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LITERATURA

Recuperad Constantinopla: La fascinante historia que inspiró 'Tirant Lo Blanch'

CARLOS AIMEUR. 23/05/2014 La obsesión de Calixto III formó parte del imaginario colectivo; Joanot Matorell la convirtió en el 'leit-motiv' de su obra maestra

VALENCIA. Esta es una historia que dura siete años y cuyos ecos siguen hoy vivos. Comienza el 29 de mayo de 1453, con la caída de Constantinopla, y concluye en 1460, con Joanot Martorell redactando las primeras líneas de Tirant Lo Blanch. Esta es una historia de cómo la Literatura se convierte en ocasiones en la espita de salida para frustraciones de la realidad, y también en cómo todas las grandes obras beben siempre de las fuentes de la vida, del espíritu de su tiempo.

La reciente publicación del libro El corsari Jaume de Vilaragut i la doncella Carmesina de Abel Soler (Institución Alfons el Magnànim) y del artículo Els últims de Constantinoble de Daniel Reverter en la revista Lletraferit han puesto de relieve la importancia que tuvo en la Valencia del siglo XV la caída de Constantinopla, un episodio que ocurrió curiosamente al otro lado del Mediterráneo. Porque si Valencia está en el Poniente del Mare Nostrum la actual Estambul está en el Oriente. "Es como un juego de espejos", bromea Soler.

La noticia del fin del Imperio de Bizancio fue una conmoción en la Europa del siglo XV. Uno de los primeros en tener constancia de ella fue precisamente un rey muy vinculado a Valencia, Alfons el Magnànim, quien hizo de esta ciudad el centro de su corte. El Magnànim se hallaba entonces en Nápoles cuando recibió el mensaje de labios de un heraldo también valenciano, de nombre desconocido. Queda constancia de ello en la Crónica i dietari del capellán del rey, redactado entre 1455 y 1478. "Uno compagno vassalo nostro del regno de Valencia" recién llegado de Constantinopla fue el encargado de transmitir la mala nueva, según el comunicado urgente enviado por el rey Alfons a la Curia Vaticana.

La toma de la antigua Bizancio por parte del Gran Turco, Mehmed II el Conquistador, era el fin de un largo asedio que había tenido tres cercos anteriores (1391, 1396 y 1422). El Papa Nicolás V calificó aquella derrota de "la vergüenza de la cristiandad" y fue su sucesor, otro valenciano, el primer Papa Borja, Calixto III, el que se obsesionó con la recuperación de la ciudad para Occidente.

Consejero personal de Nicolás V, el de Canals, durante su breve papado (1455-1458) emprendió varias acciones para lograr reunir la financiación necesaria para la reconquista. Calixto III, que entre sus haberes cuenta el haber organizado una comisión que anuló el juicio a Juana de Arco, llegó a reunir a dinero y contrató a tropas, pero el Magnànim decidió enviar sus galeras a la guerra contra Génova.

Calixto III llegó incluso a pensar en un líder de esta nueva cruzada, el corsario Jaume de Vilaragut, un personaje espléndido que ha sido analizado con profusión por el historiador valenciano Abel Soler. Vilaragut, que se definía a sí mismo en su testamento como "caballero, habitador de la ciudad de Valencia y señor de la baronía de Albaida" fue el más célebre corsario de la historia de la corona de Aragón. Según dejó escrito el historiador Jerónimo Zurita (Zaragoza, 1512-1580), Vilaragut recibió el encargo personal de Calixto III. Sano di Pietro.Calixto III para recuperar la ciudad, la perla de Bizancio, pero la pronta muerte del pontífice y la de Alfons el Magnànim dio al traste con esta empresa. Y la frustración se hizo patente.

Una de las personas que conoció a Vilaragut fue precisamente su amigo Joanot Martorell. El caballero valenciano, que había convivido con Vilaragut en Nápoles, tuvo noticia de todos estos hechos y, de manera natural, los incorporó en un texto que comenzó al poco de morir Vilaragut. A Soler le parece evidente que se inspiró en las vivencias del corsario valenciano y su criada Carmesina, una esclava liberta de origen oriental, posiblemente rusa, amante de Vilaragut y a la que el corsario le dio en herencia "tres mil sólidos reales de Valencia". "Ya se sabe cómo se escribe la ficción: Se unen hechos reales con vivencias personales y eso es lo que hizo Martorell", dice Soler.

En el imaginario del escritor valenciano también se hallaba, cómo no, la epopeya de los guerreros almogávares, liderados por el caballero de origen alemán Roger de Flor (1266-1305) nacido en Brindisi. De este personaje tomaría detalles cómo que Tirant sea llamado para salvar Bizancio. De Flor fue nombrado Gran Duque (Tirant César) y se acabó casando con una sobrina del emperador (Tirant con una hija en la novela), comenta Reverter.

Todos esos componentes de realidad comenzaron a cobrar forma en torno a 1460, con las primeras páginas del Tirant Lo Blanch. Su éxito como manuscrito fue tal que llegados al final del siglo XV fue publicado por Martí-Joan de Galba, a instancias de Isabel de Lloris, vecinos ambos de parroquia del mismo Vilaragut. Ambos sabían que la fantasía de Martorell bebía directamente de la vida real, de una frustración que permanecía visible y tangible en la Valencia del siglo XV.

En 1490 salió a la luz la primera edición de Tirant Lo Blanch, corregida por Galba o alguien cercano a él. La obra se ha convertido con el tiempo en una de las grandes piezas de la Literatura universal, hasta el punto de ser alabada por autoridades como Harold Bloom o salvada del fuego por Cervantes en la famosa quema de libros de El Quijote.

La valía literaria del texto, la fuerza de su peripecia, no se puede empero entender sin tener en cuenta su origen y vinculación con un suceso histórico que impactó durante décadas a la cristiandad. En cierto modo, cree Reverter, la caída de Constantinopla fue algo parecido a la caída del muro de Berlín.

Después llegó la realpolitik, el pragmatismo, que se tradujo en que los comerciantes y gobiernos europeos aceptaran la presencia turca en la antigua Bizancio. Constantinopla se convertiría en Estambul y Santa Sofía en una mezquita. Y el fracaso que supuso la pérdida del Imperio de Oriente, el dolor por el fin de la herencia romana, fueron sanados por la Literatura con una obra que cinco siglos después de su redacción sigue albergando en su interior secretos que nunca se sabrán, y que contribuyen a que el Tirant Lo Blanch sea "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos", en la famosa y atinada descripción de Cervantes.

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