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EL LENGUAJE DEL CINE

Charles Chaplin frente a los tiempos modernos

MANUEL DE LA FUENTE. 18/04/2014 "Chaplin demostró que la mejor manera de atacar al poder era ridiculizándolo, constatando que la comedia y el cine de Chaplin no eran un género menor"

VALENCIA. Ahora que está en las carteleras españolas esa basura del fundamentalismo cristiano llamada Noé, uno se imagina cómo habría sido el personaje interpretado por Charles Chaplin. Es una posibilidad que llegó plantearse cuando, en los años 60, John Huston le ofreció a Chaplin interpretar al personaje en La Biblia. No obstante, Chaplin se negó, aduciendo que sólo interpretaba las películas que él mismo dirigía. Al final, sería el propio Huston quien encarnara a Noé, dándole un matiz humorístico y desenfadado, muy alejado de la visión petulante y musculosa de Darren Aronofsky y Russell Crowe.

Cuando han pasado casi cuarenta años de su fallecimiento, la figura de Charles Chaplin sigue siendo fundamental para entender la historia del cine y su dimensión política. Junto con D. W. Griffith, Chaplin creó las bases del lenguaje cinematográfico y del sistema de producción de estudios: ahí está la famosa fotografía en la que ambos aparecen, con Mary Pickford y Douglas Fairbanks, posando como fundadores de United Artists en 1919.

Porque Chaplin vivió (y auspició) la transición del cine desde un medio de producción artesanal a un sistema de estudios en el que lo importante era abrir los mercados internacionales para comercializar las películas. Cuando llegó a California proveniente del circuito teatral, comprobó que el objetivo a principios del siglo XX era realizar numerosas películas de corta duración para el consumo rápido de las masas. Según fue ganando una creciente independencia como responsable de sus proyectos, Chaplin se fue haciendo más exigente, consciente de los efectos que provocaban sus películas y que llamaron la atención incluso de los cineastas soviéticos de los años 20.

Chaplin entendió que ese tránsito de lo artesanal a lo profesional suponía el sometimiento a ciertos intereses políticos muy conservadores y se resistió a sucumbir a la moda reaccionaria que se instaló en Hollywood a partir de la implantación del Código Hays en 1934. Ese código censor supuso la confirmación de la depuración ideológica que se había vivido en Hollywood con la excusa del paso del cine mudo al sonoro. Con la entrada del sonido a finales de la década de 1920, los grandes estudios se desprendieron de un montón de cómicos por la condición transgresora de sus películas. Para ello, se recurrió a múltiples estrategias, desde la invención de escándalos sexuales hasta la ruina económica de las antiguas estrellas.

Lo consiguieron con casi todos (como Buster Keaton) y lo intentaron con todos, incluso con las estrellas que surgieron en ese tiempo de transición, como los hermanos Marx. No es casual que la obra más contestataria de los Marx, Sopa de ganso, se realizara justo antes del Código Hays. A partir de entonces, los Marx no pudieron repetir la fórmula, teniendo que someterse en adelante sus films a una línea argumental de ayuda a una pareja de enamorados, intentando limitar así el alcance de las cargas de profundidad de sus primeras cintas.

Con Chaplin no pudieron. Su primera película después del Código Hays fue Tiempos modernos, un alegato durísimo contra el capitalismo, contra esa falacia de que los empresarios son los modelos de la sociedad, contra la especulación que ataca a los trabajadores. Una de las secuencias más significativas nos mostraba una durísima carga policial contra unos manifestantes que reclamaban trabajo, con el cabecilla (para más inri, involuntario) trasladado al calabozo por agitar una bandera roja. Desde el interior del sistema de estudios que Chaplin había contribuido a crear, el cineasta lanzaba una advertencia: el arte y la cultura ha de ponerse siempre al servicio de los débiles para denunciar los abusos y los juegos de intereses del poder.

Este principio fue el que articuló su obra, desde sus cortometrajes como Charlot emigrante o Charlot en la calle de la paz hasta sus largometrajes caracterizados por un compromiso que la derecha más reaccionaria de Estados Unidos usó para forzarle al exilio en los años 50. Ni aun así consiguieron acallarle. Nunca se le perdonaron sus pulsos al poder político e industrial, como su renuencia a aceptar todo lo que implicaba el cine sonoro. Cuando finalmente dejó atrás el cine mudo fue para atacar el uso demagógico de la palabra en El gran dictador, un ataque al fascismo realizado en 1940, una película tan incómoda que los gobiernos británico y norteamericano estuvieron a punto de prohibir.

Chaplin demostró que la mejor manera de atacar al poder era ridiculizándolo, constatando que la comedia y el cine de Chaplin no eran, en absoluto, un género menor. Esto es algo que le costó entender incluso a la crítica europea, que basó su recuperación de Buster Keaton en una comparación absurda con Chaplin en la que la obra de éste último acabaría perdiendo por ser demasiado sentimental. El argumento resulta especialmente aberrante cuando cuesta encontrar a un cineasta tan valiente e independiente, que no le tenía miedo a nada, que era capaz de dirigir sus dardos envenenados a todo el mundo. Un cineasta que vencía todos los enfrentamientos con productores y distribuidores, que inventaba y rompía todas las reglas de los estudios (resulta muy significativo ver sus métodos de trabajo en el documental El Chaplin desconocido) y que se expresaba, en sus películas, sin ningún tipo de tapujo.

La lógica de las películas de Chaplin era la de un artista que respondía sin cesar a su contexto, que entendía que la cultura comportaba resistencia y crítica. Así, no dudó en enfrentarse a la clase empresarial y política de Estados Unidos, al fascismo internacional, a los movimientos anticomunistas y al poder de los ejércitos: el alegato final de Monsieur Verdoux desmiente por enésima vez esa falacia de la supuesta sensiblería de su cine. Chaplin usó su independencia económica, su poder en la industria, para alejarse de lo acomodaticio y apostar por el progreso social incluso cuando todo el momento político se le ponía en contra. Cuando tuvo que enfrentarse con la misma industria, no lo dudó ni un segundo y plantó cara con todas sus fuerzas.

Este año se cumplen 125 del nacimiento de Charles Chaplin y 100 años desde que salió en la pantalla vestido de vagabundo. Para mantener su legado, la Cineteca de Bolonia ha programado un encuentro mundial que arrancará en junio y que reivindicará su obra. De hecho, fue la Cineteca de Bolonia la que editó, hace un par de meses, Footlights, una breve novela de Chaplin que permanecía inédita y que le sirvió como primer esbozo de Candilejas. La novela no fue el único proyecto que quedó olvidado. El cómico se dejó también multitud de propuestas en el tintero, como la composición de una ópera, un sueño que confesaba en su autobiografía. No obstante, dejó un legado único, la tozudez del artista que, como el payaso Calvero, se niega a desaparecer. La lección de que el compromiso no consiste en hacer obras complacientes sino en participar de verdad, en incomodar sin cesar. Una lección que la industria no para de contrarrestar, con sus Noés, Amarales y demás, para que los ciudadanos sigan instalados en su cómoda complacencia.

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1 comentario

Israel Mármol escribió
23/04/2014 16:14

Don Manuel, ¿Qué le parece una idea que albergo desde hace tiempo? Sustituir los insertos de diálogo de las películas mudas, que no hay duda que ralentizan la acción y hacen un poco más incómodo seguirlas....por subtítulos. En lugar de parar la acción, que aparezca el diálogo como un subtítulo... Que no digo que vaya a atraer a los mascachapas pero a mí me ayudaría a disfrutarlas mejor. Saludos Israel

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