barrio chino donde se comen buenas tapas y se ve el fútbol. También suelo ir a picar a El Olivo (Pintor Fillol, 1) y a La Greta (Pere Bonfill, 7), un bar-restaurante con buena onda y ambiente cálido en la zona de Botánico.

Me refugio en el Jardín Botánico para acariciar a los gatos y a las gatas. Si quiero ir a comer o cenar con más estilo, mi favorito en El Carmen es el restaurante El Refugio (Alta, 42), y por el Cedro El Infinito (Poeta Mas y Ros, 35). Por las noches bailaría buenas canciones en El Tornillo (Campoamor, 42), por ejemplo. Y como soy guiri, la playa juega un papel importante en mi vida. Este verano saldré de la ciudad para bañarme en Pinedo, que está a sólo 20 minutos en bici".

Después del extenuante tour de Treffers (del que se deduce que los holandeses van mucho al Botánico), un respiro con café junto a Lorenzo Donvito, el italiano cofundador de Ubik al que Valencia le pareció Zurich: "llegando de Roma, donde todo es un caos no organizado, estar aquí me pareció estar como en Suiza. Valencia, a la que vinimos en febrero de 2008 por una serie de coincidencias, es una de las ciudades más 'vivibles' y económicas que he conocido".

Cuando no está inmerso en la vida del Ubik, Donvito se escapa al marítimo. "Me gusta la atmósfera de barrio popular del Cabanyal, la autenticidad que se respira, como era Ruzafa cuando llegué hace 6 años.

Hay muchos sitios donde ir, me gustan locales como La Paca, La Peseta (Cristo Grau, 16), No hay nada mejor que 27 amigos (La Reina, 186), la Escola del Cabanyal, asociaciones como Comkal, Cabanyal Íntim...".

Jorge López es argentino. La primera vez que lo vi fue en la galería Kir Royal, donde ejercía de director artístico. Aquel día me pareció estar escuchando a Valdano razonar eficazmente obras de arte.

Hoy, desde la dirección artística de Galería Punto, recuerda día uno en la ciudad: "llegué en 2004 buscando un lugar que fuera más apacible y con una estabilidad mayor, golpeado por el corralito y una eterna incertidumbre. En Argentina habían pasado 5  presidentes en un mes, te retuvieron los ahorros y devaluaron un 200% tu capital, que no era mucho, eso cambiaba mis perspectivas y mi humor.

Al venir me sorprendió la luz rosácea que posee Valencia, su maravillosa luna, que fuera una ciudad de espaldas al mar, exceptuando el Cabanyal. No miraba ni se desarrollaba frente al mar, ¡fue curioso! También me sorprendió que pasaran 5 civilizaciones por esta ciudad y que encontremos pocos testigo de ellas. Será que mis orígenes son de Argentina y que no tiene un pasado histórico tan rico, y valoro el respeto al pasado".

El plan del galerista Jorge López para el verano está cosido desde estos puntales: "iría a comer una paella o un allipebre en alguna barraca de pescadores del Palmar, pasearia por la Patacona y me sentaría a beber un zumo y una tarta casera en La Más Bonita (Paseo de la Patacona, 11), luego al Cabanyal y recorrer el barrio para ver una arquitectura particular y auténtica, sin lujos y con identidad, tomar algo en La Paca y si fuera posible reservar para otro momento y comer arroz al horno en calabaza, un verdadero manjar.

Aquí se integran todas las tribus urbanas. Por el centro, curiosear la librería de Rafael Solaz (San Fernando, 7) es un auténtico privilegio de la ciudad, y junto a ella tienes la tienda de Sebastian Melmoth. Pasaría por la calle Cavalleros y miraría el museo de los soldaditos de plomo visitando una casa señorial de la época con una fantástica escalera gótica y una fachada renacentista. Terminaría comprando un perfume especial que recuerde a Valencia en un rara avis de la ciudad como es Linda Vuela a Río (Gran Vía Marqués del Turia, 31)".

La última historia es la de Sven Schwinning, un alemán que quería ir a Valladolid. "En 1999 -se explica Sven- vivía conmigo un chico de Valencia, que hacia un Erasmus de Bellas Artes en mi ciudad, Braunschweig. Él me comentó que Valencia es un sitio bastante agradable y bonito, mejor que Valladolid, a donde quería ir al principio. Aquí he tenido una hija y vivir en Benimaclet me encanta, es por lo que estoy aquí o por lo que todavía no me he ido". Fotógrafo, dirige el estudio creativo Caixa Fosca.

"Para mí, como alemán, éste es un sitio donde antes estaba de vacaciones, y ahora vivo. Vivir con el sol continuamente es algo nuevo y poder ir en bici en 10 minutos al mar me parece una maravilla".

Sven Schwinning, en Valencia desde 2001, es uno de los fieles de Benimaclet: "si tengo que recomendar lugares hablaría de Kaf Café (Arquitecto Adnau, 16), La Gramola (Barón San Petrillo, 9), Cronopio (Barón San Petrillo, 46), La Ola Fresca (Músico Magenti, 11)".

Son las 'valencias' de 12 apóstoles de la ciudad cada día menos guiris.

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2 comentarios

Emilio escribió
15/07/2014 17:30

Pues te puedo asegurar que respecto al pan de Jesús Machí aún se quedan cortos, es un espectáculo. Yo me cruzo la ciudad sólo para comprarle a él. Su pasión por el pan es increíble, y la sabe llevar a término

Manuel escribió
07/07/2014 16:18

Tienen afición estos "guiris" ilustres por comer o beber rodeados de perros, mal servidos y en condiciones higiénicas límite (La Paca) por lo que se ve...

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