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La vida secreta de Walter Mitty/ El danés y el norteamericano

MANUEL DE LA FUENTE. 28/12/2013 Walter Mitty viene a incidir en ese trazo del héroe anónimo hecho a sí mismo que ya representó Forrest Gump. Nos cuenta que el norteamericano medio siempre puede salir adelante

VALENCIA.  Érase una vez un cineasta de Dinamarca. Desde jovencito, tenía muy claro que quería dedicarse al cine, así que siguió todo el ritual: se pilló una cámara de Super 8 y empezó a filmar a los amigos para después estudiar cine y tomárselo en serio. El cineasta pasó a hacer largometrajes que despertaban la admiración de todos, triunfando en festivales y desarrollando una celebrada carrera artística.

Pero como el danés estaba en Dinamarca y no en Hollywood, tuvo que inventarse una vida privada atormentada de tics y manías porque su objetivo no era demostrar que era un director accesible y triunfador, sino un genio controvertido y paradójico. El danés lo entendió muy bien: "Estoy en Europa y tengo que actuar como un artista europeo".

Vaya si lo consiguió. Sus películas cada vez eran más serias y sus dramas más profundos y se prodigaba poco en actos públicos porque decía que tenía fobia a viajar. En definitiva, era todo un genio con un complejo mundo interior. Para rizar el rizo, reunió a un grupo de amigachos y fueron más allá: fundaron un movimiento cinematográfico, con el modesto nombre de Dogma, y se inventaron unas reglas que reivindicarían la pureza del cine frente al artificio industrial.

Las reglas consistían en hacer pasar por amateur los productos profesionales y así crear la ilusión en la cinefilia europea de que cualquiera puede hacer películas, que basta con ser un genio y todo vendrá rodado. La cultura gafapasta, huérfana de referentes desde la muerte de Andy Warhol, ya tenía un nuevo gurú. Su nombre resultaba además muy sonoro: Lars von Trier.

Nuestra historia se traslada ahora de Copenhague a Nueva York. Allí nació otro cineasta que también tenía claro desde el principio el camino que quería tomar. También hizo sus pinitos adolescentes con una cámara de Super 8 filmando a los amigos y parientes, y también decidió estudiar cine. Pero el neoyorquino no se tomaba las cosas tan en serio porque no estaba en Europa sino en Estados Unidos y allí los alquileres en Greenwich Village se pagan con algo más que frunciendo el ceño y poniendo gesto grave.

No es tan fácil hacer creer a los demás que eres un genio si no vendes tu producto. Así que el neoyorquino hizo una película que también aglutinó a todo un colectivo generacional pero aquí ya no se habló de dogma sino de Generación X. Lo que les unía no es que fueran de genios por la vida sino que lo único que querían era consumir, disfrutar de la sociedad capitalista.

Así, este joven cineasta dejó de lado sus ínfulas de creador serio (es lo que tiene cuando estudias cine en la universidad) y se puso a interpretar y dirigir comedias tan desenfadadas como inocuas, llegando a reírse del mundo del pijerío y de la moda. El neoyorquino siguió un camino inverso al danés, y renunció a convertirse en un asqueroso y pedante cascarrabias filonazi.

Prefirió dejarse sus traumas psico-sexuales en casita y pensó que las navidades no eran fechas para la ampulosidad hueca sino para las películas más amables que, en el fondo, expresaban una cierta desazón. Eso sí, la crítica de por ahí siguió decantándose por el danés, porque no sólo entre cineastas se contagian los traumas.

Este neoyorquino se llama Ben Stiller y su última película, La vida secreta de Walter Mitty. La cinta narra la historia de un aburrido y gris oficinista cuya única vía de escape de una realidad monótona ad nauseam es una portentosa imaginación que le hace idear las situaciones que le gustaría vivir. Así, cuando le riñe el jefe en el trabajo, Walter Mitty consigue evadirse pensando que le está dando un par de leches bien dadas a ese jefe. Cuando despierta, el jefe sigue ahí. Hasta que un día decide que ya está bien y se larga a vivir una aventura consistente en encontrar a un fotógrafo en Islandia para que le entregue un negativo que tiene que ser la portada de la revista Life, en la que trabaja Walter.

Uno de los aspectos más positivos de la película de Stiller es la asunción de su condición de remake. Porque La vida secreta de Walter Mitty ya era una película de 1947, basada en un relato de James Thurber y protagonizada por Danny Kaye, un cómico norteamericano que llegó a ser muy popular en Estados Unidos e Inglaterra y al que hoy se le recuerda menos que a Bob Hope.

En aquella ocasión, la película recogía el clima de euforia tras la Segunda Guerra Mundial, con un mensaje muy edificante: querer es poder. El personaje de Danny Kaye renunciaba a un matrimonio con la chica ideal y rompía con lo que le imponían sus padres para buscar su propio camino que no era otro que dar con su propia chica ideal. Era simular la salida del sueño norteamericano cuando, en realidad, se estaba volviendo una y otra vez al mismo.

Ben Stiller traslada la historia al presente y la sitúa en la crisis del periodismo como síntoma de la crisis política y social: aquí Walter Mitty se tiene que encargar del último número que va a publicar Life en papel antes de dar el salto completo al digital, lo que supone recortes y reducción de plantilla.

Así, la búsqueda de Mitty en este caso resulta infructuosa desde el principio ya que se trata de encontrar un epitafio para un modelo social que desaparece ante la llegada de los nuevos tiburones arribistas, esos jefes ignorantes que apenas saben leer un breve discurso ante sus empleados. De este modo, mientras la cinta de Danny Kaye transmitía un inquebrantable optimismo (uno de los sellos de este cómico), el remake de Stiller no resulta en absoluto triunfalista y nos viene a decir que los sueños pues sí, son muy bonitos, pero suelen servir de poco si no van acompañados de acciones.

No obstante, Walter Mitty viene a incidir en ese trazo del héroe anónimo hecho a sí mismo que ya representó Forrest Gump. Nos cuenta que el norteamericano medio siempre puede salir adelante y la película no se mete en demasiados líos para explicar los entresijos sociales de lo que estamos viendo en la pantalla. Pero, por lo menos, no suena a esa propaganda entusiasta y pueril que tanto prolifera en el cine estadounidense, y nos permite refugiarnos en un cine en estos días sin tener que caer en absurdos rollos pseudo-existenciales. Para ver a daneses encantados de haberse conocido siempre hay tiempo.

Ficha técnica
La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty)
EE.UU., 2013, 114'

Director: Ben Stiller
Intérpretes: Ben Stiller, Kristen Wiig, Shirley MacLaine, Sean Penn

Sinopsis: Walter Mitty parece español: tiene una porquería de trabajo y, como buen español, sueña con cantarles las cuarenta a sus insoportables jefes pero siempre se queda callado y obediente. Pero lo que le motiva no es el fútbol, sino imaginarse protagonista de viajes imposibles

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2 comentarios

E. Martín escribió
09/01/2014 14:46

Un varapalo a VOn Trier SIEMPRE viene a cuento.

Djiaux escribió
01/01/2014 18:48

Holas. Manuel, no quiero trolear (mucho) pero dberias dejar de usar los articulos para hacer la critica de un tema que te apetece porque esta levemente relacionado con el tema del que escribes.

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